Limpió sus lágrimas y el maquillaje barato que se habían corrido sobre su rostro, pálido pero extrañamente sereno. Había sangre en sus labios, y la rojiza huella de una bofetada. En menos de un minuto, y sin dejar de mirar hacia la puerta de hierro que nos aislaba de mis captores, ella me liberó de las ataduras. Aún me flaqueban las piernas, de veras, creía que ponerme en pie sería imposible y recosté las piltrafas de mi cuerpo contra una pared... Ella tocó la puerta, tres veces, con cierto ritmo, quizá una clave preestablecida. Un pelirrojo obeso y barbudo, un Hércules enfundado en cuero negro, abrió. Ambos comenzaron a gritar: él, con la yugulares a punto de explotar, me señalaba con el dedo; ella se interponía entre los dos. De entre los senos de mi ángel apareció por arte de magia un rollo de billetes de banco. Los gritos se tornaron susurros. En menos de un minuto salíamos al pasillo y, tomados de la mano, bajamos a toda prisa los escalones de la interminable escalera de caracol que llevaba, desde el alto del edificio hasta el lobby en donde, dos horas antes, un taxista con cara de pícaro me había abandonado prometiéndome el mejor show de bailarinas exóticas de todo Praga.
"Hurry! Come with me!"
Había perdido la chaqueta, la billetera, los zapatos y la dignidad. Pero me gané el cielo. Mi ángel no podía volar, de sus alas y aureola solo quedaban armazón de alambre y retazos de muselina. Corría entonces, ni modo, amigos, también descalza, sin soltar mi mano, bajo la llovizna. Nos salpicamos de lodo hasta las rodillas. Reíamos. Nos mirábamos a la cara y volvíamos a reír. Bajo un balcón paramos para ganar aliento, tras buenos diez minutos de carrera. Limpió mi rostro con sus manos, que quedaron llenas de sanguaza. Y me besó otra vez. Y otra. Moríamos de frío, estábamos casi desnudos, empapados. Pero aquella noche, bajo el encapotado cielo, huérfano de luna y estrellas, solos contra el mundo, el cielo y el infierno hicieron las paces.
FIN.