martes, 27 de abril de 2010


I

Miénteme:

Me duele menos tu mentira

Que la suma de todas tus verdades.

Sabes

Que en este corazón

Todo agravio se olvida

Toda pena se llora

Sin dejar huella

En mi memoria.

Adereza el sebo

Y lánzame el anzuelo

Cuéntame una fábula

Recítame otro verso.

Mis ojos siguen

La trayectoria de tus dedos:

Ofreces mundos ajenos,

Insolentes,

Donde la pasión se hace verbo

Pero el amor muere

En silencio.

Créeme que te creo

Que no finges sin motivo

—Un ataque de celos,

Una muestra de cariño—

Pero

En los ritos del deseo

Mi carne ya no siente

Lo que el gesto sugiere

Y me quedo

Con los brazos abiertos

Mirando al cielo

Soñando despierto.

Así que miénteme

Otra vez

Y dime que lo sientes

Dime que te duele,

Miénteme otra vez

Quizás pueda creerte

Cuando prometas volver.


Este es uno de los poemas de mi colección "Boleros Chinos". Ojalá y puedan ustedes, amigos, darme su opinión.

martes, 6 de abril de 2010

ROCK, LITERATURA Y CORAZÓN.


Desde mi adolescencia conservo recuerdos de mi iniciación en la música rock y la literatura. Aunque parezca extraño, yo ignoraba que mi afición a la batería e instrumentos de percusión iba algo más allá de una simple preferencia o inclinación personal: en realidad provengo de una familia en donde la música ha sido no solo objeto de culto, sino hasta modo de vida. Mi abuelo no solo era músico, era baterista y director de su propia orquesta (Willy Villarroel, Q.D.D.G.) allá por los años 40 y 50, en Chile. Mi mismo padre (Hugo Villarroel Menesses) fue cantante muy destacado y percusionista y no pocos lo recuerdan en esa faceta bohemia que lo sacó de su país natal y lo trajo hasta estas tierras salvadoreñas.

La música fue, con toda razón, parte central de la vida familiar. Los Ink Spots, Sinatra, Tony Bennett, Little Richard, Bill Haley, Sergio Mendes, The Temptations y, muy a tono con el cambiante espíritu Villarroel, también Ravel, Borodin, Beethoven, todos ellos formaban parte de las veladas en familia. Cuando desde los trece o catorce años empecé a inclinarme por Pink Floyd, Emerson-Lake & Palmer, Jethro Tull y Genesis, el ceño fruncido de mi padre no hizo sino encender un poco más ese espíritu rebelde de adolescente. Me sentí muy alegre cuando pude ensayar, muy jovencito aún, con la estudiantina del Instituto, pero sentía aversión por las tonadillas anodinas semifolklóricas y no duré mucho en ese intento. Fue entonces cuando comencé a escribir poesía, a actuar en teatro escolar (aún adaptando textos) y a aprenderme de memoria las partituras de percusión de mis bandas favoritas. Mi ídolo era Nick Mason, y sigue siéndolo. Admiraba cada golpe de baqueta, cada gesto, cada ritmo que naciera de las manos de ese bigotudo (al menos en los setentas) pero apacible baterista.

Ya estaba casi cuarentón cuando realicé uno de los sueños de mi vida: tener mi propia batería. A vista y paciencia de mi esposa y mis hijos empecé a desentumecer las muñecas y a practicar redobles. Me sentía impotente, torpe, un poco estúpido. Pero persistí. Algo así como mi trabajo literario, que ha ido sobreviviendo a la par de mi trabajo como cardiólogo y que, modestamente, me ha dado muchas satisfacciones, así como algunos sinsabores. Arruiné en el proceso un juego completo de parches y astillé varias baquetas. Persistí. Poco a poco los ligamentos se flexibilizaron, el ritmo empezó a cuadrar, los efectos empezaron a sonar convincentes. Creo que lo mismo ha pasado en mi literatura. Me reconozco como un hombre que, en cuanto al arte, está en crecimiento, en algún estadío a medio camino entre embrión y feto. Pero, como en todo proceso, espero que lo mejor esté por venir. Mientras tanto, seguiré practicando con Atomic Rooster, King Crimson, Rick Wakeman, Genesis y toda esa caterva de locos visionarios que iluminan mi vida con su música.

6 de abril 2010.

lunes, 29 de marzo de 2010

SOBRE UNA CANCIÓN QUE HA CAMBIADO MI VIDA.

"Hoffnung". Una palabra que no significa nada para un hispanoparlante. Reggae en alemán... haría juego perfecto con un torero noruego. Jan Delay es un artista poco conocido fuera del centro de Europa, pero que está levantando oleadas de críticas positivas. Las madrugadas insomnes en el Hotel Hilton de Praga se sobrellevaban mejor con música de fondo y, para mi alegría, la selección de música de MTV Deutschland era excelente.
Luego suena el reggae, "Hoffnung". Y con las notas nace también la magia. No soy seguidor de Marley y las cadencias chiclosas de ese ritmo nunca han sido de mi preferencia. Pero la voz nasal de Delay empieza a sonar y vale la pena abrir los ojos, incorporarse de la cama y ver el video clip, aún con los ojos encandilados por la luz de la pantalla. Asombrado, veo un pasaje invernal post-armagedónico y a un barbudo sobreviviente vagando con su perro... Quedé preso desde ese instante no solo del cremoso blanco y negro de esa obra de arte fílmica, sino de la maravillosa ejecución y ternura de la canción. El mensaje es simple... el mundo puede ser hostil, frío y solitario, pero la música rescata al hombre y a su alma. "La música es bella" canta Delay, y nos recuerda que siempre hay esperanza, que el esplendor de la creación humana universal, la música, nos nutre, nos da color (literalmente, el blanco y negro del video pasa a full color) y genera paz y alegría aún en la peor de las adversidades. La canción termina con una memorable sección de instrumentos de viento y coros, con un tono casi épico...

Si alguien quiere ver esta obra maestra y oír la canción, búsquen en YouTube "Hoffnung", por Jan Delay.


Otra postalita de Praga, para los amigos...



viernes, 26 de marzo de 2010

En la entrada anterior hice referencia a los múltiples contrastes que encontré en la antigua ciudad de Praga... De hecho hago referencia al párrafo de ángeles y gárgolas, etc., etc...

Quiero mostarr a mis amigos un ejemplo gráfico, una fotografía que tomé casi al paso.



Como buen internista y clínico soy dado a la reflexión y a los ejercicios (a veces gratuitos) mentales con respecto a las cosas que ocurren a mi alrededor. No me había sentido tan impresionado por una ciudad en mucho tiempo, el impacto de Praga sobre mis sentidos e imaginación ha sido intenso y, en vez de disiparse con el paso de los días, se agiganta y dificulta que me inserte, otra vez, al menos con comodidad, en mi entorno cotidiano. No es que El Salvador me resulte poco atractivo: mi concepto de patriotismo se define como la imposibilidad de ser feliz en otra parte que no sea este pedazo de tierra a medio camino entre Norte y Sur. Pero Praga intoxica y deja un resabio de sabor que genera adicción. La fotografía humildemente pretende reflejar el crecimiento del monstruo tecnológico alrededor y, por desgracia, quizá a expensas de lo tradicional. Estos son los contrastes a los que me refería, aunque de manera un tanto inespecífica, en la entrada anterior.

El contraste nos define. Los diálogos internos, los que nadie sino nosotros mismos podemos escuchar, reflejan la parte de nosotros que deseamos cultivar en secreto, en la habitación trasera de nuestra vida. Pero la faceta que denominamos "persona" y que está a la vista de todos en ese escaparate que es la vida pública y que nos convierte en ciudadanos, esa entidad presentable ante el mundo, tiende a ser como la imagen que se refleja en el cristal de la fotografía: el edificio histórico, el arquetipo clásico, lo que aprendimos en la más tierna infancia, el conjunto de traumas, la colección de fantasmas y entelequias termina apareciendo, quiérase o no, reflejado en el edificio moderno y multifuncional (la persona) que exhibimos ante el mundo. El yo antiguo (a veces imposible de restaurar) y el yo moderno en construcción son parte integral de un mismo organismo. ¿Cómo conciliar a ambas partes? ¿Es necesario conciliarlas para no caer en la esquizofrenia?

Lo que sé es que esos contrastes dan sabor a una existencia que se sabe finita. Dios bendiga los contrastes.



domingo, 21 de marzo de 2010

Desde Praga, República Checa


Nunca en tan poco tiempo habían pasado por mi mente tantas unidades temáticas sobre las cuales escribir, todas ellas ficción mentirosa, más inspiradas en la realidad de lo que estoy dispuesto a aceptar. Hablo de ángeles, gárgolas, absenta, vino, callejuelas, avenidas, vitrales, escaparates, hostil cortesía y obsequioso desdén, risas a medias, silencios asolapados, la vida en una avalancha de detalles tan intolerables como fascinantes...




Quizás el morbo de explorar una realidad paralela y tan ajena como deseada explica ese interés patológico en los detalles. Pero a la vez la información resbala desde mi corteza cerebral, negándose a ocupar espacio, conspirando para un olvido involuntario que, de algún modo deploro pero que no es indigno, a su vez, de celebrar.
¿Será el efecto de la absenta y nada más? Espero que les guste la foto, voy de todas maneras a subirla a Flickr.

viernes, 12 de marzo de 2010

OPINIONES SOBRE "LA ÚLTIMA VUELTA DE TUERCA"


Es una gran satisfacción transcribir comentarios de mis lectores. Se aprende mucho de cada comentario... Cada idea es como una semilla, algo que al germinar podría dar frutos insospechados.

Rosa María Córdova (24 diciembre, 2009):
"...He terminado de leer tu obra... Me han gustado algunos temas:

1. El amor...
2. La pérdida de una hija, es la locura, es como un anochecer eterno... los recuerdos pueden ser heridas también eternas.
3. Me encanta la descripción de lugares y de cada uno de los personajes.
4. La referencia a Barnabás Collins.
5. Lo único que te objeto: trata de alejarte de la medicina, que es nuestro mundo, pero sería un buen ejercicio para ti explorar algo fuera de ese contexto.
6. "Padre"... sinónimo de héroe y lucha...
7. La pasión desbordante de lo prohibido, la estupidez del que se engaña al decirse a sí mismo "puedo manejarlo".
8. Se puede oler el miedo que tenemos a nosotros mismos.
9. [Recibiste] buena asesoría legal.
10. Cuando te enamoras todo parece fluir sutilmente. Ese es el engaño.
11. [Ironizas] sobre la vanidad de nuestras sociedades".



Como muestra de cariño, publico una foto de mi pequeña colección titulada "Plastic Wars", disponible en Flickr.

martes, 15 de diciembre de 2009



El día 12 de diciembre de este año (2009) AB Corporación patrocinó otra presentación de "La Última Vuelta de Tuerca". La iniciativa surgió de una admiradora del libro, mi amiga Rosa María de Zamora, quien invitó a amistades y compañeros de trabajo para otro desayuno-conversatorio (La Panetiere, Santa Elena), algo que parece funcionar muy bien para la promoción de mi novela.






Sin embargo, contrario a lo esperado (¡Gracias a Dios!) la plática derivó a terrenos íntimos, a jardines secretos. Hubo testimonios de amor, confidencias, casi se derramaron lágrimas. Pero lo insólito no radica en que se exhibieron las emociones. Lo que llamó más mi atención es que una buena parte de los asistentes no se conocía entre sí, no se habían visto en su vida y ni siquiera sabían de la existencia de sus compañeros de mesa. Pero la emoción desbordaba y el cariño nos contagió a todos. Vamos, si la literatura es un buen pretexto para que estas cosas ocurran... ¡Bendita seas, literatura!


sábado, 5 de diciembre de 2009


TESTIMONIO DE GRATITUD.

En los últimos meses, y después de varios eventos relacionados con la presentación de "La Última Vuelta de Tuerca" en el Centro Español, creo que llegó la hora de actualizar este blog y hacer patente mi gratitud a todos aquellos que han visto a mi persona como un auténtico literato en crecimiento y que, en tal sentido, han apoyado todas mis iniciativas:

1. Laboratorios López, que patrocinó, gracias a una gestión de Carlitos Rivera Richardson, un exitoso desayuno-conversatorio en Restaurante Basilea;

2. Una segunda presentación patrocinada por Laboratorios BIAL, realizada en Librería La Casita;

3. Presentación para el Club Rotario de Santa Tecla, donde además impartí una conferencia sobre Novelística Salvadoreña (muchas gracias a Mauricio Andino por gestionar tan bonito evento).

El sillón vacío bajo la lámpara es una invitación para una pausa en el camino. Para pensar. Para volver a sintonizar el alma con todo lo que ocurre alrededor, para afinar el tono, encontrar la rima perfecta.

martes, 14 de julio de 2009

"La Última Vuelta de Tuerca" En el Centro Español.




Fue un evento muy emocionante. La organización impecable, la solícita atención de mi esposa Silvia Yanira, la asistencia de amigos (Gerardo Rivera, Víctor Segura, Franklin Mónico, Rina Perla, entre otros), las finas cortesías de los socios del Centro Español (en especial de los señores Balseiro, Bonet y Serra), las cálidas palabras de Roberto Laínez... ¿Qué más se puede pedir? Pues la presencia de los medios, en especial de los reporteros de la sección Cultura de la Prensa Gráfica. ¡Estoy muy agradecido por la excelente cobertura periodística! Transcribo el artículo completo:

Un escritor de corazón

La novela “La última vuelta de tuerca” es el más reciente trabajo del escritor y médico cardiólogo Hugo Villarroel Ábrego. Una historia sobre las complejidades del amor, los conflictos del corazón, pero también sobre la cotidianidad de los seres humanos.

Escrito por Patricia Cruz
Lunes, 22 junio 2009

Como cardiólogo que literalmente ha tenido el corazónen sus manos. Lo conoce, lo ha visto. “Era inevitable que pensara en el corazón y en males de amor”, admite Hugo Villarroel Ábrego. Quien tuvo que combinar su profesión médica con el oficio de escritor, por lo que escribir esta novela le tomó unos cuatro años en los que como él mismo dice “el libro estuvo migrando entre mi escritorio y la gaveta”.

Con la misma disciplina que aplica como médico, trabajó junto al poeta Roberto Laínez en la edición y cuidado de la novela. “Hemos trabajado en un proceso con Roberto, el cual a veces parecía jardinería y a veces construcción de albañilería”, explicó Villarroel. Así es como los personajes de la historia fueron tomando forma y fuerza.

“En este libro se habla de un taxista, characuaco, que se reencuentra con su hija después de mucho tiempo y trata de reconstruir aunque sea de una manera relativamente secreta y de poco perfil ese vínculo de amor, habla de amores que se han alejado mucho y se han reencontrado en el tiempo aunque esto generalmente lleva a crisis, los reencuentros llevan a crisis y la crisis lleva a sufrimiento psicológico. Quisimos darle personajes lo más parecido posible a los que vemos todos los días de carne y hueso”, explicó el autor.

Por su parte, Laínez aplaudió la disciplina mostrada por el autor a la hora de la edición, además de reconocer que la obra cuenta con los momentos de remanso y de intensidad requeridos en una novela. Es ese ritmo lo más difícil de alcanzar al escribir en este género: “Lo importante es que la novela cobre un ritmo y lo sostenga, que sea una novela que te module, es decir, que te de momentos de reposo pero también momentos intensos”, afirmó.

Agregó que la mayor valía de la obra radica en los personajes mismos, esto sin desestimar la historia misma: “creo que la gran fuerza de la novela radica en la construcción de los personajes, son personajes sólidos, que los sentís viviendo” detalló. La historia se desarrolla en una ciudad-estado, inexistente, pero pese a ello evoca paisajes de San Salvador, y así como puede serlo, puede que no", agregó Laínez.

Esta es la segunda publicación de Villarroel, su primer libro “En el nombre de David” lo publicó en 2004, una autopublicación que circuló más en su círculo de amistades. Su nueva novel, también autopublicada, tiene como objetivo llegar a más público, por ello también optó por solicitar asesoría editorial.

Pero ¿qué hace un médico escribiendo? “Exorcizando demonios propios”, responde presuroso Villarroel. Y agrega: “Uno es el catalizador de muchos procesos de vida de otros, somos el pararrayos de las emociones y el dolor de muchas personas. La carga de dolor, de frustración, de pena y de victorias y derrotas de la vida de mis pacientes me impregna y necesito expresarme”.

Ser escritor de tiempo completo “sería un sueño”, afirma Villarroel, pero sus pacientes lo demandan por lo que de momento ve difícil esa posibilidad. “No me imagino dejando una cosa del todo. Por momentos sueño con dedicarme a la literatura, es como un matrimonio de conveniencia”, el que tiene entre la medicina y la literatura, concluyó Villarroel.

PERFIL

Nombre:

Hugo Villarroel Ábrego, San Salvador 1964.

Trayectoria:

Médico cardiólogo de profesión. En 1994 ganó el Premio Nacional de Cardiología. En la literatura se inició en 2002, publicó su primera novela en 2004 llamada “En el nombre de David”. Su más reciente novela “La última vuelta de tuerca” se encuentra actualmente a la venta exclusivamente en Librería La Casita, su precio es de $14.5.




Sigo recibiendo ofertas para la promoción de la novela:

Una reunión en casa de mis amigos Licry y Leopoldo Bicard;
Presentación en el Palacio de la Cultura de Santa Tecla (idea de Roberto Laínez);
Presentación en la Feria Centroamericana del Libro, en San Salvador (A petición de la Editorial Roxsil);
Presentación para los estudiantes de la Universidad Evangélica de El Salvador (idea del
Rector, Dr. Víctor Segura Lemus).

martes, 21 de abril de 2009





"La última vuelta de tuerca": un poco de historia.

Para empezar, quiero agradecer a las personas que me han hecho llegar sus comentarios sobre mi segunda novela. Cada una de ellas tiene una visión particular, muy propia e irrepetible, pero he notado que hay una convergencia notable de ideas hacia ciertos elementos temáticos y estilísticos del libro:

1. Su estructura, que parece evocar un guión cinematográfico;
2. La facilidad con que la historia se deja leer, generando cierta avidez por leerla de un tirón;
3. La capacidad del texto para despertar emociones muy intensas y variadas.
Esto me lleva a hacer alguna gimnasia mental y, despupes de un par de semanas de cavilación, he llegado a algunas conclusiones:

1. Sí, no se puede negar que antes de escribir el libro lo veía en secuencias de imágenes, como si se tratase de las escenas de una película.
2. En contraposición a "En el nombre de David", mi primera novela, el desarrollo lineal del tiempo ha facilitado la lectura, aunque me preocupa que esto lleve, en el futuro, a un estilo de escribir más parecido al de los bestsellers que al de los literatos que siempre he admirado. No puedo, sin embargo, quejarme. El barroquismo de primer libro fue más un ejercicio de autocomplacencia que un intento de comunicación con los lectores.
3. Mi mayor satisfacción, lo confieso, se basa en la capacidad de la novela en despertar emociones. Creo que esto ha sido posible por dos razones. En primer lugar, la prosa poética puede seducir al niño interior del lector, en especial si se adorna con elementos épicos, no importando lo modesto del escenario o lo simple o complejo de la acción. Segundo, los personajes son muy emotivos per se, soportan una pesada carga afectiva que los desborda, al parecer, y tomando en cuenta las opiniones recibidas, contagiando al lector.

Esperaré otras opiniones y puntos de vista antes de seguir arribando a conclusiones. En mí hay, además del escritor en crecimiento, un hombre de ciencia que necesita de evidencia, que trata de colectar y sistematizar toda la información posible antes de validar la hipótesis que considero fundamental: Creo que vale la pena seguir escribiendo.

En subsecuentes entradas del blog comenzaré a narrar el proceso creativo que llevó a la publicación de esta novela.


Hugo Villarroel Ábrego.


  

 

sábado, 11 de abril de 2009

Crítica de "La última vuelta de tuerca".

Transcribo a ustedes comentarios de un lector (para mí desconocido) que leyó una versión preliminar de "La última vuelta de tuerca", por encargo de una conocida editorial en español, con la que, por desgracia, no logré alcanzar un acuerdo.

"La historia está bien planteada, la intriga se va desvelando poco a poco y logra atraer la atención del lector... Se accede al contexto, sobre todo, a partir del Characuaco y sus múltiples recorridos en el taxi. La trama está bien manejada, es consecuente y resulta atractiva... Tiene posibilidades comerciales..."

Al reconsiderar ciertas críticas -válidas- sobre la estructura narrativa y carga prosística, decidí reescribir la obra con un solo narrador semi-omnisciente.
En subsecuentes actualizaciones iré acotando datos del proceso creativo que culminó con la publicación de la novela.


Hugo Villarroel A.

Agrego al blog la fotografía original de Edu Villarroel que sirvió de inspiración para la portada del libro. Gracias, hijo mío.



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viernes, 3 de abril de 2009

UNA CONVERSACIÓN CON DOUGLAS OLMEDO

Presento a mis amigos la entrevista que me hizo Douglas Olmedo de CLIC Magazine el día 2 de abril del 2009, respecto a mi novela "La última vuelta de tuerca".

Una excusa para hablar de amor.

Por Douglas Olmedo (Fundación CLIC).
El escritor salvadoreño Hugo Villarroel Abrego presentará su más reciente publicación, titulada La última vuelta de tuerca. Titulado como médico internista, cardiólogo y ecocardiografista, el también escritor de 44 años abre una nueva página en su vida y nos presenta su visión sobre la importancia del amor en la felicidad de hombres y mujeres. La presentación de la obra se realizará el próximo martes 7 de abril a partir de las cinco de la tarde en el Restaurante Sal y Pimienta, ubicado en el Bulevar del Hipódromo Nº 572, colonia San Benito.
La última vuelta de tuerca es una novela salvadoreña de 372 páginas, impresa en El Salvador por Avanti Gráfica. S.A. de C.V., y cuenta con un tiraje de 1000 ejemplares. Esta publicación puede ser adquirida en la librería La Casita a un precio de $14.50 de dólar. Previo a la presentación del próximo martes, el Dr. Hugo Villarroel Abrego nos habla sobre su reciente propuesta literaria, donde algunos de sus amores no concretan su recorrido por la vida de manera satisfactoria, de ahí el nombre de su obra.
¿Cuál es el mensaje principal de su propuesta literaria?
Yo consideraría que es un pretexto para hablar de amor, porque todos los personajes en la obra se mueven dentro de una historia que tiene un marco temporal pequeño y un marco espacial grande, donde los personajes se presentan como menesterosos del amor. Se trata de personas que han amado y han vivido romances intensos sin la necesidad de que estos fuese fructíferos. Hablamos de amores de todo tipo que dentro de la visión actual de la sociedad, ortodoxa e hipócrita, son mal vistos por otros; hablamos de un amor entre personas del mismo sexo, pero también de la vivencia del hombre ante el amor a Dios y la concepción religiosa en su vida. En este sentido, el libro resume la visión de un narrador [en apariencia] omnisciente descriptivo e interpretativo pero que no es capaz de penetrar totalmente. Desde esa óptica, lo que estamos evaluando es cómo las personas en este entorno social están sufriendo, sobreviviendo y gozando alrededor del amor en todas sus formas. Este no es un amor necesariamente sano, porque nos acostumbramos a llevar las emociones al extremo, experimentamos con los sentimientos ajenos y tratamos de obtener el máximo beneficio o provecho posible de cada circunstancia… Es como si le diéramos una y otra y otra vuelta a la tuerca, hasta que llega el momento en que la tuerca no puede girar mas; y entonces, en un intento a veces insensato por lograr llevar las cosas al extremo, puede romperse el mecanismo o [dañarnos en] el intento. Es una situación hipotética donde se cuestiona qué pasa cuando llevamos todo al extremo, y donde se pone de manifiesto que persiste la tendencia humana de dar la ultima vuelta a la tuerca o de llevar las cosas un poquito más arriba; de ir superando nuestras hazañas, aunque estas sean estupideces, pero nos encanta una y otras vez ir forzando los mecanismos de las cosas.
¿Cuándo y dónde surge la idea de escribir esta obra?
Este libro comenzó a escribirse en septiembre del año 2003, en ocasión de un viaje que realicé a Europa. Este me sirvió para tener la perspectiva de cómo uno de los personajes más importantes veía a su propio país desde el extranjero. Aunque existieron otras versiones previas de la obra que nunca vieron la luz de la imprenta, y que sólo fueron revisadas por algunos amigos cercanos, [la novela] comenzó a tener forma definitiva como novela a finales del 2007.
¿Por qué la temática del amor?
Porque el amor lo llena todo. Cada día el amor juega un papel extraordinario en la supervivencia humana; creo que como criaturas biológicas seguimos vivos [gracias a él] o por lo menos es el amor lo que le da cierto sentido a lo que estamos haciendo. Durante años, en mi trabajo como médico, me he dado cuenta que muchas de las más graves dolencias que me ha tocado manejar no son necesariamente dolencias de tipo físico; sino que han sido enfermedades espirituales... La falta de amor, o cuando no existe un ambiente o escenario apropiado para que el amor florezca en forma más sublime. Digamos que ante estas situaciones uno va empezando a desarrollar cierta sensibilidad sobre ese punto. [Por ejemplo, qué pasa con] el amor hacia los mayores... Qué pasa con la vivencia de los padres en la medida que ven crecer a sus hijos, qué ocurre con todos esos hogares que están separados... Todas esas formas de amor y desamor son tratadas en la obra. Aquí hay amores que se encuentran con treinta años de atraso, algunos se van forjando en el camino, y otros por diversas circunstancias no se pudieron concretar en su momento. En otras palabras, por lo menos en mi vida, el amor es la cosa más importante y eso se traduce en lo que escribo. Además, este es un libro psicológico que tiene ciertas connotaciones de novela negra, pero no tiene una visión orientada a matar (desperdiciar) el tiempo [del lector], al contrario es un libro para leerlo [a] pausas. No es una lectura difícil, pero no niego que mi estilo tiende a ser un poco [...] poético. Sin embargo, he aprendido a domesticar esa parte de la pluma para volverlo accesible a un amplio sector de personas, sin perder el estilo propio.
Su trayectoria habla de más de quince años de ejercer como médico y como escritor.
Yo desempeño desde hace años muchas funciones dentro del qué hacer médico, la docencia y la disertación de conferencias a nivel nacional e internacional. Escribir para mi no es un desahogo, sino el resultado de influencias muy tempranas en mi vida, determinadas por una relación muy intensa, cercana y cómplice con mi madre. Los dos pasábamos mucho tiempo juntos con la lectura, de hecho los mejores tiempos de nuestra vida fueron precisamente leyendo; ella me enseñó a leer, me dio los primeros pasos y me cultivó esta afición, por eso es que escribir viene siendo como una necesidad orgánica al igual que respirar y comer. Actualmente, continúo escribiendo, me mantengo trabajado casi todos los días en diferentes proyectos. Escribo no por necesidad económica ni porque creo que la literatura vaya a suplantar mi profesión. Escribo porque si no lo hago probablemente tendría problemas de estabilidad emocional y esto es como mi válvula de escape para expresarme como ser humano. La ciencia me da un marco referencial muy frío y no tengo forma de manejar el aspecto emocional, en cambio la literatura es el vehículo de expresión para las personas. Por eso no es raro que muchos médicos, precisamente por la evidencia de ver a otros seres humanos sufriendo, se inclinen a buscar en la música y la literatura, un mecanismo de escape. De ahí que mi primer esfuerzo literario real comenzó con los estragos ocasionados durante los terremotos de enero y febrero de 2001 en El Salvador.
La última vuelta de tuerca fue presentada de manera exclusiva el pasado 25 de marzo en la ciudad capital. Posterior a la actividad del próximo martes 7 de abril, el Dr. Hugo Villarroel Abrego continuará trabajando en la producción de seis proyectos literarios, cuatro de ellos destinados al público infantil. El autor también ha escrito el libro En el nombre de David en el año 2004.

lunes, 2 de marzo de 2009

LA ÚLTIMA VUELTA DE TUERCA

ESTIMADOS LECTORES:

POR FIN TENGO EN MIS MANOS LOS EJEMPLARES RECIÉN IMPRESOS DE MI SEGUNDA NOVELA, "LA ÚLTIMA VUELTA DE TUERCA".


LA PORTADA ES UNA COLABORACIÓN DE MI HIJO EDUARDO ALONSO VILLARROEL MARTÍNEZ. PRONTO COMENZARÉ A DISTRIBUIR LA NOVELA (372 PÁGINAS) EN LAS PRINCIPALES LIBRERÍAS DEL PAÍS.

QUISE ESCRIBIR UNA NOVELA DE AMOR, PERO PRONTO ME DI CUENTA QUE EL AMOR MUCHAS VECES CONLLEVA PENA, FRUSTRACIÓN Y DOLOR, NO SIEMPRE ES UNA EXPERIENCIA DULCE. HABLO DE AMOR EN CUALQUIERA DE SUS FORMAS DE EXPRESIÓN: FILIAL, DE PAREJA, ENTRE AUTÉNTICOS AMIGOS, MÍSTICO... MIS PERSONAJES AMAN CON INTENSIDAD, LUCHAN POR QUE EL SENTIMIENTO TRASCIENDA MÁS ALLÁ DE LO COTIDIANO: ESTÁN DISPUESTOS AÚN A ROMPER CON TODO, PRESENTE, PASADO O FUTURO, CON TAL DE AMAR. NO SÉ CUÁNTO SE REFLEJA EL AUTOR EN LAS PÁGINAS, PERO SÍ ME CONSTA QUE CADA UNA DE ELLAS FUE ESCRITA ESCRITA CON GANAS Y PRECIOSISMO, SIN REPAROS EN EL TIEMPO O ESFUERZO QUE ESTO IMPLICARA. ESA PACIENCIA SE LA DEBO A SILVIA YANIRA, MI ESPOSA, MI MÁS DURA CRÍTICA PERO A LA VEZ MI PROMOTORA MÁS ARDIENTE. A ELLA DEDICO LA NOVELA, CON ESTOS VERSOS, ESCRITOS EN UN ARREBATO DE AMOR, CUANDO LA VÍ ATACADA POR FUERZAS EXTRAÑAS QUE MUY A SU PESAR JAMÁS HAN PODIDO ALEJARLA DE MI CORAZÓN:


¿Puedo bogar contigo

Contra esta marea de improperios?

Dame tu mano ardiente

Para subir a cubierta

Dame el timón, dame tu brújula

Te llevaré a buen puerto

En donde no sea delito

El pedir permiso

Para comerse el cielo…

Para Yani

Por siempre

Para siempre


GRACIAS POR SU INTERÉS EN ESTE TRABAJO. LES REGALO A USTEDES UN FRAGMENTO DEL PRIMER CAPÍTULO.

HASTA LA VISTA.


1

Confesiones del prisionero nostálgico.

Ciudad Península.

Agosto 8, 2003. Viernes.

7:16 P.M.

Lo llaman el Characuaco. Nunca usa su nombre verdadero porque siente que no le pertenece, que es como una camisa prestada que no le talla bien y que apesta a olores ajenos. Recién cumplidos los sesenta y seis años, tiene gustos sencillos la y cabeza dura, como cree que todo hombre decente debe ser. Se ha dicho en su contra que no es hombre de muchos principios, pero debe aceptarse que a los pocos que conserva les guarda una fidelidad a toda prueba. Seco de carnes, cabezón, casi calvo y narigudo, parece un pájaro raro a medio disecar, pero no le resulta difícil, a pesar de su estrafalaria estampa, el pasar desapercibido cuando se lo propone.

Hoy es uno de esos días para mostrar bajo perfil. Frena el taxi frente al hotel y, al despedirse de su cliente —y jefe— Eugenio Sanmartín, intercambia con él una sonrisa cómplice cuando le promete regresar antes de las once, a tiempo para la cena. Eugenio —bajo, rechoncho, colorado y siempre sonriendo— lo despacha guiñando el ojo y alzando los pulgares.

Después de aparcar a un par de cuadras del hotel sale del auto, para estirar las piernas. Hace calor, pero desde el norte sopla una brisa tímida, fresca y olorosa a crustáceos machacados. Abotona la guayabera sin adornos hasta el cuello, mete las manos en las bolsas del pantalón —negro, bombacho y con bastillas— y comienza a caminar.

Minutos después ya ha dejado atrás las calles principales del Centro Histórico de Ciudad Península, hediondas a sudor, frituras y alcohol, atestadas de parranderos. Desciende sin prisa por la suave pendiente de la avenida que conduce, en dirección norte, al Muelle Viejo. Se aleja del neón multicolor, del tam-tam de los altoparlantes y las ofertas burlescas de un par de prostitutas cincuentonas que, resignadas a no pescar clientes, han tomado asiento en una banqueta. Sonríe con ellas y las saluda con la mano, sin dejar de caminar.

Su brújula es una línea de luces amarillas que, un par de kilómetros cuesta abajo, demarca los alrededores del Muelle, en el Barrio Obrero.

***

Se detiene justo donde la avenida se bifurca. Allí el asfalto cede el terreno al adoquín de las callejuelas, que parten desde ese punto a izquierda y derecha, paralelas a la costa, retorcidas y mugrosas. Huele a sal y cloaca, por partes iguales. El Characuaco piensa en intestinos repletos de porquería. Vira a la izquierda, no sin antes vacilar por un momento. Las farolas —que habían guiado su camino desde lejos— iluminan, desde el lado de la playa, las fachadas multicolores de los bares y prostíbulos frente al mar, que chapotea, manso y oscuro, a unos veinte pasos. El agua de lluvia, incapaz de drenar en los albañales atascados de basura, le empapa los zapatos, pero no modera el paso hasta no salir de la zona de tolerancia, que se extiende por unos quinientos metros de playa. El adoquín fracturado empieza a ralear y el antiguo empedrado colonial es visible en tramos de camino cada vez más amplios, hasta que, después de unos cinco minutos de caminata, todo lo que puede sentir bajo sus zapatos son pedruscos húmedos. Cuando el callejón empedrado degenera en vereda —polvorienta en verano, lodazal en invierno—, se para en seco. El último farol parpadea, lejano y amarillento, a sus espaldas. Allá quedó la ciudad: esplendor, calidez, estrépito, multitud: odiosa pero seductora, como una amante caníbal. Frente a él, la playa rocosa de arenas negras, silencio, paz y soledad. Se acerca a la línea de la marea y se sienta en la arena, como lo hacía con su Toñita, dos generaciones atrás, en ese mismo sitio, casi siempre a la misma hora. La nostalgia se lo está comiendo vivo.

“Sabía que era mejor quedarme en el hotel”.

Quiso dar un paseo de cinco minutos y había caminado durante cuarenta y cinco. La presentación de la nueva novela de Eugenio Sanmartín, en cambio, no habría podido engancharlo por tanto tiempo. El Characuaco se habría muerto de sueño en el Salón Imperial del hotel, porque de entre todos los allí presentes no hubiese tenido con quien platicar un rato. Pensó en ello y se imaginó a sí mismo soltando un bostezo enorme, de esos que contagian a medio mundo, con lágrimas en los ojos y sacudidas de cabeza.

El Characuaco está cansado. La espuma le salpica los zapatos mientras se cuestiona si se trata de fatiga del cuerpo o desgaste del alma. Concluye que hay algo de las dos cosas. Maneja el taxi y además trabaja a tiempo parcial para Eugenio Sanmartín, pero no se parece en nada al típico taxista peninsular. Hijo renegado de las aulas de la Universidad Peninsular, licenciado cum laude, enseñó Letras y Filología por tres décadas hasta que, en los días de la ocupación del campus, un piquete de soldados del gobierno recibió la orden de echarlo a patadas del Alma Mater, por revoltoso y socialista. No era ni una cosa ni la otra, pero el gesto de quemar su diploma frente a la Rectoría —protestando por los cateos— lo nimbó de un inmerecido prestigio ante estudiantes y docentes. Avinagrado para el resto de su vida, militó en grupos políticos clandestinos de poca monta durante los años ochenta, hasta que el Pacto Solidario para la Paz de mil novecientos noventa volvió obsoleta su postura antisistema. Se consoló entonces escribiendo crítica literaria para una revista cultural de medio pelo y redactando ensayos, todos ellos inéditos. Ya viejo, terminó adicto a los debates de cafetín. Pero no es un bohemio cualquiera. No socializa tanto como otros de su misma condición, siempre a la caza de amigos a quienes adular, que sirvan de mecenas para pagarles tabaco, tragos y algún revolcón de cuando en vez. Por el contrario, casi nadie quiere a personas que, como el Characuaco, se aficionan a cultivar el arte de hacerse odiosas. La gente huye de su cáustica sinceridad como si de la peste negra se tratase. Él no necesita que lo quieran.

Veterano de causas perdidas, se ha consagrado a ejecutar un plan que trama en privado desde hace algunas semanas. Sabe que para ello debe regresar al Gran Hotel Peninsular, al evento de Eugenio. Son viejos amigos, hay algún afecto entre ellos, pero no demasiado: se conocen tanto que para el Characuaco eso sería imposible. Si quiere conocer al doctor Daniel Moynihan Estévez debe volver, y cuanto antes mejor, porque llegará la hora de la cena y podría perderse la ocasión de tenerlo de frente, el primer gran objetivo de su plan. Duda porque está muy bien aquí y no se siente con fuerzas para regresar. El mar se bate en retirada, dejando miríadas de conchas y caracolillos abandonados sobre la arena. Si se va cree que también dejará aquí algo de sí mismo, algo que quizás no pueda recuperar. Pero está acostumbrado a la pérdida, y ese es un hábito difícil de dejar.

lunes, 21 de julio de 2008

GOVEIA

PONGO A DISPOSICIÓN DE MIS AMIGOS MI CUENTO "GOVEIA VIAJA A TIMBUCTÚ".




GOVEIA VIAJA A TIMBUCTÚ.

(Para Memito)

Goveia se levanta muy temprano, el primero de todos, para ver salir el sol. Hace frío y no se ven ni las manos en la oscuridad de la madrugada, pero envuelve su cuerpecito en una sábana y sale de la choza en puntas de pies –no vaya a despertarse mamá- para luego correr descalzo en dirección a la ciénaga al otro lado de la colina, el hogar de los patos silvestres, sus amigos favoritos, que ya le esperan, ansiosos para bañarse con las luces naranja y oro que pronto se filtrarán por entre los altos bejucos. Goveia es pequeñito, vivo, ágil y travieso, un gran compañero de juegos: por eso, al verle asomar en la cumbre de la colina, los patos comienzan a graznar en coro, alborozados, dando la bienvenida al niño.
—¿Por qué tardaste tanto, Goveia?
Goveia habla con los patos. Madya, su mamá, no le cree cuando él narra las hazañas de sus amigos, que cada año cruzan el continente para darse cita aquí, en esta comarca siempre cálida, donde se puede cazar los insectos más grandes y jugosos y chapotear en el fango todo el día, lejos de las inhóspitas nieves del norte.
Goveia abraza a su amigo Biliko, el Rey de los Patos, el de más lustroso y aceitado plumaje, el cabeza indiscutible de la bandada. Biliko apoya su pico en el hombro desnudo de Goveia, mientras extiende sus alas imponentes para abarcar su cuerpecito, en un abrazo de plumas que abriga más que cualquier edredón.
Goveia, con una sonrisa ancha y de dientes menuditos contesta:
—Me escapé otra vez, Biliko, amigo…
—¿Tienes hambre, Goveia?
Los ojitos del niño se encienden, con júbilo, como dos antorchas en la negrura de la madrugada, mientras lleva las manecitas a su estómago.
—¡Sí! ¡Quiero comer!
Los patos agitan las alas, graznando de gusto. Pronto, el banquete está servido a las orillas de la laguneta, sobre una hoja enorme de palma: gordos gusanos de mil y un patas, suculentos grillos, mariquitas de todos los colores, encarnadas, amarillas y esmeralda, larvas pálidas y ciegas de un palmo de tamaño, jugosos y palpitantes renacuajos y, para alivio de Goveia, algunas guindas maduras, apenas picadas por los colibríes, tan sabios para descubrir los frutos más dulces. Goveia come de las guindas mientras los patos pasean a su alrededor, solícitos, dispuestos a atender cualquier capricho de su joven invitado.
—¡Ya sale el sol!
Un aleteo ensordecedor se escucha hasta en los confines del valle, que se despereza poco a poco. Ya comienzan a elevarse las primeras columnas de humo en la aldea, se puede aspirar el aroma de la leña que arde desde muy temprano en cada casa para espantar al frío y a los mosquitos. Pronto se entonarán las oraciones matutinas y los cantos de los fieles llegarán a oídos de los patos que guardarán, entonces, respetuoso silencio.
Goveia se ha adentrado en el agua fría, que le llega a la cintura, para no quedarse solo en la orilla. Cuando el sol deslumbra sus pupilas piensa en la doctora, piensa en María, pues conoce el nombre de la mujer sonriente que un par de semanas atrás llegó a la aldea en aquella máquina enorme y rugiente de metal en donde se esconden varias personas y que rueda por todos los senderos sin detenerse, sin cansarse nunca. Recuerda a su mamá abrazando a la doctora para después gritar a todos los puntos cardinales:
—¡Goveia! ¡Goveia! ¿Dónde estás, malandrín escurridizo? Ven, amor mío, esto no te va a doler…
Pero Goveia no era bobo y sabía ya, a sus cinco años recién cumplidos, que las agujas duelen hasta el alma cuando se hincan en la carne. Además les obligan los mayores a los niños tragar esas enormes y amargas cucharadas de jarabe… ¡Cuánta maldad! Se había escondido entonces dentro de una enorme tinaja de barro cocido, allí donde su madre hace hervir los granos para amasar las tortas que tanto celebran los vecinos de la aldea. Desde su escondrijo, Goveia atisbaba de cuando en vez el panorama, con miedo de ser descubierto, para no perderse ningún detalle de la extraña visitante. Ella era alta, no era delgada como todos sino más bien un tanto gruesa, extraño, muy extraño… Sonreía mucho y su cabello era diferente, negro, claro está, como todo el mundo, pero largo y lleno de rizos, como ninguna de las mujeres que conocía. Y aquella noche, Goveia, castigado por salir de casa –como siempre- de madrugada y sin permiso, se acostó en su catre al apenas salir las estrellas, incapaz de conciliar el sueño a pesar de las narraciones de su padre, el único hombre de la aldea que recuerda cómo hechizar serpientes tan solo con la fuerza de su canto. Distraído, chapoteando en las aguas mansas, ya no recuerda a su papá sino que piensa en ella, en la doctora María, en las ganas de abrazarle y enredar los dedos en sus rizos…
—¡Goveia!
Los patos alzan el vuelo, asustados, todos menos Biliko, el Pato Rey. Madya, la madre de Goveia, tan oscura de piel como su hijo, bella, alta y de esbeltez poco común está de pie, a espaldas del niño desobediente, quien se ha quedado paralizado, sabedor del castigo que le espera: no podrá recibir el regalo prometido, el tambor de cuero de antílope que su padre le está fabricando a pausas, durante los escasos ratos libres que le quedan.
—Hijo, te dije que estaba prohibido salir de la casa tan temprano para venir hasta aquí. ¿No ves que podrías ahogarte?
Goveia sonríe al abrazarse a las piernas de su madre. Ella no sabe que Biliko le ha enseñado ya a flotar en las aguas mansas, sacándolo del fondo un par de veces con su pico fuerte y enorme.
—Adiós, Biliko…
Madya no puede ya contener una sonora carcajada.
—¡Ja, ja, ja! Niño… No les hables a los patos… Nunca han contestado a nadie. Estás loquito mi niño precioso… Ven con mami, te daré un poco de la leche de cabra que tanto te gusta.
—¿Puedo regresar más tarde, mamita?
—¿Regresar? ¡Espera que tu padre se entere de tus travesuras! No podrás salir de la casa…
—Mamá… La mujer, la doctora María, dijiste que me ibas a llevar a verla a la gran ciudad junto al mar…
—María llega hoy al pueblo frente al mar pero no podré ir a visitarla. Llevaré las batatas al pueblo al otro lado de la ciénaga para cambiarlas por aceite y miel. Pero tú te quedarás, ayudándole a papá, mira que habrá mucho quehacer en el campo y debes aprender bien su oficio que será también tuyo cuando hayas crecido y estés fuerte, así como él. Pórtate bien y obedece mis mandatos, hijo mío.
Las lágrimas se hacen un nudo en la garganta de Goveia, quien juega con sus deditos para hacerse el valiente, para no llorar, no sabe si de cólera o de tristeza porque es todavía tan pequeño... A él no le gusta imaginarse labrando los campos y bañado en sudor, ni tampoco escondido en las cavernas, golpeando las rocas en busca de piedras brillantes para los grandes señores de piel pálida, los dueños de la tierra, el agua, el aire y de todo lo existente. No, él quiere subir a la máquina de metal, aferrarse de la rueda poderosa que la gobierna y, con María, la doctora buena sentada a su lado, partir lejos de allí hasta arribar a Timbuctú, la gloriosa ciudad del norte de la que tanto le hablaba su difunto abuelo, con sus elevadas torres de oro y cristal, donde vivían los reyes de negra piel que medían veinte palmos hasta la coronilla y guerreaban a lomos de pájaros enormes contra los demonios alados del desierto. Pero todo estaba perdido. No podría ver a la doctora María, ni pedirle permiso para subir a la máquina, ni decirle cuánto ansiaba abrazarla y pedirle a ella el tambor que su padre tanto ha prometido pero que nunca va a llegar, estaba seguro de ello porque sabía que le gustaba desobedecer: Ama demasiado a su amigo Biliko, le importa más ese cariño que la vieja promesa del tambor. De mala gana, azotando los piececitos contra el suelo y con la boquita fruncida, Goveia camina tres pasos atrás de su madre hasta entrar en la choza. Jako, su padre, ya está inclinado sobre el surco, atrás de la choza, al pie de la colina, y su pequeña hermanita duerme aún con sueño profundo, recién amamantada. Goveia toma su leche pero está tramando una fuga perfecta. Mamá en el mercado, papá en el campo, la niña dormida…
El sol ya calienta con fuerza cuando Goveia calza sus sandalias de cuero, uno de los tantos regalos que la doctora María, a pesar de no conocerle, le ha traído. Envolviéndose en una de sus túnicas favoritas, blanca como la luna y sin ornamentos, Goveia guarda en un morral un trozo de torta, un puñado de semillas y la calabaza para el agua fresca, recién sacada del pozo. Ha andado este camino muchas veces pero nunca solo, siempre lo ha hecho de la mano de su madre o de su padre, a la vera del riachuelo que desemboca en la laguna, hasta llegar a una cuesta que desciende con suavidad, pero tan sinuosa que parece la piel olvidada de una serpiente gigantesca. La vereda está custodiada por altos y frondosos árboles, poblados de ejércitos de monos chillones y aves multicolores que cuelgan sus extraños nidos de las ramas más altas. Al poco rato de andar ya no reconoce el camino nuestro héroe, que se siente perdido y con deseos de llorar cuando los monos más pequeños, las crías menores de la manada, se burlan de él señalándole con sus dedos peludos de uñas negras. Cuando se rendía ya a la desesperación, un aleteo cercano asusta al pobre Goveia, que cae sentado sobre el polvo del camino, ensuciando su inmaculada túnica de algodón. Es Biliko, quien acude al rescate del niño perdido.
—¿A dónde vas, Goveia, tan solito?
—A buscar a María, para que me lleve a Timbuctú…
—No llores, mi amado Goveia, no tengas miedo, ya estoy aquí. No podrás viajar sin compañía. ¡Ven! Sígueme, yo iré adelante para avisarte de cualquier peligro.
Goveia no cabe de contento al saberse acompañado del inigualable Rey de los Patos, quien prefiere caminar con dificultad a volar, para no dejar atrás al niño que sueña un día con volar en vez de caminar para llegar muy lejos, a orillas de aquel río que, si bebes de sus aguas, te retiene prisionero para la eternidad, porque te enamoras de la tierra bajo tus pies, sembrada de girasoles enormes. No ha pasado mucho tiempo cuando Goveia llega a un punto en que la vereda se divide, a derecha y a izquierda. ¿Cuál será la ruta correcta hacia el mar? ¿Cuál la que lleva a la selva montañosa? Biliko espera a la orilla del camino, reponiendo el aliento, a que Goveia tome una decisión. Aparece entonces ante los viajeros una rara ave, nada menos que un cucú de cola larga, que revolotea despreocupadamente sobre sus cabezas.
—¡Pájaro!
—Dime, oh pequeño sabio, que hablas la lengua de las aves…
—Voy a la ciudad, a orillas del mar. Dime cuál es el camino.
—Todos los caminos llevan al mismo sitio… Escoge el que te guste… Adiós…
—Biliko y Goveia reanudan la marcha, tomando el camino de la izquierda. Fatigados, recuperan las fuerzas cuando la brisa se va cargando de sal y aroma de algas secándose al sol, anunciándose ya la proximidad de la playa. Biliko alza el vuelo y contempla el horizonte, volando en círculos sobre Goveia, que ya salta de alegría en espera de buenas noticias.
—¡Biliko! ¡Biliko! ¿Puedes ver el mar?
Una rama cruje en la espesura, a pocos pasos de distancia. Goveia voltea la mirada hacia los árboles y ve con claridad la silueta del cazador que coloca un gran guijarro en la honda, aprestándose a derribar de un tiro certero al majestuoso Rey de los Patos.
—¡Cuidado Biliko, cuidado!
Alertado justo a tiempo, Biliko maniobra en el aire esquivando el guijarro, para después, sin dejar de graznar, castigar a picotazos la cabeza del joven pero inexperto cazador que huye despavorido entre los árboles, tratando de evadirse del ataque de Biliko, a partir de este día conocido también como el Gran Cazador de Cazadores.
Biliko asienta sus patas membranosas en el polvo y extendiendo una de sus alas da la feliz buena nueva a Goveia.
—El mar…
Goveia corre al ver la línea costera, en donde multitud de niños y mujeres se congrega alrededor de una tienda de campaña, espantando en su carrera a una bandada de flamingos que, en una sola pata, toman el sol con haraganería. Goveia salta de contento cuando reconoce a María entre la multitud que le escucha en silencio mientras ella les habla con dulzura, con un acento extraño pero no difícil de entender.
—¿Niño, cómo te llamas? ¿Dónde están tus padres? ¿Ese pato te pertenece?
Goveia extiende sus bracitos y se abraza a las piernas de María. Ella se pone de rodillas para verle mejor y le abraza también, emocionada. En el rostro de la doctora hay una sonrisa de gran felicidad y no dice ni una palabra porque entonces su corazón se hubiese roto, allí mismo, en mil pedazos.

***

—Gracias por traer a salvo a mi niño, doctora María…
Madya está en cuclillas amasando la harina, y la mezcla poco a poco con chorros del aceite traído ese mismo día del pueblo vecino en un pesado cántaro de barro cocido. Dos pescados enormes se fríen en una sartén sobre la hoguera de leña y todos se aprestan a cenar con gran apetito.
—No te preocupes, Madya, la próxima vez que Goveia quiera manejar la Gran Máquina solo tienes que decírmelo... Vaya suerte que se me ha ocurrido seguir el vuelo de ese pato escandaloso, que no me dejaba en paz todo el camino, para llegar hasta acá. ¿Cómo saber que Goveia era tu hijo, el miedoso?
Goveia sonríe, sentado en las piernas de Jako, contemplando extasiado su tambor nuevo, hecho de una rama hueca y decorado con bellas talladuras de soles, lunas y estrellas… No se cansa de palmotear quedito el tenso parche de cuero sin quitar los ojos de encima de María, la doctora que no quiso llevarle a Timbuctú pero que le ha permitido asomarse a las entrañas de la Gran Máquina y viajar juntos sin cansancio de regreso a casa, cuando ya el sol comenzaba a ocultar su manto dorado detrás de los montes boscosos. Cuando ya es hora de dormir, Madya le acaricia la cabecita ensortijada en donde sigue revoloteando la ilusión de volar, al frente de la bandada, en ruta hacia Timbuctú, rozando alas con Biliko, el amado Rey de los Patos.


FIN

jueves, 9 de agosto de 2007

CULTURA POPULAR - CAPÍTULO II - PAPEL DE LA CULTURA

CAPÍTULO II.

PAPEL DE LA CULTURA EN EL DESARROLLO DE LA PERSONA INDIVIDUAL Y SUS ESTADOS DEL EGO.





Los miembros de la especie humana se convierten en “personas” después de años de un proceso que se denomina, por lo general, “educación”. Si el “animal humano” no se educa, o más aún, en el caso en que las crías de humano sufran abandono total, jamás se desarrollarán los estados del Yo neopsíquicos, como el “Padre” de los transaccionalistas (o superego, para los psicoanalistas) y el “Adulto” o ego. Al “Adulto” Eric Berne lo dividía en tres segmentos —análisis estructural de segundo orden—: llamaba “Ethos” al conjunto de principios heredados y aceptados como propios previo análisis conciente), el “Technos” (todo el cúmulo de información que la Cultura provee) y “Pathos”, que es la parte del adulto que genera los rasgos más apreciados en Sociedad: el “encanto”, “gracia”, “donaire” o “distinción”. Todo esto queda subdesarrollado si no hay estímulos e información apropiados y suficientes. La conducta será instintiva e intuitiva (todo ello integrado en los estratos más arcaicos del cerebro), pues no habrá modelos que imitar ni patrón cultural que seguir. Los primeros ejemplos de lo explicado que vendrán a la mente serán los de Tarzán — Edgard Rice Burroughs escribió la novela que cuenta la historia de un niño criado por grandes simios en África al morir sus padres en un accidente de aviación— y, en mucho menor grado, de Mogwli (personaje del Libro de la Selva de Rudyard Kipling, capaz de hablar con los animales). Ejemplos que no tienen nada de literario y que son casos extremos de lo aquí explicado aparecen de cuando en vez al revisar la Historia. Jorge Fondebrider ha escrito sobre los “niños salvajes” en su libro “Licantropía” (Argentina, Adriana Hidalgo Editora, 2004), mencionando casos emblemáticos, como el de Peter de Hanover (que quizá haya influido en Jonathan Swift y su obra “Los Viajes de Gulliver”), la “niña salvaje de Champagne” y, muy en especial el de Víctor, el “niño salvaje de Aveyron”: en este último caso nunca fue posible la socialización integral del niño, a pesar de todos los esfuerzos del doctor Jean Itard, quien se resistía a considerarlo “idiota”, como lo había dictaminado el eminente médico Philippe Pinel.
La estimulación temprana de los niños por lo general lleva a un avance rápido en el desarrollo de sus facultades intelectuales y motrices. Por el contrario, un cuidado displicente y la falta de atención, o el maltrato (a menudo por padres disfuncionales, con trastornos de personalidad o también abusados) bloquean el progreso intelectual (lo que llamaríamos el proceso de desarrollo del “Adulto”) o distorsiona gravemente la visión del mundo y del propio Yo, lo que generaría posturas existenciales paranoides (Yo estoy “bien”, Tú y Ellos están “mal”), depresivas (Yo estoy “mal, Tú y Ellos están “bien”) o, peor aún, nihilistas y destructivas (Yo estoy “mal”, Tú y Ellos también están “mal”). No es exagerado decir entonces que la psicosis, muchos casos de depresión endógena y el comportamiento antisocial (aún criminal) derivan de estas posturas tomadas a una edad tan tierna como antes de los ocho años, cuando el mundo es mágico y dicotómico (“malo” o “bueno”, “gusta” o “no gusta”, “quiero” o “no quiero”) y no hay capacidad de comprender ni la complejidad de un mundo exterior ante el que se siente indefenso, ni el por qué de lo que piensa y se siente (Inteligencia emocional).
Así, el niño humano recién nacido es arcilla en las manos de sus padres. El destino de ese bebé, desnudo, indefenso, completamente dependiente, dependerá del potencial de Él mismo (algo que solo está definido orgánicamente por sus genes hasta ese momento) y su circunstancia (lo que su familia haga por él), parafraseando una cita famosa de Ortega y Gasset. Factores genéticos, lesiones orgánicas, malformaciones y enfermedades congénitas son todas variables determinantes en el devenir de la “personalidad” (lo que individualiza a cada humano, volviéndolo único, irrepetible, persona, en una palabra). Los detalles relacionados con la evolución de la psique de estas personas con handicap o “discapacidad” física o mental (y el pronóstico para una inserción social exitosa) escapan al alcance de este ensayo y pertenecen al campo de la Medicina, la Psicología clínica y la Sociología. Nos ocuparemos, en cambio, de aquellas circunstancias (partiendo del nacimiento, más aún, del cómo fue engendrada esa vida y las condiciones en que se desarrolló el proceso de gestación) que, determinadas decisivamente por las emociones y conductas de sus padres (o de las personas que cumplen con esa función) deberían convertir a un lactante desvalido en un individuo autosuficiente que acepta y goza de vivir gregariamente, en sociedad con sus congéneres.

HASTA LA PRÓXIMA ENTREGA.