martes 10 de agosto de 2010




Amigos y amigas:

Presento a ustedes otro de mis cuentos, una creación vagamente vinculada a un evento real: Espero que sea de su agrado. Quiero agradecer a Leonor Aguilar por estar tan pendiente de mi trabajo y menesteres literarios. Dos de mis cuentos, "El Ángel de Praga" y "Siete Días" Pueden leerse en la Revista LetrA - Z.

Vínculo:






VAGIL


Un cuento por


Hugo Villaroel Ábrego


No se llamaba Vagil sino Ghafil K., y no era ruso sino turco, pero cuando se está en coma artificial en la unidad de Cuidados Intensivos es más digno un apodo que un simple número. Así, todos lo llamaban Vagil en vez de referirse a él como “el señor ruso de la cama tres cincuenta y uno” y de haber podido saberlo, Vagil —perdón, Ghafil— estaría de lo más agradecido. El mote se lo debía al maestro Menéndez que, sin ser su médico, solía preguntar por el gigante calvo y cincuentón de feroz bigote, frente rubicunda y un corpachón que solo podía ser domeñado por cuatro o cinco enfermeras, cuando el efecto de los sedantes era insuficiente e intentaba arrancar de su cuerpo catéteres, tubos y sondas.

Llegó a Cuidados Intensivos en los primeros días de diciembre, referido de un hospital del interior. Lo esperaba —con todo el equipo médico a punto— el doctor Gervasio Balcáceres y Escobedo, maestro de maestros, solterón de sesenta y cuatro años, más famoso por su misoginia y carácter volátil que por su innegable olfato clínico. Rara vez se le veía sin su saco blanco, en cuya solapa lucía, orgulloso, un diminuto estetoscopio de oro.

Gervasio miró de hito en hito a un joven estudiante de medicina que había acompañado a Vagil durante el viaje de tres horas y media, desde provincia. El muchacho se esforzaba en ordenar un grueso legajo de documentos.

“Dame eso”.

“Es que está desordenado…”

De un manotazo le arrancó el expediente y, sin dejar de refunfuñar, comenzó a escrutar los papeles para ordenarlos él mismo, en orden cronológico, sentado en el escritorio del centro de monitoreo.

“Doctor, tengo un resumen…”

El estudiante, flaco y desgarbado, resentía el desvelo de todo un fin de semana.

“Te referís a esto…”

“Esto” era una hoja de papel, que sostenía en alto sin dejar de revisar el expediente, sentado y dando la espalda al estudiante. La caligrafía del joven, irregular y apenas legible, llenaba anvés y reverso de la hoja, que no estaba firmada.

“Sí, eso, solo me faltan un parrafito, firma y sello”.

“No te molestés, no me sirve… Ah, y epinefrina se escribe sin hache… ¿Oíste?”

Encarnado, el muchacho murmuró una disculpa inaudible, tomó con dos dedos la hoja de papel y se retiró, con lágrimas en los ojos, a refugiarse en la seguridad de la ambulancia que lo llevaría de nuevo a su hospital. Un mes después renunció a la carrera, para bien o para mal, nunca se sabrá, algo de lo que Gervasio tampoco llegó a enterarse.

La licenciada Cecilia Ángel —cuarenta y cuatro años, morena, regordeta, muy maquillada, de punta en blanco— puso una taza de café frente a Gervasio.

“Eso fue cruel y lo sabe”.

“Sí, licenciada —era la única mujer que había llegado a tolerar en toda su vida—, es cierto. Pero estoy harto de pendejadas”.

“¿Hasta de las suyas?”

Gervasio se quedó callado. Desde su sillón verificaba la conexión de los electrodos, el adecuado manejo del sistema de ventilación, el trabajo febril de enfermeras y terapistas y la curva de saturación de oxígeno. Fingía completar el cálculo del balance de pérdidas y ganancias de líquidos de su nuevo paciente, ganando tiempo para sopesar la conveniencia de contestar a esa pregunta. Sonrió sin ver a Cecilia Ángel, que seguía de pie a su lado, revolviendo el café con una paleta abatelenguas de madera.

“Espacialmente de las mías, licenciada, especialmente de las mías”.

Gervasio se enfrascó en sus cálculos, esta vez de lleno. Entre sorbos de café y después de casi una hora terminó de llenar cuartillas con su caligrafía menuda y de caracteres redonditos. Al fin había reconstruido, y no sin trabajo, una historia creíble y bien estructurada de lo que había pasado desde que Vagil embarcó en el mercante Roxana, de bandera uzbeca, en Izmir, cinco semanas atrás.

Después de una cuidadosa exploración —que se extendió por buenos treinta minutos— completó su narrativa del caso y llenó la hoja de indicaciones médicas.

“Ceci, vení”.

“Dígame, doctor”.

Gervasio se secó la frente con el pañuelo. A veces le decía Ceci, en especial cuando rebalsaba su mal humor. Ceci lo sabía y acudió, presta, al llamado.

“Pedime una gaseosa de dieta”.

“Aquí se la tengo —habituada a los gustos de Gervasio, Cecilia Ángel estaba preparada—, y también le pedí un sándwich de pollo”.

“Ponelo ahí, ahí nomás, eso… gracias”.

Gervasio estaba convencido que ni su madre valía lo que el dedo meñique de la licenciada Ángel. Pero desconfiaba del sexo femenino. No es que no supiese gozar la compañía de jovencitas de buen ver —de su billetera salían, con insospechada frecuencia, jugosas propinas—, pero una vez consumados los mínimos ritos reproductivos se levantaba de sopetón y se metía a la ducha. Media hora después salía, enfundado en un batín de seda escarlata, y se tomaba un vaso de jugo de naranja. Alisaba sus ya escasos cabellos grises y buscaba imperfecciones mínimas en el corte de su impecable mostacho, apenas menos hirsuto que el de Vagil, su nuevo paciente.

“Mirá, este señor es de bien lejos. Conseguite con telefonía el número del consulado de Turquía”.

Ceci Ángel señala con su índice hacia la sala de espera de visitas.

“Ahí está un señor que dice que representa a la compañía naviera, quiere hablar con usted”.

“Que se joda”.

Ni modo. Terminó jodiéndose porque, harto de esperar, el funcionario abandonó el hospital a las dos de la mañana, lanzando maldiciones a por lo menos las últimas tres generaciones de Balcáceres y Escobedos.

Gervasio, sin prisas por regresar a su apartamento de soltero, observaba con detenimiento a su paciente. Le envidió el metro noventa de estatura y la complexión atlética. Pero una oleada de lástima lo golpeó y se puso melancólico al pensar en la soledad y total indefensión de ese hombre. Pensó en su familia. Imaginó a una mujer, robusta, de voz altisonante y ojos pardos, en tres o cuatro hijos y en una o dos amantes, quizá tres o cuatro. Sin duda sabía defenderse solito y sin ayuda, por lo menos hasta ahora, cuando una grúa fuera de control en el muelle del puerto lo golpeó en el abdomen y lo arrojó, inconsciente, a varios metros de distancia. Casi muerto entró a quirófano, en provincia, en donde un grupo de esforzados cirujanos evacuó de su abdomen un litro de sangre y logró restañar las heridas internas. Pero las cosas iban mal para Vagil y, cuando una noche se le hizo imposible respirar, decidieron sedarlo, poner un tubo en su tráquea y traerlo a la capital. Todo el camino lo ventilaron a mano, por turnos, la terapista y el estudiante de medicina, hasta que al fin se le pudo conectar a un respirador artificial. Hoy, la respiración era rítmica y los signos vitales estaban estupendos.

“Doctor”.

Ceci le palmoteaba el hombro.

“Cuando venga mañana a ver al paciente… ¿haría tiempo para cenar con el personal? Yo me quedo de turno…”

“¿Y eso?”

“¿No recuerda qué día es mañana?”

No recordaba que mañana sería Nochebuena.

“Ah ―fingió sorpresa y una mueca de desdén se dibujó en sus labios―… Es cierto… Pero… vos dirás”.

Ceci sabía que Gervasio pasaba la Navidad encerrado en su apartamento, tomando chocolate y viendo la televisión. No recibía visitas, ni llamadas telefónicas, ni tarjetas de felicitación, ni siquiera correos electrónicos.

“Este señor le va a dar trabajo de sobra aquí en la Unidad ―lo miró con cierta dulzura que reservaba para sus verdaderos amigos― en vez de irse quédese, le habilitaré una habitación aquí mismo, aprovechando que el Hospital está vacío”.

Gervasio sintió escozor en los párpados, Tragó saliva.

“Quizá tengás razón…”

Ceci rodó una silla y se sentó a su lado. Con parsimonia arregló los pliegues de su falda, unos pocos centímetros más corta de lo que la supervisora del Hospital hubiera deseado, y unos pocos centímetros más larga de lo que anhelaban los médicos del Servicio. Apoyó los codos sobre la mesa.

“¿Qué quiere cenar?”

Gervasio sonrió, la miró de frente y no pudo evitar sentir una chispa de afecto en el corazón. Sintió miedo pero se esforzó en disimularlo.

“Si me vas a dejar pedir gustos… quiero pavo guisado en salsa de tomate y chile ―pero como por estar hablando tonteras descuidamos al paciente (Vagil empezaba a agitarse, a pesar de las dosis tope de sedantes intravenosos) ― llamá al anestesiólogo de guardia, a ver qué carajos le agrega al cóctel de sedantes”.

Ella tomó el teléfono, presionó tres teclas. Un murmullo al otro lado de la línea.

“Contróleme al doctor Abelardo Santos…”

Gervasio rugió desde su silla.

“¡A ese pendejo no, por Dios! Pasame eso, rápido… Señorita, qué otro… ¿Nadie? Alguien debe estar de segunda llamada… Pero… No, no, no… No me pase a nadie, que se jodan todos… Que se joda la Navidad, los pacientes no saben de festivos… Buenas noches… No, si no estoy enojado, ¡qué va! Y no diga “para servirle” ―remedó la voz nasal de la telefonista―, si usted no me ha servido para nada.

Colgó con furia. Ceci lo miraba, meneando la cabeza de lado a lado.

“¿Dónde está su espíritu navideño? Vamos, por amargado se va a condenar, tan bueno que es y tan empeñado en caerle mal a todo el mundo”.

“Bueno solo Jesús”.

Ella le acarició la coronilla con la yema de los dedos. Era maternal, detallista y gustaba de malcriar al doctor.

“Pavo en salsa. Está bien”.

***

La mañana de Nochebuena los riñones de Vagil comenzaron a fallar y sus pulmones se anegaron de un líquido rosáceo: su corazón, aturdido, estaba a punto de rendirse. Gervasio no sintió el paso de las horas, luchando por mantenerlo vivo. Faltaban cinco minutos para las seis de la tarde cuando consultó su reloj de pulsera. Ceci no tardaría en llegar, para tomar el turno de la noche. Se acercó a la cama de Vagil, que se dejaba ―por fin― llevar por el rítmico trabajo del respirador artificial. Checó los pulsos de cuello, de las ingles y de los pies. Con una cinta métrica midió los perímetros de las pantorrillas. Puso su estetoscopio en el pecho del paciente. Era un peleador curtido en estos combates a muerte, pero por alguna razón sentía ganas de llorar.

“No sé si puedas sobrevivir, estoy perdiendo la fe, Vagil… Eres como yo… No tienes a nadie, aquí cerca por lo menos, que a fin de cuentas es como no tener a nadie en todo el mundo. Soy como tú, he estado en coma desde hace mucho… Pero si algún día despertaras, te recuperaras, salieras de aquí, regresaras a tu país, trabajaras, comieras, hicieras el amor a tu mujer, o mujeres, en fin… Yo…”

“Usted… ¿usted qué?”

El doctor giró sobre sus talones. Al ver a Ceci ―ella sonreía, llevaba grandes bolsas de plástico en ambas manos― se sonrojó y no pudo articular ni una sílaba.

“Nada, solo pensaba en voz alta…”

“¿No me ayudará?”

Mientras él se apresuraba a tomar las bolsas y depositarlas en la mesa de la estación de enfermería, ella iba un par de pasos atrás, sin dejar de hablar.

“Yo hago lo mismo, siempre”.

“Pensar en voz alta”.

“No, hablarle a los pacientes en coma”.

Gervasio miraba la punta de sus zapatos, las mejillas le ardían.

“No tiene nada de malo, doctor”.

“Ni de bueno… Vagil se nos muere, Ceci”.

“Exacto, aún así, por eso funciona, porque no cambia nada, pero por alguna razón nos sentimos mejor”.

Él no dijo nada. Transfusiones, medicamentos al tope, nuevos antibióticos, diálisis, más transfusiones… nada parecía funcionar. Sentado en un banquito giratorio, a la derecha de su paciente, de frente al monitor, escrutaba las oscilantes líneas verdes que surcaban el fondo negro de la pantalla. Miraba sin ver, jugaba con el bolígrafo, cerró los ojos: intentaba sincronizar los ruidos de su corazón con los bips del pulso cada vez más lento y débil de su paciente. Contaba las escasas gotas de orina que los riñones apenas exprimían. Iba a tirar la toalla. Releyó sus notas de evolución y reconoció el tono pesimista de sus análisis y conclusiones. Después de servirle una sexta taza de café, Ceci apagó la luz y se fue ―escuchó los pasos de la enfermera perdiéndose en la distancia―.

Eran casi las once de la noche cuando la licenciada Ángel volvió a darle golpecitos en el hombro.

“No ha mejorado, ni modo, pero sigue vivo gracias a las nuevas indicaciones… No ha perdido su toque, maestro”.

“Ya no vale la pena, Ceci… Debemos resignarnos… Tengo tanta hambre, no me había dado cuenta hasta que me hablaste… ¿Me pediste el sándwich?”

“Ja, ja, ja… Algo mejor… Venga a cenar su pavo guisado con salsa de tomate y chile”.

Vagil era (y fue, durante toda su estancia hospitalaria) el único paciente en la Unidad de Cuidados Intensivos. En el cuartito de personal solo había una mesa paticoja, tres sillas, una cafetera y un desvencijado hornito eléctrico. Dos platos estaban servidos sobre la mesa. Había cubiertos, mantelería y un par de copas de cristal, vacías.

“¿Y los demás?”

“¿Ya se lavó las manos?”

Un residente se ofreció a cuidar a Vagil a cambio de una porción de pavo. Gervasio, conmovido, dio las gracias y se lavó con una generosa cantidad de jabón líquido y luego con espuma antiséptica. Se secó con papel descartable pero la grasa del rostro la limpió con su pañuelo. Se sentó a la mesa, con apetito por primera vez en mucho tiempo.

Comieron. Ella no había querido merendar para cenar con ganas, él no había comido desde el desayuno. Conversaron. Entre bocado y bocado arreglaron el mundo, lo descompusieron y volvieron a armarlo, no sin algunos tropiezos. Se contaron historias de infancia, revivieron penas de amor, desengaños y alegrías, lloraron algo y rieron mucho, pelearon un poco, se sintieron más vivos que nunca. Gervasio estaba irreconocible, comía con ganas y relamiéndose los dedos, como si fuese la última cena de su vida. No podía parar de hablar, las palabras se agolpaban en su garganta. Ella lo dejaba, feliz de verlo tan animado, insertando, de cuando en cuando, algún comentario. Solo los escobazos de un auxiliar de servicio los distraían, por momentos, de su plática.

“Es medianoche, doctor, brindemos”.

De su bolso sacó un botellín de vino tinto y lo repartió a partes iguales en ambas copas. Brindaron.

“¿Está contento, doctor? ¿Valió la pena quedarse?”

Él se levantó, circundó la mesa, la tomó de la mano y la hizo ponerse de pie. La abrazó con intensidad, escondiendo el rostro para que ella no viese sus lágrimas.

“Ceci, no tenías que venir hoy… me lo dijo la enfermera supervisora… Tú pagaste el turno, aunque también te toca trabajar mañana por la mañana… Lo hiciste por mí. Cocinaste para mí, no lo niegues… es demasiado. Hoy si puedo afirmar, como dijo el poeta: ‘confieso que he vivido’. Gracias, muchas gracias por esta Nochebuena”.

Gervasio, aún con la copa en la mano, se acercó a la cama de su paciente. Puso su mano en el hombro de Vagil.

“Salud… Viejo, sé que no puedes escucharme, quizás no seas ni cristiano, ni siquiera puedo imaginar que seas feliz y que la vida valga algo para ti, carajo… Pero no importa, no importa lo que tenga que hacer, te juro por lo más sagrado que te sacaré vivo de esto”.

***

El día de Reyes Ghafil K. sonreía, débil aún. No se cansaba de estrechar las manos de todo el personal de Cuidados Intensivos. La licenciada Cecilia Ángel lo llevaba en silla de ruedas hasta el vestíbulo del Hospital, en donde lo esperaba un vehículo oficial de la embajada turca. Nadie le entendía una palabra, pero no hacía falta: sus ojos lo decían todo. Su mirada vagaba en busca de alguien. Cuando se cruzó con los ojos tristes del doctor Gerardo Balcáceres y Escobedo gritó y lo señaló con el dedo. Se dieron la mano, la de Ghafil estrujó los dedos reumáticos del médico, que ahogó un grito de dolor. Un empleado de la embajada se acercó, dialogó con el turco por unos segundos y, sonriendo, se dirigió al doctor.

“El señor K. quiere darle las gracias por no haber faltado a su promesa”.

Cecilia y Gervasio se miraron, intrigados.

“¿Cómo?”

“Usted le prometió que lo sacaría vivo de aquí, y no le falló”.

“Pero no hay forma que él sepa eso”.

El empleado se encogió de hombros.

“Lo sabe y punto. Adiós”

El automóvil rodó con cierta pereza y un minuto después ya era indistinguible en medio del tráfico matinal.

La licenciada Ángel enjugó una lágrima.

“Doctor, después de tantos días de estar juntos creo que lo voy a extrañar…”

Gervasio sonrió.

“¿A Vagil o a mí?”

Ceci se puso seria. Hablaba de Vagil, pero la pregunta la enfrentó con una emoción que no había descifrado, un bienestar cotidiano, llegar al trabajo en cada turno y sentirse completa, feliz, sin saber por qué. Miró a Gervasio y una oleada de ternura le sacudió cada fibra de su ser. Tomó al médico del brazo.

“¿Nos tomamos un café?”

Sabía lo que tenía que decir a Gervasio, pero el par de minutos de caminata hasta la cafetería servirían para juntar el coraje necesario para, sin reticencias, responder a su pregunta.

“Con una condición”.

“Usted dirá, doctor…”

Gervasio cayó de rodillas frente a ella, sin importarle la gente a su alrededor, perpleja y sonriente. La tomó de las manos y una minúscula cajita de terciopelo rojo apareció, como por arte de magia, entre sus dedos.

“¿Sabe qué es?”

Ceci temblaba de pies a cabeza.

“Sí… Y acepto”.

Gervasio se incorporó con dificultad, no sin ayuda de la enfermera. Se quitó el saco blanco y lo tiró, de cualquier modo, en el mostrador de la recepción de Urgencias. Se ajustó el nudo de la corbata, alisó el cabello de las sienes con los dedos y sonrió.

“Yo también quiero café. Vamos”.

Estaban tan felices que no escucharon la salva de aplausos de los testigos: oficinistas, médicos, enfermeras y pacientes, todos tan alegres como sorprendidos. Tomados de la mano, caminaban sin mirarse, pensando en los años perdidos, en un futuro inédito, en el amor, en sus dolamas matinales, sus manías y rutinas de solteros empedernidos, en el miedo de saberse analfabetos en el arte del romance. Pensaron también, por supuesto, en Vagil.


FIN

4 comentarios:

  1. exelente trabajo.claro y nitido, TRIDIMENSIONAL.
    PVR.CHILE.

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  2. TRIDIMENSIONAL
    PVR CHILE.

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  3. Ey amigo, me gustó tu cuento. No sé si le gustaría a otros que no se identifiquen con noches de turno y pacientes descalabrados; pero igual transmite sentimientos sencillos y buenos, un poco como queriendo encontrar la inocencia en el cinismo. Es la primera vez que leo algo tuyo, y es porque leo poca literatura pero igual agradezco el tiempo que no imagino de donde sacarás para comunicar cosas del alma.
    Siempre con admiración y respeto.

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  4. Wow...
    Muy cierto como la gravedad de un paciente puede 'conectar' a los que atienden a ese paciente. Al punto de sentir una mezcla de alegria y nostalgia cuando finalmente el paciente se recupera y sale del hospital. Me gusta mucho como sus cuentos tienen un toque de redencion y esperanza.
    Siga escribiendo!
    Que Dios lo siga bendiciendo.

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