Nueva entrada: "El Corrido de Santo Moro".
Amigos:
Vean esta curiosa obra de arte... Fotografié esta pintura en el Centro Pompidou de París, hace apenas tres semanas: Se titula "Aquiles llora la muerte de Patroclo", de Cy Twombly. Es difícil imaginar una representación que sea, a la vez, menos abstracta y más conmovedora.
Twombly pinta dos manchas sobre el lienzo casi desnudo. Es descaradamente minimalista, malditamente original. La gigantesca y fúrica figura de Aquiles brama de dolor sobre el desvaído y apagado garabato: el cadáver de Patroclo.
Un sueño: un día escribir como Twombly pinta.
Mientras, aquí está este cuento, para todos ustedes, con amor.
Hugo Villarroel.
EL CORRIDO DE SANTO MORO.
Después de medianoche nadie frecuenta la
fonda, excepto los camioneros, con el inevitable cortejo de prostitutas y
contrabandistas. El destartalado puesto de aduana y dos docenas de casuchas completan
la aldea fronteriza, cortada a la mitad por la carretera, polvorienta en
verano, lodazal en invierno. Aún sin la certeza de tener clientes, María Juana mantiene
la barra limpia y algo de comida, cerveza fría y café caliente, “por si las
moscas”, como acostumbra decirse a sí misma, con una sonrisa.
Los camioneros la llamaban Marijuana,
con un dejo socarrón que a ella le caía en gracia. Nunca se supo quién un día
se refirió a ella como “Porrito”, pero como sonaba masculino rápidamente pasó a
ser “La Porrito”. Es que personas como ella nunca pasan desapercibidas. Llegó
en el invierno del setenta y seis, con una maleta de cuero en cada mano,
empapada pero feliz. Con una llave enorme y enmohecida abrió el candado de la
puerta del que sigue siendo su hogar y lugar de trabajo. No se molestó en
ponerle nombre. Los aromas de la cocina pronto atrajeron clientes. Ni siquiera
necesitó de un permiso para vender cerveza, pues los mismos soldados del
destacamento se la traían (y traen) de contrabando. Hermana para muchos, una
madre para los chiquillos —a los que disfruta malcriando con golosinas— si no
llegó a alcaldesa del mísero municipio fue por su propia férrea oposición:
“Sólo quiero gobernarme a mí misma”.
No faltaron pretendientes de todas las
calañas imaginables. Quizá sea muy pálida, nariguda y tenga esa mirada de azoro
permanente, concedido, pero es alta, esbelta y en un tiempo su cabello fue hermoso,
negrísimo. Rechazó sistemáticamente a todos, sin dar explicaciones ni darse
aires de inaccesible. Le gusta su solitaria libertad o su libre soledad, como
quiera verse, y parecería, a sus cuarenta y tantos, que de necesitar a alguien
sería más de un cómplice que de un amante. Contrario a lo común, nunca ha sido
víctima de la maledicencia y nadie se atreve a criticarla, lo cual explica que
ella no sienta urgencias de huir de un lugar tan aburrido, feo e insalubre como
Santo Moro del Pedregal.
Esta mañana despertó ansiosa. Se duchó
antes de las cuatro para tener listos los desayunos, deseando que hubiera pocos
clientes para pensar mejor. Pero la jornada fue durísima y aunque servir el
almuerzo prometía desbordar sus posibilidades y las de sus dos empleadas, soportó
con más estoicismo de lo usual la avalancha de pedidos. Antes de las dos dio el
día libre a las muchachas. Intrigadas, se abstuvieron de preguntar, alegres
porque podrían irse a dominguear más temprano con sus maridos. La Porrito
apenas había roído una tortilla de maíz cuando terminó de lavar los trastos. Ya
tendría tiempo de comer con calma.
Cansada, se retira a su alcoba. Sobre la
cabecera de su cama, pendiente de un clavo, está un crucifijo de madera. Se
pone de rodillas en el piso, de frente al Cristo, apoyando los codos sobre el
colchón.
“…Conviértelos, Dios mío, en hojarasca,
En paja que arrebata el vendaval.
Como fuego que abrasa la maleza
Como llama que devora montañas,
Persíguelos así con tu tormenta,
Llénalos de terror con tu huracán.
Cubre sus rostros de ignominia
Para que busquen tu nombre, Yahvé…”
Se santigua despacio y ora en silencio
por un minuto más. Ve el reloj de la mesita de noche. Un escalofrío le recorre
desde la nuca hasta la base de la espalda. Aprieta los párpados, suspira. Con
la mano derecha se masajea el pecho, sobre su corazón, como si así pudiera
sosegarlo, con caricias. Es su día y no se siente preparada, necesita apuntalar
su desconfianza, su miedo. Recuerda, pero las imágenes que empiezan a acudir a
su mente la abruman en vez de envalentonarla. “Recordar es volver a vivir”
decía el locutor de su programa de radio favorito, pero hacía mucho que esa
simple verdad no la impactaba con la fuerza suficiente como para secarle la
garganta y humedecerle las palmas de sus manos. Las lleva al rostro y las
retira de inmediato: están frías. Necesita algo más tangible. Incorporándose
casi de un salto, sale de la alcoba y baja hasta el desván. No tarda ni un
minuto en encontrar el cofrecito de madera en donde guarda, celosa de cualquier
otra mirada, un puñado de minúsculas fotografías. Sabe de memoria los catorce nombres,
los apellidos y los oficios; escruta las facciones en blanco y negro, la palidez
de los rostros. Echa de menos la chispa de Marcela, la picardía de Dimas, la
coqueta caída de párpados de Martina…. Ya no se indigna, superó eso hace mucho,
solo le duele y es un dolor rebelde a cualquier analgésico pero de aquellos que
no desesperan. Solo al meditar en las penas del hombre clavado en la cruz encuentra
la paz necesaria para construirse una vida. Y aunque es inmune al olvido es
feliz, tanto que ha llegado a pensar que tiene la vida resuelta, o algo como
eso.
Cierra el cofre y besa la tapa. Cuando
llega a la planta principal descubre que todas las luces están encendidas.
“Mejor” —piensa—. Alcanza el periódico y se sienta a llenar el crucigrama, de
frente a la entrada de la fonda. No tiene prisa y no siente más los latidos del
corazón. Esperará allí hasta el amanecer si es necesario, eso había prometido a
la voz que apenas anoche, del otro lado del teléfono, le había asegurado la
inminente llegada del Coronel Emeterio Valdés y Rubalcava.
***
Tocan la puerta según lo convenido. No
son ni las once. La Guardia hace ronda hasta medianoche pero siempre vienen a
tomar café, algo que debía evitarse para el bien de Emeterio Valdés.
“Porrito, soy yo”.
Es la voz que espera. Abre la puerta.
Está tranquila, tanto que María Juana se asusta de sí misma. No se ven ni las
manos. Frente a la fonda hay un farol, esta noche está apagado. Alguien hizo el
sabotaje a cambio de cinco pesos y un
desayuno.
“¿Ya está aquí?”
“A media cuadra… ¿Estás sola?”
Ella dice que sí con la cabeza. Va a la
mesa, abre el bolso y saca un billete.
“No Porrito, no quiero nada. Mi paga es
ayudarte”.
Lo besa en la mejilla, con fuerza
desacostumbrada.
“Gracias papito, tráelo ya, rápido”.
No ha pasado un minuto cuando Emeterio
emerge de entre la sombra. La imagen residual que guardaba de él no se
parece en nada al rostro pálido, redondo,
porcino, sin afeitar que entra a la fonda. Ella lo recuerda altivo, desdeñoso,
impecable el uniforme, tachonado de galones y medallas, con ese hálito de agua
de colonia que empapaba todo el cuarto de interrogatorios del Cuartel de la
Primera Brigada de Fusileros.
“Gracias…”
Mira a izquierda y derecha, espantado.
Tiembla a pesar del bochorno de la noche sin brisa. Entra casi de un salto y
estrecha la mano de su anfitriona.
“Tome asiento. ¿Ya cenó?”
“No, gracias de nuevo —dice,
tartamudeando—, pero no tengo hambre”.
Es obvio que no la ha reconocido. Pero
es que han pasado más de diez años. Y la última vez que se vieron él ni
siquiera reparó en sus ojos casi grises, el cabello recogido en un moño y sus
labios anhelantes. “No los conozco” había dicho el coronel Emeterio Valdés
cuando ella puso sobre el escritorio una lista de nombres y un puñado de
fotografías, las mismas que ahora envejecían en el cofre.
La Porrito sirve dos tazas de café sobre
la mesita en que había esperado por casi dos horas. Alarga a su visitante una
cuchara y un frasco de vidrio con azúcar. A Valdés le tiembla el pulso cuando
se sirve azúcar y solo parece calmarse un poco cuando se calienta las manos con
la taza.
“Algún día le pagaré por esto, se lo
prometo”.
Ella lo mira sin parpadear. Bebe un sorbo de café y sin soltar la taza
le pregunta:
“¿Quiere irse a dormir?”
Le había reservado su propia alcoba.
Él niega con la cabeza, al borde de las
lágrimas.
“No he podido dormir… Apenas cierro los
ojos tengo pesadillas horribles…”
María Juana se incorpora, toma una copa
de cristal del aparador y se dirige al bar, oculto en la trastienda. Llena la
copa hasta la mitad con anís del mono. Vierte unas gotas de un líquido ambarino
—el frasco no tiene viñeta— y saca del
bolsillo de su delantal una píldora diminuta. Regresa al comedor y, mientras
pulveriza la droga entre los dedos de su mano derecha, revuelve el “cóctel” con
una cucharilla de plata.
“Tómelo todo, de un sorbo… Y suba de
inmediato, en diez minutos caerá como piedra… dormirá de un tirón y sin soñar”.
***
Después de quince días Valdés se sintió
hombre nuevo. No quiso irse cuando los contrabandistas de tabaco llegaron por
él: su intuición le decía que su oportunidad para una vida nueva no estaba al
otro lado de la frontera, como había imaginado en un principio. Desconfiado por
naturaleza, fue la primera noche de sueño en la casa de María Juana la que le
abrió las puertas a una percepción distinta de las cosas. No salió de la alcoba
durante tres días pero, apenas asomó la nariz por la cocina y el comedor,
recuperó el apetito y, poco después, algunos de los kilos perdidos durante sus
días de fugitivo.
Habían convenido en que se presentaría
como su hermano Jacobo, un viudo sin hijos urgido de compañía, buscando un nuevo
hogar. Inventaron la patraña en el momento justo que él decidió quedarse: urgía
una historia creíble pero fue lo mejor que se les ocurrió. Pero cuando esa
misma noche María Juana meditó en las implicaciones posibles algo se agitó en
su pecho y ya no pudo dormir. Pensó que era perfecto.
***
Casi tres meses después Emeterio
—Jacobo— se lleva bien con las empleadas. Cortés, respetuoso, parecía feliz
cortando leña, lavando platos o pelando las verduras. Ellas no cuestionan la
presencia inédita de un hombre en casa: la palabra de Porrito es ley.
“Mari, necesitamos carbón”.
Primero esas necesidades le eran ajenas:
“Necesita gas, le hace falta leña…” Ahora eran cosa de todos: “necesitamos…”
Porrito sonríe.
“El carbón escasea por acá. Busque un
camioncito y traiga carbón para tres meses al menos. Váyase ya para que no se
le haga noche, agarre plata de la gaveta, con ciento cincuenta le alcanza.
Apúrese, que esta noche hay fiesta en el pueblo y usted está invitado”.
María Juana se despide agitando ambas
manos hasta que la estela de polvo empieza a asentar en el camino. Entra a la
casa y marca con parsimonia un número de teléfono.
“Será esta noche. Tráigase a todos. Y
háblele a Los Primos”.
Cuelga sin esperar respuesta.
***
Los cuatro Primos atacan otro corrido.
La gente baila en el parque a la luz de una larguísima guirnalda de bombillos.
Nunca, sobre la faz del mundo, había hecho tanto calor.
“¿Otra cerveza?”
Dice que sí.
Es la séptima, quizás la octava. Valdés
nunca bebe tanto, pero todos están de fiesta —no tiene idea por qué— y él, por
primera vez en mucho tiempo, es feliz.
“Gracias, Porrito, no sé cómo pagarle”.
Ella se puso seria.
Escuchen, señores,
Escuchen, señores,
Mi último canto,
Que destila llanto.
Los viles traidores
Segaron la vida
Que fue muy querida
De los sembradores.
“Yo sé cómo”.
“¿Perdone?”
“Venga”.
Lo toma del brazo y con suavidad lo
lleva al pie de la tarima.
“Subamos”.
Se pone pálido y algo se mueve en sus
intestinos.
“¿Por qué? Me pueden reconocer… Además
ni me imagino la causa de este bailongo…”
“Nomás oiga a Los Primos…”
Mi compa dice sonriendo
Me tienen que preparar
Una buena fiestecita
Muy pronto allá en… El Pedregal
—Aplausos, vítores—
A la banda de Los Primos
En vivo quiero escuchar
—Más aplausos, algunos ajúas—
El gallo sigue cantando
Aunque no está en su corral
Para todos los traidores
Hay reservado un lugar
Cuando el rio suena hay agua
No se les vaya a olvidar…
La Porrito hace una señal y la música
cesa. Los Primos, como si toda la noche hubieran estado esperando ese momento
dejan los instrumentos en la tarima y apagan uno por uno los micrófonos. El
acordeón emite un último quejido al sentirse abandonado. La gente se acerca en
silencio, formando semicírculos concéntricos. Ella sube, sin ayuda, y con un
gesto llama a Emeterio Valdés, que no se atreve a desairarla delante de las
ciento y tantas personas allí apretujadas y calladas.
“Amigos, gracias por venir —alza los
brazos y mira a todos en derredor—… Esta
fiesta es mi regalo para ustedes, mi muestra de gratitud por todos estos años…
Cuando vine yo no era nadie, estaba vacía, casi muerta… Pero este pueblo,
ustedes… Ustedes me devolvieron las ganas de vivir…”
Aplausos y vivas.
Emeterio Valdés quisiera ser invisible o
transparente, pero después de su angustia inicial está cada vez más tranquilo: nadie
parece fijarse en su insignificante estampa. Se encoge de hombros al acordarse,
con tristeza, de cómo era la envidia de la oficialidad allá en el Estado Mayor:
tan galante, altivo, dueño de sí mismo y de las vidas de todo mundo a su
alrededor.
“Hasta creí ser feliz… Pero los
recuerdos volvían, una y otra vez. Ustedes saben —alza las manos de nuevo, las
palmas hacia arriba—, ustedes, todos y cada uno saben mi historia. No soy buena
para olvidar. Por eso —alza la voz—… Por
eso nunca pude olvidarlo a él”.
Todas las miradas convergen en Emeterio.
Él mira a la Porrito, que aún lo señala
con el índice. No entiende, hace un esfuerzo por comprender. Casi pierde el
sentido cuando, segundos después, todas
las piezas encajan. Un día soñó con desarmar su existencia entera, partir su
historia en mil trocitos, tirarlos al piso, recogerlos uno por uno, al azar,
recomponer el rompecabezas y comenzar a vivir desde cero.
Ella ha cambiado, piensa. Cuando la vio
por primera vez era otra, su voz sonaba distinta, su mirada era altiva. Por eso
la reconoce hasta ahora, porque sus ojos vuelven a brillar igual que aquella
tarde cuando él le dijo que no conocía a ninguno de los que ella llamaba “sus
seres queridos”. A él no le importaron sus protestas. Chasqueó los dedos y se
la llevaron, como si nada. Con los otros, los de las fotografías. Todos ellos eran
poca cosa, indios campesinos brutos, nada, la mierda que salpica los zapatos
cuando pateas traseros. De todos modos eso quería ella, verlos. Quiso
disuadirla, cuando la llevaran con lo que quedaba de ellos tendría que entender
que el daño estaba hecho, que ni siquiera él podría juntar los pedazos y
revivirlos… “Juego a Dios sin ser Dios”, decía, “y a él no le importa”.
No supo más de ella, no valía la pena ni
preguntar, las órdenes eran claras.
“Cuando se aburrieron de mí, después de
varios turnos para cada uno, me tiraron a esa celda. Me defendí pero terminé pidiendo piedad, para
que no me siguieran pegando. Dijeron: ‘Te dejamos tus muertitos para que puedas
llorarlos’. Y cerraron la puerta. Y sí que los lloré, los lloré tanto que no he
podido volver a llorar en la vida. Y perdí la cuenta de los días… Han pasado
años, pero aún siento ese olor, lo llevo impregnado en el alma, en cada rincón
de este cuerpo que no se pudo morir…”
Emeterio siente que lo toman de los
brazos, se deja llevar. Quiere decir algo pero no puede, o no quiere. Alguien
—uno de Los Primos, quizá— arrastra una silla al centro del escenario y lo
sientan allí. Su mirada vaga sin atreverse a enfocar ningún rostro en
particular.
“Tráiganlos”.
Catorce personas desfilan, a paso de
procesión, frente a la tarima. Cada una de ellas lleva en alto un cartel y en
cada cartel hay una fotografía ampliada. Al pie de cada foto un nombre. Frente
a Emeterio Valdés, cada uno grita el nombre y hunde el mástil de su cartel en
la tierra húmeda, justo frente a los ojos del prisionero.
Valdez quiere pensar lo que va a decir.
Sus sentidos devoran todo a su alrededor: mira, oye, huele. Le han hecho trampa
con las piezas del rompecabezas, solo para joderlo.
“Coronel, tiene la palabra, le
concedemos el derecho a su propia defensa”.
Se
concentra en los ojos grises de María Juana. Quiere ver odio, rabia, quizá
lágrimas. No encuentra en ellos lo que busca.
“Solo quiero decir que necesito que me
escuchen en confesión”.
Nadie dijo nada por algunos segundos.
Rechinaron las tablas cuando un hombre flaco y demasiado calvo para su edad
subió a la tarima. Vestía de paisano.
“¿Lo
permite, Porrito?”
Ella sonríe.
“Sí, padre”.
La multitud persiste en silencioso
respeto.
El sacerdote murmura al oído de Valdez y
él le contesta del mismo modo.
“Este señor dice que se confesará en
público”.
Habla y habla. De su malentendido
coraje, de su fama de hombre implacable, sordo a la súplica, pronto a la cólera;
habla de su mano al cinto, siempre acariciando la culata del revólver, listo
para los tiros de gracia con que finiquitaba todo aquello que violentara su
visión del mundo y la de sus amos.
“…Yo no podía ser de otro modo. Ahora, ahora
que cayó el régimen, que mis jefes ya no mandan, ahora que he estado del lado
de los perseguidos, ahora que lo he perdido todo, que me busca la justicia…
Ahora entiendo. Pero es tarde… demasiado tarde para ellos —señala las
fotografías— y demasiado tarde para mí. Creí, en estas semanas, que había
encontrado la redención, pero estaba escrito —baja la mirada, se humedecen sus
ojos enrojecidos— que un día iba a pagar por todo. No merezco que me perdonen,
pero aún así, humildemente, me pongo en sus manos. Estoy cansado —apenas puede
sostenerse en la silla, aplastado por el peso de sus revelaciones—… ya no puedo
más”.
Cierra los ojos y guarda silencio.
“Yo
lo perdono, Emeterio Valdez”.
Nadie mira al coronel. Todos miran a La
Porrito.
Emeterio suspira y comienza a llorar,
callado, escondiendo el rostro y las manos entre sus rodillas.
“Es mandato del Señor —aclara—. Pero no
puedo hablar por ellos… —con el brazo extendido señala uno por uno a sus difuntos—
Ni mis papás, Juan y María, ni Reina, ni Adelita, mis hermanas; ni Marcelita,
ni Don Tadeo, ni Dimas, ni Ángela... ¿Cómo saber? Eran buenos cristianos,
ustedes nunca supieron de ellos hasta que yo les conté mi historia, pero les
puedo jurar que también, sin duda, ellos podrían perdonar a este hombre… Sí,
dije hombre, porque era un chacal y ahora ha vuelto a ser persona, todo por la
misericordia de mi Señor…”
Emeterio mira fijamente a la Porrito,
sin saber qué hacer o decir.
“¡Coronel Emeterio Valdez y Rubalcava!
Ya se confesó… Ahora cumpla la penitencia. Venga con nosotros, si Dios así lo
quiere, salvará su vida y su alma inmortal… Muchachos…”
Emeterio se ve alzado con todo y silla.
En silencio, la multitud contempla el laborioso proceso de bajarlo de la
tarima. Luego, a paso de procesión, con velas encendidas, lo escoltan en
dirección al puente fronterizo que él, semanas atrás, se había negado a cruzar.
La Porrito, encabezando al pueblo, saluda por sus nombres a los guardias, apostados
a izquierda y derecha del puente. Desde allí la escoltan unos doscientos metros
hasta llegar a la mitad del puente, justo
en la frontera. Emeterio, tan intrigado
que hasta se ha olvidado por el momento de su pena, murmura...
“El exilio…”
Se detienen y lo bajan. Un guardia, a
una señal de La Porrito, le venda los ojos con un pañuelo. El sacerdote murmura
y le impone las manos. El otro guardia lo ata a la silla pasándole las manos a
la espalda, firme pero sin brusquedad, casi con piedad.
“Les juro que no me volverán a ver…”
El río, impetuoso, arrastra y hace
entrechocar las piedras. El cloqueo suena a huesos náufragos, arrastrados por
la corriente, fracturándose una y otra vez hasta convertirse en astillas.
“Eso no depende de ti, ni de nosotros,
hijo”.
La Porrito lo toma de los hombros.
Emeterio huele su perfume de nardos, tan próxima está.
“Como dice el padre, coronel, esta es la
ordalía del Señor. Si Él quiere será usted salvo y superará esta prueba… Si su
fe es perfecta no sufrirá perjuicio alguno… Como era en un principio, ahora y
siempre…”
La multitud contesta al unísono:
“Por los siglos de los siglos…”
Se siente otra vez alzado, con todo y
silla. La brisa helada le azota el rostro. Luego ingravidez y un vacío en el
vientre. Y entonces comprende. Pero veinte metros en caída libre apenas le dan
tiempo para una sola idea:
“No… No me alcanza la fe…”
¡Adiós! me despido
Con este corrido;
Dormirá mi canto
Pidiendo venganza…
Pa´ todos los traidores
Hay reservado un lugar
Cuando el rio suena
Hay agua
No se les vaya a olvidar…
FIN
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