sábado 24 de septiembre de 2011






Nueva entrada: "El Corrido de Santo Moro".

Amigos:

Vean esta curiosa obra de arte... Fotografié esta pintura en el Centro Pompidou de París, hace apenas tres semanas: Se titula "Aquiles llora la muerte de Patroclo", de Cy Twombly. Es difícil imaginar una representación que sea, a la vez, menos abstracta y más conmovedora.


Twombly pinta dos manchas sobre el lienzo casi desnudo. Es descaradamente minimalista, malditamente original. La gigantesca y fúrica figura de Aquiles brama de dolor sobre el desvaído y apagado garabato: el cadáver de Patroclo.
Un sueño: un día escribir como Twombly pinta.
Mientras, aquí está este cuento, para todos ustedes, con amor.

Hugo Villarroel.

EL CORRIDO DE SANTO MORO.

       Después de medianoche nadie frecuenta la fonda, excepto los camioneros, con el inevitable cortejo de prostitutas y contrabandistas. El destartalado puesto de aduana y dos docenas de casuchas completan la aldea fronteriza, cortada a la mitad por la carretera, polvorienta en verano, lodazal en invierno. Aún sin la certeza de tener clientes, María Juana mantiene la barra limpia y algo de comida, cerveza fría y café caliente, “por si las moscas”, como acostumbra decirse a sí misma, con una sonrisa.
       Los camioneros la llamaban Marijuana, con un dejo socarrón que a ella le caía en gracia. Nunca se supo quién un día se refirió a ella como “Porrito”, pero como sonaba masculino rápidamente pasó a ser “La Porrito”. Es que personas como ella nunca pasan desapercibidas. Llegó en el invierno del setenta y seis, con una maleta de cuero en cada mano, empapada pero feliz. Con una llave enorme y enmohecida abrió el candado de la puerta del que sigue siendo su hogar y lugar de trabajo. No se molestó en ponerle nombre. Los aromas de la cocina pronto atrajeron clientes. Ni siquiera necesitó de un permiso para vender cerveza, pues los mismos soldados del destacamento se la traían (y traen) de contrabando. Hermana para muchos, una madre para los chiquillos —a los que disfruta malcriando con golosinas— si no llegó a alcaldesa del mísero municipio fue por su propia férrea oposición:
       “Sólo quiero gobernarme a mí misma”.
       No faltaron pretendientes de todas las calañas imaginables. Quizá sea muy pálida, nariguda y tenga esa mirada de azoro permanente, concedido, pero es alta, esbelta y en un tiempo su cabello fue hermoso, negrísimo. Rechazó sistemáticamente a todos, sin dar explicaciones ni darse aires de inaccesible. Le gusta su solitaria libertad o su libre soledad, como quiera verse, y parecería, a sus cuarenta y tantos, que de necesitar a alguien sería más de un cómplice que de un amante. Contrario a lo común, nunca ha sido víctima de la maledicencia y nadie se atreve a criticarla, lo cual explica que ella no sienta urgencias de huir de un lugar tan aburrido, feo e insalubre como Santo Moro del Pedregal.
       Esta mañana despertó ansiosa. Se duchó antes de las cuatro para tener listos los desayunos, deseando que hubiera pocos clientes para pensar mejor. Pero la jornada fue durísima y aunque servir el almuerzo prometía desbordar sus posibilidades y las de sus dos empleadas, soportó con más estoicismo de lo usual la avalancha de pedidos. Antes de las dos dio el día libre a las muchachas. Intrigadas, se abstuvieron de preguntar, alegres porque podrían irse a dominguear más temprano con sus maridos. La Porrito apenas había roído una tortilla de maíz  cuando terminó de lavar los trastos. Ya tendría tiempo de comer con calma.
       Cansada, se retira a su alcoba. Sobre la cabecera de su cama, pendiente de un clavo, está un crucifijo de madera. Se pone de rodillas en el piso, de frente al Cristo, apoyando los codos sobre el colchón.
      
“…Conviértelos, Dios mío, en hojarasca,
En paja que arrebata el vendaval.
Como fuego que abrasa la maleza
Como llama que devora montañas,
Persíguelos así con tu tormenta,
Llénalos de terror con tu huracán.
Cubre sus rostros de ignominia
Para que busquen tu nombre, Yahvé…”

       Se santigua despacio y ora en silencio por un minuto más. Ve el reloj de la mesita de noche. Un escalofrío le recorre desde la nuca hasta la base de la espalda. Aprieta los párpados, suspira. Con la mano derecha se masajea el pecho, sobre su corazón, como si así pudiera sosegarlo, con caricias. Es su día y no se siente preparada, necesita apuntalar su desconfianza, su miedo. Recuerda, pero las imágenes que empiezan a acudir a su mente la abruman en vez de envalentonarla. “Recordar es volver a vivir” decía el locutor de su programa de radio favorito, pero hacía mucho que esa simple verdad no la impactaba con la fuerza suficiente como para secarle la garganta y humedecerle las palmas de sus manos. Las lleva al rostro y las retira de inmediato: están frías. Necesita algo más tangible. Incorporándose casi de un salto, sale de la alcoba y baja hasta el desván. No tarda ni un minuto en encontrar el cofrecito de madera en donde guarda, celosa de cualquier otra mirada, un puñado de minúsculas fotografías. Sabe de memoria los catorce nombres, los apellidos y los oficios; escruta las facciones en blanco y negro, la palidez de los rostros. Echa de menos la chispa de Marcela, la picardía de Dimas, la coqueta caída de párpados de Martina…. Ya no se indigna, superó eso hace mucho, solo le duele y es un dolor rebelde a cualquier analgésico pero de aquellos que no desesperan. Solo al meditar en las penas del hombre clavado en la cruz encuentra la paz necesaria para construirse una vida. Y aunque es inmune al olvido es feliz, tanto que ha llegado a pensar que tiene la vida resuelta, o algo como eso.
       Cierra el cofre y besa la tapa. Cuando llega a la planta principal descubre que todas las luces están encendidas. “Mejor” —piensa—. Alcanza el periódico y se sienta a llenar el crucigrama, de frente a la entrada de la fonda. No tiene prisa y no siente más los latidos del corazón. Esperará allí hasta el amanecer si es necesario, eso había prometido a la voz que apenas anoche, del otro lado del teléfono, le había asegurado la inminente llegada del Coronel Emeterio Valdés y Rubalcava.

***

       Tocan la puerta según lo convenido. No son ni las once. La Guardia hace ronda hasta medianoche pero siempre vienen a tomar café, algo que debía evitarse para el bien de Emeterio Valdés.
       “Porrito, soy yo”.
       Es la voz que espera. Abre la puerta. Está tranquila, tanto que María Juana se asusta de sí misma. No se ven ni las manos. Frente a la fonda hay un farol, esta noche está apagado. Alguien hizo el sabotaje a cambio de  cinco pesos y un desayuno.
       “¿Ya está aquí?”
       “A media cuadra… ¿Estás sola?”
       Ella dice que sí con la cabeza. Va a la mesa, abre el bolso y saca un billete.
       “No Porrito, no quiero nada. Mi paga es ayudarte”.
       Lo besa en la mejilla, con fuerza desacostumbrada.
       “Gracias papito, tráelo ya, rápido”.
       No ha pasado un minuto cuando Emeterio emerge de entre la sombra. La imagen residual que guardaba de él no se parece  en nada al rostro pálido, redondo, porcino, sin afeitar que entra a la fonda. Ella lo recuerda altivo, desdeñoso, impecable el uniforme, tachonado de galones y medallas, con ese hálito de agua de colonia que empapaba todo el cuarto de interrogatorios del Cuartel de la Primera Brigada de Fusileros.
       “Gracias…”
       Mira a izquierda y derecha, espantado. Tiembla a pesar del bochorno de la noche sin brisa. Entra casi de un salto y estrecha la mano de su anfitriona.
       “Tome asiento. ¿Ya cenó?”
       “No, gracias de nuevo —dice, tartamudeando—, pero no tengo hambre”.
       Es obvio que no la ha reconocido. Pero es que han pasado más de diez años. Y la última vez que se vieron él ni siquiera reparó en sus ojos casi grises, el cabello recogido en un moño y sus labios anhelantes. “No los conozco” había dicho el coronel Emeterio Valdés cuando ella puso sobre el escritorio una lista de nombres y un puñado de fotografías, las mismas que ahora envejecían en el cofre.
       La Porrito sirve dos tazas de café sobre la mesita en que había esperado por casi dos horas. Alarga a su visitante una cuchara y un frasco de vidrio con azúcar. A Valdés le tiembla el pulso cuando se sirve azúcar y solo parece calmarse un poco cuando se calienta las manos con la taza.
       “Algún día le pagaré por esto, se lo prometo”.
       Ella lo mira sin parpadear. Bebe un sorbo de café y sin soltar la taza le pregunta:
       “¿Quiere irse a dormir?”
       Le había reservado su propia alcoba.
       Él niega con la cabeza, al borde de las lágrimas.
       “No he podido dormir… Apenas cierro los ojos tengo pesadillas horribles…”
       María Juana se incorpora, toma una copa de cristal del aparador y se dirige al bar, oculto en la trastienda. Llena la copa hasta la mitad con anís del mono. Vierte unas gotas de un líquido ambarino —el frasco no tiene viñeta—  y saca del bolsillo de su delantal una píldora diminuta. Regresa al comedor y, mientras pulveriza la droga entre los dedos de su mano derecha, revuelve el “cóctel” con una cucharilla de plata.
       “Tómelo todo, de un sorbo… Y suba de inmediato, en diez minutos caerá como piedra… dormirá de un tirón y sin soñar”.

***

       Después de quince días Valdés se sintió hombre nuevo. No quiso irse cuando los contrabandistas de tabaco llegaron por él: su intuición le decía que su oportunidad para una vida nueva no estaba al otro lado de la frontera, como había imaginado en un principio. Desconfiado por naturaleza, fue la primera noche de sueño en la casa de María Juana la que le abrió las puertas a una percepción distinta de las cosas. No salió de la alcoba durante tres días pero, apenas asomó la nariz por la cocina y el comedor, recuperó el apetito y, poco después, algunos de los kilos perdidos durante sus días de fugitivo.
       Habían convenido en que se presentaría como su hermano Jacobo, un viudo sin hijos urgido de compañía, buscando un nuevo hogar. Inventaron la patraña en el momento justo que él decidió quedarse: urgía una historia creíble pero fue lo mejor que se les ocurrió. Pero cuando esa misma noche María Juana meditó en las implicaciones posibles algo se agitó en su pecho y ya no pudo dormir. Pensó que era perfecto.

***

       Casi tres meses después Emeterio —Jacobo— se lleva bien con las empleadas. Cortés, respetuoso, parecía feliz cortando leña, lavando platos o pelando las verduras. Ellas no cuestionan la presencia inédita de un hombre en casa: la palabra de Porrito es ley.
       “Mari, necesitamos carbón”.
       Primero esas necesidades le eran ajenas: “Necesita gas, le hace falta leña…” Ahora eran cosa de todos: “necesitamos…”
       Porrito sonríe.
       “El carbón escasea por acá. Busque un camioncito y traiga carbón para tres meses al menos. Váyase ya para que no se le haga noche, agarre plata de la gaveta, con ciento cincuenta le alcanza. Apúrese, que esta noche hay fiesta en el pueblo y usted está invitado”.
       María Juana se despide agitando ambas manos hasta que la estela de polvo empieza a asentar en el camino. Entra a la casa y marca con parsimonia un número de teléfono.
       “Será esta noche. Tráigase a todos. Y háblele a Los Primos”.
      Cuelga sin esperar respuesta.

***

       Los cuatro Primos atacan otro corrido. La gente baila en el parque a la luz de una larguísima guirnalda de bombillos. Nunca, sobre la faz del mundo, había hecho tanto calor.
       “¿Otra cerveza?”
       Dice que sí.
       Es la séptima, quizás la octava. Valdés nunca bebe tanto, pero todos están de fiesta —no tiene idea por qué— y él, por primera vez en mucho tiempo, es feliz.
       “Gracias, Porrito, no sé cómo pagarle”.
       Ella se puso seria.

Escuchen, señores,
Escuchen, señores,
Mi último canto,
Que destila llanto.
Los viles traidores
Segaron la vida
Que fue muy querida
De los sembradores.

       “Yo sé cómo”.
       “¿Perdone?”
       “Venga”.
       Lo toma del brazo y con suavidad lo lleva al pie de la tarima.
       “Subamos”.
       Se pone pálido y algo se mueve en sus intestinos.
       “¿Por qué? Me pueden reconocer… Además ni me imagino la causa de este bailongo…”
       “Nomás oiga a Los Primos…”

Mi compa dice sonriendo
Me tienen que preparar
Una buena fiestecita
Muy pronto allá en… El Pedregal
 
—Aplausos, vítores—
 
A la banda de Los Primos
En vivo quiero escuchar
 
—Más aplausos, algunos ajúas
 
El gallo sigue cantando
Aunque no está en su corral
Para todos los traidores
Hay reservado un lugar
Cuando el rio suena hay agua
No se les vaya a olvidar…

       La Porrito hace una señal y la música cesa. Los Primos, como si toda la noche hubieran estado esperando ese momento dejan los instrumentos en la tarima y apagan uno por uno los micrófonos. El acordeón emite un último quejido al sentirse abandonado. La gente se acerca en silencio, formando semicírculos concéntricos. Ella sube, sin ayuda, y con un gesto llama a Emeterio Valdés, que no se atreve a desairarla delante de las ciento y tantas personas allí apretujadas y calladas.
       “Amigos, gracias por venir —alza los brazos y mira a todos en derredor—…  Esta fiesta es mi regalo para ustedes, mi muestra de gratitud por todos estos años… Cuando vine yo no era nadie, estaba vacía, casi muerta… Pero este pueblo, ustedes… Ustedes me devolvieron las ganas de vivir…”
       Aplausos y vivas.
       Emeterio Valdés quisiera ser invisible o transparente, pero después de su angustia inicial está cada vez más tranquilo: nadie parece fijarse en su insignificante estampa. Se encoge de hombros al acordarse, con tristeza, de cómo era la envidia de la oficialidad allá en el Estado Mayor: tan galante, altivo, dueño de sí mismo y de las vidas de todo mundo a su alrededor.
       “Hasta creí ser feliz… Pero los recuerdos volvían, una y otra vez. Ustedes saben —alza las manos de nuevo, las palmas hacia arriba—, ustedes, todos y cada uno saben mi historia. No soy buena para olvidar.  Por eso —alza la voz—… Por eso nunca pude olvidarlo a él”.
       Todas las miradas convergen en Emeterio.
       Él mira a la Porrito, que aún lo señala con el índice. No entiende, hace un esfuerzo por comprender. Casi pierde el sentido cuando, segundos después,  todas las piezas encajan. Un día soñó con desarmar su existencia entera, partir su historia en mil trocitos, tirarlos al piso, recogerlos uno por uno, al azar, recomponer el rompecabezas y comenzar a vivir desde cero.
       Ella ha cambiado, piensa. Cuando la vio por primera vez era otra, su voz sonaba distinta, su mirada era altiva. Por eso la reconoce hasta ahora, porque sus ojos vuelven a brillar igual que aquella tarde cuando él le dijo que no conocía a ninguno de los que ella llamaba “sus seres queridos”. A él no le importaron sus protestas. Chasqueó los dedos y se la llevaron, como si nada. Con los otros, los de las fotografías. Todos ellos eran poca cosa, indios campesinos brutos, nada, la mierda que salpica los zapatos cuando pateas traseros. De todos modos eso quería ella, verlos. Quiso disuadirla, cuando la llevaran con lo que quedaba de ellos tendría que entender que el daño estaba hecho, que ni siquiera él podría juntar los pedazos y revivirlos… “Juego a Dios sin ser Dios”, decía, “y a él no le importa”.
       No supo más de ella, no valía la pena ni preguntar, las órdenes eran claras.
       “Cuando se aburrieron de mí, después de varios turnos para cada uno, me tiraron a esa celda.  Me defendí pero terminé pidiendo piedad, para que no me siguieran pegando. Dijeron: ‘Te dejamos tus muertitos para que puedas llorarlos’. Y cerraron la puerta. Y sí que los lloré, los lloré tanto que no he podido volver a llorar en la vida. Y perdí la cuenta de los días… Han pasado años, pero aún siento ese olor, lo llevo impregnado en el alma, en cada rincón de este cuerpo que no se pudo morir…”
       Emeterio siente que lo toman de los brazos, se deja llevar. Quiere decir algo pero no puede, o no quiere. Alguien —uno de Los Primos, quizá— arrastra una silla al centro del escenario y lo sientan allí. Su mirada vaga sin atreverse a enfocar ningún rostro en particular.
       “Tráiganlos”.
       Catorce personas desfilan, a paso de procesión, frente a la tarima. Cada una de ellas lleva en alto un cartel y en cada cartel hay una fotografía ampliada. Al pie de cada foto un nombre. Frente a Emeterio Valdés, cada uno grita el nombre y hunde el mástil de su cartel en la tierra húmeda, justo frente a los ojos del prisionero.
       Valdez quiere pensar lo que va a decir. Sus sentidos devoran todo a su alrededor: mira, oye, huele. Le han hecho trampa con las piezas del rompecabezas, solo para joderlo.
       “Coronel, tiene la palabra, le concedemos el derecho a su propia defensa”.
       Se concentra en los ojos grises de María Juana. Quiere ver odio, rabia, quizá lágrimas. No encuentra en ellos lo que busca.
       “Solo quiero decir que necesito que me escuchen en confesión”.
       Nadie dijo nada por algunos segundos. Rechinaron las tablas cuando un hombre flaco y demasiado calvo para su edad subió a la tarima. Vestía de paisano.
       “¿Lo permite, Porrito?”
       Ella sonríe.
       “Sí, padre”.
       La multitud persiste en silencioso respeto.
       El sacerdote murmura al oído de Valdez y él le contesta del mismo modo.
       “Este señor dice que se confesará en público”.
       Habla y habla. De su malentendido coraje, de su fama de hombre implacable, sordo a la súplica, pronto a la cólera; habla de su mano al cinto, siempre acariciando la culata del revólver, listo para los tiros de gracia con que finiquitaba todo aquello que violentara su visión del mundo y la de sus amos.
       “…Yo no podía ser de otro modo. Ahora, ahora que cayó el régimen, que mis jefes ya no mandan, ahora que he estado del lado de los perseguidos, ahora que lo he perdido todo, que me busca la justicia… Ahora entiendo. Pero es tarde… demasiado tarde para ellos —señala las fotografías— y demasiado tarde para mí. Creí, en estas semanas, que había encontrado la redención, pero estaba escrito —baja la mirada, se humedecen sus ojos enrojecidos— que un día iba a pagar por todo. No merezco que me perdonen, pero aún así, humildemente, me pongo en sus manos. Estoy cansado —apenas puede sostenerse en la silla, aplastado por el peso de sus revelaciones—… ya no puedo más”.
       Cierra los ojos y guarda silencio.
       “Yo lo perdono, Emeterio Valdez”.
       Nadie mira al coronel. Todos miran a La Porrito.
       Emeterio suspira y comienza a llorar, callado, escondiendo el rostro y las manos entre sus rodillas.
       “Es mandato del Señor —aclara—. Pero no puedo hablar por ellos… —con el brazo extendido señala uno por uno a sus difuntos— Ni mis papás, Juan y María, ni Reina, ni Adelita, mis hermanas; ni Marcelita, ni Don Tadeo, ni Dimas, ni Ángela... ¿Cómo saber? Eran buenos cristianos, ustedes nunca supieron de ellos hasta que yo les conté mi historia, pero les puedo jurar que también, sin duda, ellos podrían perdonar a este hombre… Sí, dije hombre, porque era un chacal y ahora ha vuelto a ser persona, todo por la misericordia de mi Señor…”
       Emeterio mira fijamente a la Porrito, sin saber qué hacer o decir.
       “¡Coronel Emeterio Valdez y Rubalcava! Ya se confesó… Ahora cumpla la penitencia. Venga con nosotros, si Dios así lo quiere, salvará su vida y su alma inmortal… Muchachos…”
       Emeterio se ve alzado con todo y silla. En silencio, la multitud contempla el laborioso proceso de bajarlo de la tarima. Luego, a paso de procesión, con velas encendidas, lo escoltan en dirección al puente fronterizo que él, semanas atrás, se había negado a cruzar. La Porrito, encabezando al pueblo, saluda por sus nombres a los guardias, apostados a izquierda y derecha del puente. Desde allí la escoltan unos doscientos metros hasta llegar  a la mitad del puente, justo en la frontera.  Emeterio, tan intrigado que hasta se ha olvidado por el momento de su pena, murmura...
       “El exilio…”
       Se detienen y lo bajan. Un guardia, a una señal de La Porrito, le venda los ojos con un pañuelo. El sacerdote murmura y le impone las manos. El otro guardia lo ata a la silla pasándole las manos a la espalda, firme pero sin brusquedad, casi con piedad.
       “Les juro que no me volverán a ver…”
       El río, impetuoso, arrastra y hace entrechocar las piedras. El cloqueo suena a huesos náufragos, arrastrados por la corriente, fracturándose una y otra vez hasta convertirse en astillas.
       “Eso no depende de ti, ni de nosotros, hijo”.
       La Porrito lo toma de los hombros. Emeterio huele su perfume de nardos, tan próxima está.
       “Como dice el padre, coronel, esta es la ordalía del Señor. Si Él quiere será usted salvo y superará esta prueba… Si su fe es perfecta no sufrirá perjuicio alguno… Como era en un principio, ahora y siempre…”
       La multitud contesta al unísono:
       “Por los siglos de los siglos…”
       Se siente otra vez alzado, con todo y silla. La brisa helada le azota el rostro. Luego ingravidez y un vacío en el vientre. Y entonces comprende. Pero veinte metros en caída libre apenas le dan tiempo para una sola idea:
       “No… No me alcanza la fe…”


¡Adiós! me despido
Con este corrido;
Dormirá mi canto
Pidiendo venganza… 
Pa´ todos los traidores
Hay reservado un lugar
Cuando el rio suena 
Hay agua
No se les vaya a olvidar…
 
 

FIN


0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada