viernes 16 de abril de 2010

EL ÁNGEL DE PRAGA (HISTORIA COMPLETA)

Una noche me encontré frente a frente con un ángel. Sí, es verdad, con un ángel. No, no había bebido... Bueno, un par de sorbos de absenta y nada más, lo admito. Dicen que los ángeles no tienen sexo, pero aquella ángel era femenina, y tal era su feminidad que parecía sacarle amplia ventaja a su divina condición. No, no me interrumpan... déjenme contar mi historia... Me sonreía en la penumbra del pasillo, mal iluminado por una lámpara con ahumados vidrios escarlata. No sé, tal vez me concentré tanto en la hermosura de sus facciones -afiladas por el claroscuro- que no había prestado atención a su aureola ni a sus alas blanquísimas. "Dios -me preguntaba- ¿Cómo hablarle a un ángel?" ¿Debía postrarme y, de rodillas, adorarla? O mas bien, sacando provecho a la coyuntura, ¿pedirle pasaporte directo al Paraíso?

Ella no entendió mi idioma, sonreía con cada vez más candor. Rozó mi mejilla con el dorso de sus dedos y balbuceó algo que tampoco comprendí, sin dejar de acariciarme. Tan cerca, me fijé en el fino brocado de su vestido, un vestido tan corto y transparente que me pareció impropio para tanta divinidad. Su prominente busto amenazaba reventar las costuras del diminuto corpiño... Para entonces, segundos después del fortuito encuentro, sabía que todo estaba perdido para mí.

Sí, amigos, lo admito. En ese momento no era más que un títere, con miles de finos cordeles atados a cada fibra de mi ser. Me miró con esa ternura que solo vemos en los angelitos de los calendarios, acercando su rostro a solo centímetros del mío. ¡Dios! El corazón se me desbocó... Sus dedos, largos y frágiles, limpiaron mi frente, perlada de sudor viscoso: parecían, al tacto, forrados en terciopelo. Habló de nuevo, en un inglés patético de erres enfáticas:

"Don't worry..."

Pude, por fin, articular unas palabras, medio estranguladas por la emoción de sentirme tan vulnerable, como arcilla entre las manos del alfarero. Solo atiné a decir algo estúpido:

"You're an angel..."

Ella cerró los ojos. Un remolino de rubor encendió sus mejillas. Tan de cerca, pude ver su aureola de alambre forrado en papel, y sus alas de muselina blanca, discretamente picadas de polilla... Las imperfecciones de un cutis que a primera vista me lució inmaculado, eran ahora claramente visibles y un discreto vaho alcohólico empapaba su aliento. Gentes caminaban a nuestro alrededor, mascullando cosas ininteligibles. Un brindis seguido de un coro de carcajadas se oyó a mis espaldas, en la barra del bar. La música no dificultaba la conversación, pero el ritmo parecía impregnar y hacer vibrar todo a nuestro alrededor. Pero ni en ese momento, ni horas después, huyendo a toda prisa por las calles anegadas de lluvia, mi ángel ni yo teníamos ojos para otra cosa más que nosotros mismos.

"Yes... If you want I can be you're angel"

El beso -¿ya sabían que iba a haber beso, verdad?- fue tierno, tan delicado como el roce del ala de una mariposa... ¡Hey, desgraciados, no se burlen, un poco de respeto, por favor, sé que se oye cursi, pero juro que es verdad! Pasó su brazo alrededor de mi cuello y sin prisa, me besó, apenas entreabriendo los labios, con los ojos cerrados. Me dejé llevar y también cerré los ojos. Un sabor a cerezas, tabaco y ginebra inundó mi paladar... Y desconecté de mi cerebro toda sensación ajena a ese beso... Amigos, si besar a un ángel es pecado no lo sé, pero valía la pena morir en el intento... Fue entonces que una fuerza colosal me arrancó del éxtasis y me lanzó contra la pared a mis espaldas. Mi cabeza estallaba de dolor... De rodillas, intentaba en vano ponerme en pie...

Ah, muchachos, qué noche... No sé cómo estoy aquí, en una pieza, contando la historia... ¿Un brindis? ¡Claro! ¡Por las angelitas, en especial mi angelita de Praga! Como les decía, ese golpe fue tan demoledor que aún cuando me sentía arrastrado de los brazos por un pasillo oscuro y hediondo a moho, no era capaz de oponer resistencia... Perdí el sentido, quizá no por mucho tiempo... Oía voces, varias voces, me sonaban a ladridos distantes y, cuando los contornos de las cosas empezaron a ganar nitidez, me vi a mí mismo sentado en una silla, con las manos atadas a la espalda. La babosidad se disipaba muy rápido... Y me acordé de mi ángel. No me costó encontrarla, pues antes de verla sus sollozos ya habían delatado que estaba a un par de metros, a mi derecha, de pie, con el rostro escondido entre las manos. Tenía un ala rota la pobrecilla, los jirones de tela se agitaban, impulsados por el aire frío y seco que el ventilador de techo, inclemente, propulsaba a toda velocidad. Había demasiada luz, me quemaba las retinas, pero me fijé, por vez primera, en el desorden de sus cabellos color borgoña y la esbeltez de sus piernas perfectas. Me miró, tratando de sonreír...

"Angel"

Limpió sus lágrimas y el maquillaje barato que se habían corrido sobre su rostro, pálido pero extrañamente sereno. Había sangre en sus labios, y en la mejilla la rojiza huella de una bofetada. Una santa indignación nubló mi ya escaso entendimiento.
"Yes..."

"Help me"

En menos de un minuto, y sin dejar de mirar hacia la puerta de hierro que nos aislaba de mis captores, me liberó de las ataduras. Aún me flaqueban las piernas, de veras, creía que ponerme en pie sería imposible y recosté las piltrafas de mi cuerpo contra una pared... Ella tocó la puerta, tres veces, con cierto ritmo, quizá una clave preestablecida. Un pelirrojo obeso y barbudo, un Hércules enfundado en cuero negro, abrió. Ambos comenzaron a gritar: él, con la yugulares a punto de explotar, me señalaba con el dedo; ella se interponía entre los dos. De entre sus senos apareció un rollo de billetes de banco. Los gritos se tornaron susurros. En menos de un minuto salíamos al pasillo y, tomados de la mano, bajamos a toda prisa los escalones de la interminable escalera de caracol que llevaba, desde el alto del edificio hasta el lobby en donde, dos horas antes, un taxista con cara de pícaro me había abandonado prometiéndome el mejor show de bailarinas exóticas de todo Praga.

"Hurry! Come with me, we are still in danger!"

Había perdido la chaqueta, la billetera, los zapatos y la dignidad. Pero me gané el cielo. Mi ángel no podía volar, de sus alas y aureola solo quedaban armazón de alambre y piltrafas de muselina. Corría entonces, ni modo, amigos, también descalza, sin soltar mi mano, bajo la llovizna. Nos salpicamos de lodo hasta las rodillas. Reíamos. Nos mirábamos a la cara y volvíamos a reír. Bajo un balcón paramos para ganar aliento, tras buenos diez minutos de carrera. Limpió mi rostro con sus manos, que quedaron llenas de sanguaza. Y me besó otra vez. Y otra. Moríamos de frío, estábamos casi desnudos, empapados. Pero aquella noche, bajo el encapotado cielo, huérfano de luna y estrellas, solos contra el mundo, el cielo y el infierno hicieron las paces.