sábado, 24 de abril de 2021

 

A UN AÑO DE PANDEMIA EN EL SALVADOR.

Los contrastes nos intrigan. Las segundas y terceras oleadas de infecciones de COVID-19 arrasan continentes, el oxígeno escasea, encontrar cama en Cuidados Intensivos es quimera en muchas de las grandes ciudades… Un tercio de millón de personas se enferma cada día en la India, pero Israel deslumbra al mundo… Chile vacuna masivamente pero está al borde de un colapso, Uruguay presumía de su manejo de pandemia y al momento se enfrenta a una crisis de difícil control… El Salvador parecía tener la receta para el desastre perfecto y, aunque se vivieron momentos de gran drama y la labor de los médicos de primera línea les ha empujado hasta el límite de su resistencia física y moral a mediados del año pasado, el país funciona, después de una cuarentena inédita, con restricciones a medias, hacinamientos de vértigo… pero sin saturación de hospitales, a pesar de que nuestro programa de vacunación no ha dado segundas dosis ni siquiera a un 2% de la población. Todos hemos perdido a alguien y nos hacemos legítimas preguntas: ¿Habremos alcanzado una infame inmunidad natural de rebaño? ¿Habrá variantes del virus circulando de modo salvaje en el país? Somos un país de gente joven, probablemente más resistente a las complicaciones de COVID-19… pero todos hemos visto a veinteañeros en ventilación mecánica, trágico recordatorio de la impredecible historia natural de esta enfermedad. Atención: este día hemos recibido algunos reportes anecdóticos de un incremento de hospitalizaciones… ¿Nuestra fuente? La mantendremos en reserva.

 Pero hemos sobrevivido. Avanzamos penosamente hacia la luz, sin duda. Iremos dejando en el camino parte fragmentos de nuestro corazón, por las almas perdidas, por los discapacitados, por las secuelas propias y ajenas. Despojándonos de falsas esperanzas, descartando el peso muerto de medias verdades que nunca creímos del todo, aceptando que no hay balas mágicas contra el ya no tan nuevo coronavirus, dirigimos la nave guiados por una evidencia que no está a la altura de nuestros estándares, con una ruta de navegación erizada de escollos… No aceptamos quedarnos estáticos, el miedo que paraliza o forza al retroceso se ve neutralizado por el poder de una ciencia en construcción, falible, pero que aprende de sus errores.

El mayor deseo de este autor es, sin embargo, que un día no sea necesario hablar más de COVID-19, excepto como curiosidad histórica. Más allá de la crisis sanitaria habrá, de todos modos,  que sobrellevar las graves repercusiones de la pandemia sobre sociedad y macroeconomía, pero también sobre la posición existencial, el estilo de vida y las esperanzas de cada ser humano. Somos resilientes pero nadie saldrá ileso de esta epopeya… En recompensa, podremos aprender de lo vivido, para recrearnos como seres más pacientes, tolerantes, compasivos y empáticos. Vale la pena intentarlo… porque confesamos haber sobrevivido.


viernes, 9 de abril de 2021

 

Anticiencia: De cómo engañar a las masas.


Las generaciones que estamos soportando los embates de la primera pandemia infecciosa del siglo XXI sufrimos no solo del caos generado por la distribución rampante y salvaje del nuevo coronavirus-19, con su caudal de dolor, aislamiento, miseria, discapacidad y muerte: también somos víctimas de otra oleada igualmente nociva: la desinformación, la más de las veces maliciosa, con fines inconfensables.

Personas antisistema y anarquistas, de aquellas que quieren ver el mundo en llamas, han habido y habrán, hoy y siempre... la libertad de expresión garantiza su derecho a opinar, a menudo de maneras que retan a nuestros sistemas de valores y las leyes en vigencia y, por lo tanto, el que haya derecho a expresarse no implica que todo lo que digamos quedará impune. Calumnias, rumores potencialmente difamatorios, injurias, todas estas afrentas al bien común deberán ser, eventualmente sancionadas... Pero en el ámbito de las ciencias enfrentamos un nuevo nivel de absurdo: Legos opinando de ciencia, personas sin entrenamiento científico o médico pontificando sobre epidemias, pandemias, COVID-19, vacunas, tratamientos. Como si no fuese suficiente malo este abuso, algunos médicos y otros especialistas de las ciencias de la salud, se dan a la tarea de liberar documentos, vídeos y toda clase de manifiestos que, disfrazados de ciencia de calidad, solo contribuyen al caos general haciendo deducciones tendenciosas, siguiendo agendas para nosotros maliciosas. Hablan ampulosamente de sus títulos y acreditaciones, para barnizarse de autoridad, deslizan conceptos de todos conocidos para hacer sentir a sus audiencias que están recibiendo material de altos quilates y, en giros inesperados, luego deslizan sus conceptos, equívocos, alarmistas, efectistas... Esto es tan anticientífico como el pensamiento de los terraplanistas, como leer el futuro en las cartas del Tarot o la creencia de los antiguamente llamados "médicos invisibles".

Quiero hacer un llamado a todos: Escuchen a los verdaderos líderes de opinión. No se dejen seducir por estos farsantes que aprovechan al amplia difusión que garantizan las redes sociales para despotricar sobre las vacunas, sobre las mascarillas y el distanciamiento social. Desconfíen de las verdades dogmáticas que estos mercaderes del miedo quieren ofrecer, aparentemente de modo desinteresado y sin provecho... 

Parece que necesitamos vacunas no solo para neutralizar a los virus... sino también contra la estulticia y malevolencia de estos profetas del desastre.

viernes, 2 de abril de 2021

 

El gran circo del mundo.

Claudio Reyes Altamirano, actor y humorista chileno, modelo para la portada de mi libro "Bienvenidos a mi Circo". Fotografía de mi hijo, Lic. Eduardo Alonso Villarroel, a.k.a Qualia.

El año 2018 publiqué la compilación de cuentos que titulé "Bienvenidos a mi Circo", con el apoyo de Masferrer Editores. Estos cuentos ya habían aparecido esporádicamente en este blog, así como en el sitio web de LetrA-Z, un portal literario que siempre apoyó con entusiasmo mis iniciativas. Al momento se distribuyen ejemplares de la primera reimpresión y sigo recibiendo, con deleite, los comentarios de los lectores. 

Es mi intención revitalizar este blog, injustamente olvidado. Me haré el propósito de escribir más y mejor, para transmitir el incesante flujo de ideas y el diálogo interno entre Hugo el médico y Hugo el escritor. Algo de circense hay en este diálogo que a veces importuna mis noches, porque enciende mi fantasía, como de niño me pasaba, en la penumbra del espectáculo.

Les transcribo el prólogo de mi libro:

El circo nace, quizá, antes que la palabra misma… Imagino a los primitivos homínidos haciendo monerías frente a la fogata, resguardados en cavernas, en un intento por aligerar el dolor y la fatiga, el miedo a las bestias, el hambre y el rigor del clima. La risa es escapismo, delusión, una salida tangencial de la realidad, por lo que hay algo de redención en la búsqueda de lo insólito y lo chocarrero, en dejarse embaucar por magias a sabiendas imposibles. Tanto como el pan de cada día, requerimos de esa cuota de locura que tan solo en el circo es lícita, tolerada y hasta alentada.

Cada ser humano se reviste de símbolos, actitudes y maneras que lo hacen único: crea una persona o, más bien, un personaje. Tiene una historia que vivir y que contar, una historia que va escribiendo al paso: un guión que puede ser interesante y cautivador, pero más de las veces resulta anodino; rara vez asistimos al nacimiento de héroes, con signo casi siempre trágico. Bajo las luces, nuestras vidas se tornan circenses: al son de fanfarrias se hacen saltos mortales sin red, contorsiones, juegos malabares; se lucha contra fieras pero también hay cómicas riñas entre payasos. Con o sin aplausos, la función sigue hasta que el último reflector se extingue, hasta que el compás postrero de la banda deja de resonar en la atmósfera, que poco a poco se disuelve en el vacío.

Los cuentos aquí publicados hablan de esas historias, de esos combates cotidianos. Al quitar las pelucas y las narices rojas, al lavar el maquillaje, ya de frente al espejo, queda el alma desnuda y desvalida, pero auténtica, valiente y humilde. Fuera del personaje, el ser humano se convierte, se redime y encuentra su salvación, tras bambalinas, sin testigos ni público. Ese es el circo del que habla el título de esta compilación, no tanto un lugar de risas y barullo… Cada acto, cada espectáculo invita a reflexionar, a la introspección, a la búsqueda de algo que solíamos llamar compasión, rara especie en estos tiempos de satisfacción automática y recompensa mal habida.

Este circo es mío y de todos los lectores. Quiero agradecer a las siguientes personas:

Silvia Yanira Martínez de Villarroel, mi esposa, por sus consejos y paciente revisión de textos.

Eduardo Villarroel Martínez, mi hijo, por aportar un cuento de su autoría a esta colección: “Tequila y dulces para morir”; agradecimiento adicional por su artístico trabajo de fotografía para la portada.

Mónica Alejandra Villarroel Martínez, mi hija, por su paciente ternura y constante apoyo.

Dr. César Augusto Calderón, rector de la Universidad Salvadoreña “Alberto Masferrer” amigo íntimo y consejero, quien siempre apoyó este proyecto, patrocinándolo para hacerlo realidad.

Profesor Carlos Alberto Saz, porque puso sus conocimientos al servicio de este texto, velando por el correcto uso de la lengua española.

Para el actor y humorista chileno Claudio Reyes Altamirano, modelo de la portada, quien supo interpretar a la perfección toda la socarronería pero a la vez toda la buena intención del autor.

Quedan estos cuentos a disposición de los lectores. Como todo en mi vida, no hay aquí nada escrito que tenga la intención de dañar: es mi mayor deseo ser el mejor de los prójimos, servir a manos llenas y sin medida.


Finalmente la nota de prensa del día de su presentación, en Diario El Mundo, por mi sobrina querida, Gabriela Villarroel.




Hasta pronto, amigos.

jueves, 3 de diciembre de 2015




PIES DE BARRO, CORAZÓN DE ORO.






     “Estando tú, oh rey, en tu cama, te vinieron pensamientos por saber lo que había de ser en lo por venir; y el que revela los misterios te mostró lo que ha de ser.
     “Y a mí me ha sido revelado este misterio, no porque en mí haya más sabiduría que en todos los vivientes, sino para que se dé a conocer al rey la interpretación, y para que entiendas los pensamientos de tu corazón.
     “Tú, oh rey, veías, y he aquí una gran imagen. Esta imagen, que era muy grande, y cuya gloria era muy sublime, estaba en pie delante de ti, y su aspecto era terrible.
    “La cabeza de esta imagen era de oro fino; su pecho y sus brazos, de plata; su vientre y sus muslos, de bronce;
    “Sus piernas, de hierro; sus pies, en parte de hierro y en parte de barro cocido;
   “Estabas mirando, hasta que una piedra fue cortada, no con mano, e hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó.
   “Entonces fueron desmenuzados también el hierro, el barro cocido, el bronce, la plata y el oro, y fueron como tamo de las eras del verano, y se los llevó el viento sin que de ellos quedara rastro alguno. Mas la piedra que hirió a la imagen fue hecha un gran monte que llenó toda la tierra”.

Libro de Daniel, Capítulo II, versículos 26 al 45.


     Mucho se ha escrito sobre el significado del sueño de Nabucodonosor, aunque la clave de la interpretación la da el mismo profeta Daniel. La imagen representa al ser humano, su poder y sus conquistas en el mundo material: oro, plata, bronce, hierro… y barro. Aunque hay un innegable sentido histórico en la profecía de Daniel, más nos interesa hacer hincapié en las connotaciones escatológicas, es decir aquellas vinculadas con la vida después de la muerte, con la historia de la salvación.
     Los gobernantes y todos aquellos que han sido favorecidos con cuotas de poder en la sociedad son vistos como una cúpula de personas notables, con capacidades y habilidades sobresalientes que, puestas al servicio de la comunidad, ayudan a los pueblos a alcanzar sus legítimas aspiraciones de paz, justicia, prosperidad y progreso. Inherente a dicho poder es el derecho de gozar de ciertos privilegios, justos y necesarios, previamente definidos por las leyes. Nabucodonosor, en el siglo VII antes de Cristo era, sin duda, el monarca más poderoso del planeta. Pero su poder era, aunque absoluto en lo terrenal, totalmente impotente ante los misterios de la vida espiritual. Por eso recurre a sabios y magos que puedan interpretar el inquietante sueño en que intuye, muy a su pesar, algún tipo de premonición trágica. Ante el fracaso de sus asesores –y que lleva a su cruel castigo con la muerte- tan solo Daniel es capaz de dar coherencia profética al sueño que sí, habla de destrucción. Cabeza de oro, Nabucodonosor (o Belsasar), está en la cúspide. Pero su legado pasará a otros inferiores a él y de estos a otros aún menos ilustres aunque no necesariamente más débiles. Al final, el fundamento del imperio está en la mezcla de hierro y barro: imposibles de ligar entre sí, el baro se ve quebrantado ante el metal y el metal pierde la sustentación que le proporciona el barro: es previsible el colapso y la destrucción total de todo imperio material humano… Todo es pulverizado, esparcido al infinito y luego olvidado. Y no es mano de hombre la que arranca la piedra del monte, piedra que destruye los débiles pies del ídolo, piedra que se agiganta hasta llenar todo el mundo… Estamos ante una metáfora de un poder supremo que no cede ante nada ni ante nadie y es señal de Sabiduría (sí, con “s” mayúscula) reconocer ese poder.
      Una de las aspiraciones del ego de muchos es escalar posiciones para ganar fama, prestigio y riquezas. La permanente tentación de tener más sobrepasa con mucho a la aspiración de ser más. Esclavos de sus posesiones y de sus lugares preferentes en la sociedad, muchos buscan ser esa cabeza de oro, la cúspide. Otros, llenos del fuego del amor y de Espíritu Santo, se sienten como vasijas del mismo barro con que están hechos los pies del ídolo, humildes, se ponen al final de la fila y rechazan honores y títulos vacíos, más bien dispuestos a una comunión fraterna que no sabe de categorías ni prebendas. Así, entre reyes y ermitaños, medramos la inmensa mayoría de los miembros de la especie, entre la plata, el bronce y el hierro, tratando de hacer aleaciones imposibles, con la ilusión de que viviendo en la tibieza podremos navegar sin naufragar en este océano de vicisitudes que llamamos “vida”.
      ¿Dónde está nuestro corazón? De seguro allí mismo donde hemos puesto nuestros tesoros. ¿Qué clase de tesoro es éste? Cada uno conoce la respuesta en lo más íntimo de su ser. ¿Somos de ese barro humilde que el soplo divino transformó en vida? ¿Somos vasijas toscas y vacías, listas para llenarse hasta los bordes con la Gracia del Espíritu Santo? ¿O acaso nos hemos dorado por fuera, para deslumbrar, para sentirnos más y mejores? A la humilde vasija de barro no le importa convertirse en polvo, porque de allí ha sido formada, no por méritos sino por amor, por Gracia… Es Nuestro Señor que nos levantará del sepulcro frío, nos purificará y concederá un lugar cerca de sus pies, porque nos consideramos pequeños e indignos Él nos enaltecerá. Pero si nos creemos oro puro y olvidamos los pies de barro, ¿qué será de la cabeza fulgurante y llena de orgullo cuando el ídolo se desplome? Seremos borrados de la historia y tampoco seremos dignos de perdón: el que se enaltezca será humillado dijo Cristo.
      Seamos como niños. Dejemos de edificar ídolos de oro, no construyamos más torres de Babel… Hablemos el idioma único del Amor, sus palabras más bellas son paciencia, tolerancia, respeto. Cultivemos la Fe y no sintamos vergüenza de pedirla, para vivir con la confianza de un mundo perfectible pero que en nada podría compararse con la Gloria Eterna que nos espera si, de verdad y con corazón contrito, podemos tomar cada uno su Cruz y seguir al Amigo, Padre, Hermano y Pastor, Jesús de Nazareth.


      Amén. 

domingo, 22 de febrero de 2015






Amigos:

Después de casi dos años de ausencia vuelvo a la carga.
Este es un proyecto muy querido que quiero someter a su consideración.
Bienvenidos serán sus comentarios.

Hugo Villarroel.



VIDA 2.0

Por
Hugo Villarroel-Ábrego



INTRODUCCIÓN.

       “¿Es realmente aire lo que estás respirando?”
      
       Es una pregunta que casi ofende al sentido común, pero que invita a una reflexión detenida sobre todo aquello que consideramos inamovible y exacto, más allá de cuestionamiento. La pregunta la formula Morpheus a Neo, en una escena de la exitosa película de los hermanos Wachowski, The Matrix, en donde la tiranía de las máquinas ejerce control absoluto sobre la vida de los seres humanos, apenas reducidos a fuente renovable de energía, combustible vivo. Como en la película, he reflexionado, muchos de los miembros de la especie hemos llegado a convertirnos en el combustible de un sistema complejo de supervivencia hipertecnológico, en donde el significado de la criatura humana está definido en términos de productividad, capacidad de competir y alcanzar esa meta nebulosa que los gurús y apóstoles postmodernos llaman “éxito”. El sistema, que parece tomar vida propia y lo abarca todo, desde el nacimiento hasta la muerte, distingue por tanto, entre personas “exitosas” y “fracasadas”, en otras palabras, “ganadores” y “perdedores”. Mientras, y para no sucumbir al aburrimiento existencial, a la atrofia de la mente que también desgasta la envoltura corporal, nuestros cerebros son aturdidos alegremente con un mundo “virtual”, es decir, generado por artificio, todo un universo de realidades sintéticas en donde nos movemos con aparente ilusión de autonomía y libertad.
       
     A mucho de esto llamamos “vida”: nacer, recibir un nombre, socializar, adaptarse a los mandatos escritos y no escritos sobre el comportamiento deseable, obtener una educación formal que sirva de base para ganar reconocimiento y acceder al mercado laboral. En paralelo, se encuentran amigos, se encuentra pareja, se funda una familia y se introduce a los hijos en el sistema. Si todo sale bien, al llegar a cierta edad, con la jubilación, se gana el derecho a dejar el puesto de trabajo en la colmena y buscar tiempo para recreación, malcriar nietos y acudir a todas las citas con médicos especialistas necesarias después del desgaste físico y mental de décadas. Cuando llega la muerte solo oramos para que no sea lenta y dolorosa y haber tenido tiempo para dictar el testamento, en caso de haber escamoteado algún excedente de producción a la codicia del mercado de consumo, tan omnipresente como seductor.
      
     Suena instintivo y carente de alma, como si no hubiese gran diferencia con respecto al conocido ciclo vital de las especies que gustamos en llamar “inferiores” y que estudiamos en la escuela: nacer, crecer, reproducirse y morir. Pues aunque las existencias individuales podrían y deberían estar llenas de ricos y complejos matices emocionales e imbuidas en una profunda espiritualidad, millones de personas en todas las épocas viven ―o mejor dicho, sobreviven― adscritos a rutinas maquinales en donde el reloj, los memorándum y la máquina para marcar tarjeta son los tiránicos dictadores. El problema no radica, sin embargo, en la existencia de una rutina en el trabajo. Por el contrario, la disciplina, la puntualidad y el cumplimiento de las normas son ingredientes básicos para una productividad óptima, tanto desde el punto de vista del trabajador como desde la óptica del empresario o institución laboral. Lo trágico es que millones de personas pasan media vida haciendo cosas que detestan en ambientes alienantes para tener acceso a los recursos materiales que necesitan (o creen necesitar), mientras vegetan la otra mitad de su vida quejándose con amargura de ello, evadiéndose de la realidad con actividades puramente lúdicas o emociones fuertes, a veces ilícitas, dejándose vencer por todo tipo de adicciones y siempre sintiendo, en el fondo de sus corazones, que esto no puede ser todo, que falta algo que no encuentra en las maratones televisivas, ni en los fines de semana en hotel todo incluido, ni en las pantallas de sus teléfonos inteligentes, ni en las redes sociales.
       
     Esa sensación de que “falta algo” es, en realidad, una oportunidad de cambio, un motor para el renacimiento de la curiosidad innata del ser humano, adormecida por secuencias predecibles de eventos, en especial cuando las necesidades de seguridad física, residencia digna y alimentación suficiente han sido  subsanadas y aparece el aburrimiento existencial: “¿Y ahora qué?” Pero aún en las condiciones más precarias o miserables, cuando la misma dignidad del ser humano ha sido pisoteada con vileza, en circunstancias tan terribles a menudo afloran a la superficie lo más poético, dulce y trascendente de las personas. El “súper amor” de los no violentos, que ofrece flores, bendiciones y plegarias al embate de los depredadores de la especie, es capaz de sobreponerse, sobrevivir y, eventualmente triunfar sobre sus verdugos. Piénsese en Jesús y la victoria del cristianismo primitivo sobre Roma, recuérdese la odisea del Holocausto de los judíos a manos de la Alemania nazi, y tráiganse a cuenta las vidas y luchas de personajes como Mahatma Gandhi, Nelson Mandela y Tenzin Gyatso (XIV Dalai Lama), para citar algunos emblemáticos ejemplos.
       
     Si sentimos que “falta algo” es nuestra prerrogativa decidir si es necesario buscar ese “algo” antes que lo que consideramos una pequeña fisura en el mapa de nuestra vida llegue a convertirse, como ha ocurrido a tantas personas, en un verdadero abismo de vacío existencial y desesperanza. Si podemos encontrar un “algo”, será necesario definir si es pieza vital para la existencia, para ser felices, para trascender más allá de lo puramente material. Si no lo es quizá hemos hecho la búsqueda equivocada, nos habrá fallado la puntería intuitiva para lograrlo, porque la respuesta correcta haría aflorar de manera inmediata una sonrisa y un estado de iluminación: un ¡eureka! resonará en nuestras mentes y llenará de gozo y gracia nuestros espíritus. Aunque sea por curiosidad vale la pena el esfuerzo. Pero más allá del instinto de explorar yace, en el cerebro humano y en la mente que lo ocupa como residencia material, una sed de entendimiento que, canalizada por las vías correctas, puede contribuir a la comprensión de por qué estamos aquí, por qué tenemos una conciencia capaz de trascender, de qué sirve dicha trascendencia y, finalmente, encontrar un sentido a la vida. Habiendo encontrado un sentido deviene la intención de vida que, a su vez, ilustra las decisiones trascendentales, las que potencian las conductas que darán forma a la historia: somos co-creadores de este Universo complejo y a veces, en apariencia, absurdo.
       
     Así, podemos hablar de llegar a ser los verdaderos “arquitectos de nuestro destino”, parafraseando al poeta. A esto le llamo  “Vida 2.0”, una propuesta en construcción, un manifiesto, o quizás apenas un borrador de manifiesto, para redefinir necesidades, alcances y objetivos, una propuesta en busca de un sentido personal para existir. El término “Vida 2.0” quizás no sea muy apropiado en términos de la complejidad de la existencia humana. Nuestra vida no puede eliminarse como programa operativo anticuado y ser sustituida por otra plataforma tecnológica de un plumazo, como si se tratase de un ordenador de escritorio… Aunque ya ha ocurrido para algunos seres iluminados, cuya conciencia se ha expandido y trascendido en circunstancia extraordinarias. Desmontar las estructuras psicobiológicas ancestrales que se han acumulado en los estratos primitivos del cerebro durante milenios, pero que ya no responden histórica ni culturalmente a las necesidades y prioridades del Ser es labor ardua pero emocionante, el trabajo de toda una existencia y de muchas otras existencias después de la nuestra. Si el trabajo queda inconcluso podemos legar el Conocimiento y la Sabiduría obtenidos a una nueva generación de guerreros del espíritu, dispuestos a tomar la estafeta y superarnos en todos los ámbitos, de pie sobre los hombros de sus predecesores. Pero, en un sentido íntimo, Vida 2.0 es una realidad que puede vivirse ya, desde el mismo momento en que se lean estas letras, si es que no nos basta sobrevivir como hasta ahora, si intuimos que la pieza que falta es precisamente la más importante, la que daría sentido a la aventura cosmobiológica de vivir. Se trata de una decisión personal. Espero que, si una decisión de esta naturaleza es relevante para algún lector, este proyecto de ensayo sirva como introducción a una búsqueda que es universal pero que representa también una lucha íntima, personal e irrepetible.
     
     En las secciones subsecuentes, después de revisar algunas historias de vida, plantearé mi propuesta, ecléctica y muy personal, sobre cómo afrontar estos dilemas vitales, cómo entender mejor el mundo y cómo a pesar del espíritu dominante de los tiempos, cargado de egoísmo, negación y búsqueda afiebrada del placer inmediato y a cualquier costo, aún es posible ser feliz, productivo y útil al prójimo. No pretendo sentar cátedra, no pretendo pontificar ni hacer creer a nadie que he logrado la iluminación: apenas me considero un caminante que, tambaleando, endereza sus primeros pasos, cegado por la luz. Pero mi trabajo como médico, mis estudios y observaciones personales y, mucho más importante, los testimonios de vida y muerte que he ido recolectando durante años de práctica me dan la solvencia moral para presentar a los lectores esta visión particular. Dicha visión tiene una base cristiana, pero se extiende mucho más allá de cuestiones litúrgicas o religiosas; como hombre de ciencia organizo las ideas en sistemas jerárquicos, siguiendo una aparente secuencia de causa y efecto… Pero la esencia de dichas ideas pretende trascender el horizonte de lo material y demostrable. Me justifica el haber sido testigo de mucho dolor, de angustias y esperanzas por igual; el haber sido médico y confidente de sabios, ricos, pobres e iletrados, de santos y demonios. He visto el horror y la gracia, la miseria física y la grandeza espiritual de grandes hombres y mujeres… He corregido y he sido redireccionado, he reído y llorado por partes iguales… Así que considero mi deber respetar la privacidad de tantos héroes y heroínas que han enriquecido mi vida con sus vivencias, manteniendo en secreto sus verdaderas identidades. Espero que esta propuesta pueda perfeccionarse de manera progresiva si, como es mi propósito, me es permitido avanzar unos pasos más por la senda correcta, antes de rendir cuentas a la divinidad.


Hugo Villarroel-Ábrego.

jueves, 13 de junio de 2013


Amigos, ojalá disfruten la lectura de este editorial.

Hugo V.



                       Tenemos un gran problema




13 de Junio de 2013
Hugo Villarroel Ábrego
En un memorable episodio de la serie de televisión “Los Tres Chiflados”, Larry le dice a Moe: “Tenemos un gran problema”. Moe comenta: “Se requerirá de mucha inteligencia para salir de esto”. “Por eso digo –replica Larry– que tenemos un gran problema.”



En El Salvador vivimos en crisis crónica, a ratos con momentos álgidos que hacen noticia. Sin problemas que resolver no habría oportunidades para mejorar y conviene una ocasional actitud revisionista para detectar fallos, corregir el rumbo y apuntar a sueños novedosos para un pueblo que parece naturalmente acondicionado al sufrimiento.

Vulnerables por geografía, hambrientos de justicia, endeudados, sitiados por delincuentes y cargados de tributos, cada uno de nosotros tiene una visión particular de cómo afrontar estas catástrofes cotidianas. Por eso, a través del ejercicio de una democracia representativa, se espera que nuestras peticiones, ideas y sugerencias libremente expresadas (¿es mucho pedir?) puedan llegar a oídos de quienes en su momento tomen las riendas del gobierno y afronten con coraje los retos que hoy nos parecen insuperables.Se requiere de intenso trabajo intelectual para encontrar caminos transitables y no atajos, soluciones correctas a mediano plazo y no triquiñuelas logísticas para capear el temporal. Pero sobre todo estamos urgidos de tolerancia y compasión, de la otra inteligencia, de inteligencia emocional. Ser compasivo obliga a compartir la pasión del que sufre y ser tolerante garantiza un espacio para todas las voces, aun las disonantes, aun aquellas que están reñidas con nuestras creencias.Debemos admitir que nos falta mucho para presumir de estas virtudes que demandan mucha faena espiritual, pero cada vez hay más síntomas de que esta generación de salvadoreños (que aún no estrena documento único de identidad o que votará en elecciones por primera vez el próximo año) será el agente de cambio que tanto urge a esta sociedad convulsa y adicta a las emociones fuertes.
No todos nuestros jóvenes nos darán satisfacciones, pero muchos de ellos ya piensan, sienten y actúan distinto a sus ancestros: ven al mundo como patria única, se globalizaron de golpe y empequeñecieron el planeta con sus plataformas informáticas; se sienten como en casa en cualquier lugar y están listos para luchar por sus libertades a pesar de que no vivieron en guerra, como tantos de nosotros.No bastan los discursos rimbombantes que, al escucharse con los ojos cerrados, nos hacen pensar que vivimos en Shangri-La o algún otro remoto y maravilloso sitio. Tampoco bastan los vociferantes llamados a tomar las banderas y recuperar identidades supuestamente perdidas: hay momentos pertinentes para ciertas posturas ideológicas y si no se ajustan las ideas a la evolución histórica quedamos desfasados y anacrónicos, fósiles que solo merecen la atención de los arqueólogos de la política. Tampoco necesitamos cancioncillas estúpidas concebidas para infiltrar eslóganes baratos en nuestras mentes: demasiado alienados estamos ya con la avalancha informática que la vida moderna nos impone.

¿Qué necesitamos? ¿Por qué nuestra joven y consumista democracia no despega? No culpemos solo a funcionarios y políticos porque también son pueblo y nosotros mismos los entronizamos en el poder. Es obligación de todos apostar al talento innato, comprometernos a servir a los demás con humilde y honesto desapego, cada quien según su condición. Pero a los funcionarios pido respetar la inteligencia del pueblo y, aceptando la dura realidad, presentar agendas creíbles de trabajo sin paraísos de oropel a la vuelta de la esquina, porque el trabajo es mucho y los obreros son escasos.A diferencia de Los Tres Chiflados, los salvadoreños sí tenemos astucia necesaria para salir del atolladero... pero astucia sin decencia, sin respeto, sin compasión, sin tolerancia, esa es la raíz de todas las desgracias del género humano.

martes, 2 de abril de 2013



Amigos, dejo este editorial para su consideración.
con gran afecto,

hugo villarroel ábrego.


No queremos mártires


La Prensa Gráfica, 2 de Abril de 2013


Por Hugo Villarroel Ábrego

Todos sabían que era inocente, pero eso no era importante. Sus enemigos querían matarlo y estaban dispuestos a pagar un alto precio. Al final, solo fue necesario un modesto desembolso y hacer presión en ciertos círculos de poder. 

                            
Pero antes de matarlo debía ser desprestigiado, humillado, ridiculizado y definido como criminal de la más baja ralea, para sentar un precedente: No se toleraría que nadie cuestionara la autoridad y el poder de los fariseos, por lo que se montó un juicio burdamente arreglado y la vida de Jesús de Nazaret quedó a merced de aquellos hipócritas que tan bien había descrito nuestro Señor: sepulcros blanqueados repletos de inmundicia, soberbia y corrupción. Los había denunciado cara a cara, desnudando su falta de caridad, su amor por el lujo y el trato preferente... Pero ante el Sanedrín tergiversaron su mensaje, pusieron palabras en su boca, sacaron sus enseñanzas de contexto y presentaron testigos falsos. Jesús enfrentó a sus detractores con humilde sabiduría, conocedor de que ni el Hijo de Dios Vivo podía librarse de la maldad de los hombres. Dos mil años después, en un mundo de libertad de expresión, declaraciones de derechos humanos, salvaguardas jurídicas para los debidos procesos y garantías constitucionales, el drama más grande de todos los tiempos se escenifica de manera cotidiana, una y otra vez. Monseñor Óscar Arnulfo Romero también irritó a muchas personas, denunció injusticias e iniquidades, se defendió con humildad, supo vencer el temor natural a la muerte y a sabiendas que su martirio era inminente, igual a Cristo, obedeció a su conciencia y a la voluntad del Padre Eterno, entrando en la inmortalidad hace treinta y tres años.

Han sido muchos los héroes caídos, defensores de la no violencia, de la reconciliación, de la resistencia pacífica ante los opresores... Mahatma Gandhi y Martin Luther King hacen presencia inmediata en nuestra memoria. El pensamiento humano evoluciona, las ciencias sociales y naturales se perfeccionan, la técnica ha domeñado gran parte del mundo natural y el ser humano se enseñorea de ese mismo mundo... Pero a nadie se le escapa que todos los días, en todas las latitudes, amparados en la impunidad del poder, enmarañados en una red de influencias y favores inconfesos, los mismos desalmados de siempre van a la caza de los campeones de la verdad y de los defensores de los humildes, de los desamparados, de los que no tienen voz. Muchos dan ejemplo de digno desempeño y noble corazón, legislan con bondad, juzgan sin parcialidad, hacen su trabajo con amor y humilde entrega, me consta, conozca muchos de ellos, honestos y decentes. Pero hay otros que medran en las tinieblas y, como lo dice Roger Waters: “Operan las oscuras y satánicas maquinarias que fabrican el infierno en la tierra”. ¿Por qué? Porque hay intereses inconfesables que escapan a la comprensión de los ciudadanos comunes y corrientes, como el que escribe. Afilan sus guillotinas para decapitar a todo aquel que exhiba los peligrosos síntomas que activan todas las alarmas: El buen pastor que apacienta sus ovejas, el justo juez que lucha por dar credibilidad al sistema, el político visionario que sueña con una sociedad menos hostil para con los humildes. Como dijo Cristo a Simón Pedro: “Mira que Satanás ha pedido permiso para sacudirlos a ustedes como trigo que se limpia”. El justo seguirá siendo probado frente al mal, hasta el fin de los tiempos.

Salvadoreños: justos e injustos somos todos hermanos. Haya perdón entre nosotros. Construyamos un país de personas inocentes, con espacio digno para todos, espacio quizá pequeño, quizá pobre, pero en el que no se requiera de mártires, nunca más.

martes, 5 de marzo de 2013


OPINIÓN

Hijos meritísimos

5 de Marzo de 2013 a la(s) 12:0 - Hugo Villarroel Ábrego


Un puñado de jovencitos logró la hazaña. No se esperaba tanto de ellos, nadie quería hacerse ilusiones, después de todo no se foguearon mucho y habían perdido casi todos los partidos amistosos. 

Con el agravante de jugar en terrenos hostiles, no era razonable ni probable para los entendidos en cosas del fútbol que la selección sub 20 de El Salvador rescatase algo más que una aguerrida pero discreta actuación en el campeonato regional que daba plazas para la copa mundial.

Cuando ganaron con grandes dificultades el primer encuentro, nadie se emocionó demasiado. Pero cuando los anfitriones los vapulearon llovieron los adjetivos hirientes y los improperios. Sin misericordia la crítica los tildaba de lentos, miedosos, torpes... Como si fuese digno de gente decente ofender cuando lo procedente era consolar, animar y aconsejar. Pero nuestros muchachos no se amilanaron y, dejando de lado el pánico escénico, se prepararon para el próximo partido, el juego de sus vidas. Nadie dijo que iba a ser fácil.

A falta de 45 minutos para decir adiós al torneo, perdiendo el juego clave, se requería de una serie de eventos extraordinarios para que el destino sonriera, por una vez en la vida, a nuestro pequeño país y sus gladiadores, casi unos niños. Todavía palpita con fuerza mi corazón al recordar cómo, derrochando facultades y pundonor, se marcaron tres anotaciones en la portería contraria para darle forma y consistencia al sueño histórico de asistir, por vez primera en la historia, a la copa mundial de la categoría. Visaron sus pasaportes para la cita en Turquía, sonriendo entre lágrimas, humildes en la victoria, sin creerse más ni menos que nadie, sin pretensiones, como buenos alumnos de un digno profesor, el director técnico, un viejo zorro de mil batallas con quien la patria está también en deuda. Es justo que ahora celebren, mientras los detractores de salón y los técnicos de cafetín sonríen, complacidos, no sé si un poco avergonzados en el fondo de su corazón.

No los conozco pero ya los quiero como si fueran mis hijos. No sé de sus defectos y virtudes más allá de lo futbolístico, pero desde ya los acepto como lo que son, seres humanos que aún están por demostrar lo mejor de su potencial, en un ambiente adverso, sin los merecidos incentivos que sus pares disfrutan en otras latitudes. Y no me importa lo que pase después de ese histórico encuentro futbolístico. Solo sé que soñar en grande cuesta igual que soñar en pequeño y, en los sueños colectivos de los salvadoreños, aspiramos a que nuestra voz también se escuche en el coro de los mejores jugadores del mundo. Y el escenario será muy lejos de casa, donde quizás se sientan muy solos... Tendremos que mimarlos para que nuestro afecto los arrulle en la distancia, aunque no debemos descuidar su disciplina, para que el fuego de su juventud no los consuma en inútiles desconcentraciones. Que no les falte nada para explotar al máximo sus facultades, pero que tampoco haya derroche: no queremos malcriarlos, en cambio aspiramos a perfeccionarlos en cuerpo y espíritu y eso demanda mesura y equilibrio.

Alcanzar la madurez futbolística implica prepararlos para lo previsible y lo imprevisible, lo justo y lo injusto, para ser dignos en la derrota y caballerosos en la victoria. Es nuestro deseo verlos crecer en talento sin comprometer su calidad y decencia, más allá del fútbol.

Ellos son nuestros hijos meritísimos. Héroes auténticos cuyos nombres y apellidos aún son extraños para la mayoría de los salvadoreños. Honor a quien honor merece y que Dios los colme de bendiciones por habernos dado tanta felicidad.

miércoles, 12 de diciembre de 2012




De la Maestría del Caos al Arte de lo Posible
12 de Diciembre de 2012 a la(s) 12:0 - Hugo Villarroel Ábrego
Cuando se habla de “caos” pensamos en desorden, confusión, comportamiento errático e impredecible.





En las religiones que dan una explicación de la génesis del universo, una fuerza superior derrota al caos e instaura un orden supremo. Es necesaria cierta estructura lógica para comprender cómo funciona el mundo, una noción mínima pero lógica para integrarse con éxito en un medio ambiente físico y social a menudo hostil y estresante.

En El Salvador, nuestra democracia en construcción, con la torpeza de un bebé, da sus primeros pasos de la mano de hermanos mayores que nos asisten con mayor o menor simpatía en el aprendizaje. Sobrevivimos a muchas calamidades dependiendo, eso sí, de préstamos, asistencia técnica, ayuda humanitaria y donativos. No es de extrañar que muchas cosas no funcionen o que nuestras gestiones e iniciativas causen resultados paradójicos o inesperados, sorprendiendo nuestra capacidad de comprensión. Caos, podría decirse. Pero ese caos es tan solo apariencia. Los poderes del Estado, en pugna constante, las controversias en la elección de funcionarios, las negociaciones más o menos públicas en torno al tema de seguridad, las disidencias tan publicitadas de algunos legisladores son algunos ejemplos de situaciones caóticas que podrían responder a agendas secretas. Por eso me gusta pensar que la obra teatral, el “reality show” que los políticos exhiben a la opinión pública no es otra cosa que una elaborada coreografía de marionetas: ellos tiran de los hilos siguiendo libretos ocultos dignos del Teatro del Absurdo... Pero coherentes o no con el elemental sentido común, estos montajes nos demuestran que la Política es la Maestría del Caos. Mientras deliberamos, estupefactos, tratando de armar un rompecabezas creíble, la acción de verdad ocurre tras bambalinas, inaccesible a la crítica justa y saludable que cada ciudadano tiene derecho a ejercer.No es una situación privativa de nuestro país, ni siquiera del Tercer Mundo. Donde quiera se ejerciten los músculos de los políticos podemos esperar espectáculos más o menos increíbles, caóticos, de modo que la antes citada comprensión del mundo, necesaria para una vida llena de sentido y propósito, está basada, según el criterio de muchos ciudadanos, en especial de los jóvenes, en una mezcla de nihilismo, incredulidad y desconfianza. La falta de transparencia deja demasiado a la imaginación del pueblo o, por el contrario, le priva de la materia prima con que se construye una cultura ciudadana: el acceso a la verdad... Aunque no convenga, aunque duela, aunque nos dé vergüenza.Con muchas asignaturas reprobadas pero con fe en una superación en todos los órdenes, también se debe reconocer en los políticos un potencial creativo para que las cosas funcionen. Así, la Política no sería tan solo la Maestría del Caos, sino el Arte de lo Posible. Y en un buen sentido, apelando al amor patriótico, haciendo un llamado a la honestidad y bondad, las cosas pueden mejorar en este país. El Salvador urge de gente resuelta, capaz de llamar las cosas por su nombre y ventilar con transparencia los puntos más urgentes de la agenda de país. No es correcto subestimar la capacidad de análisis y comprensión del pueblo: aunque el pan y circo de los antiguos estadistas aún tiene impacto para comprar el favor de las masas, estas ya no están engañadas y, conscientes de que por años se les ha estado comprando con baratijas, cada vez cotizan sus votos a un precio más y más elevado.
De la Maestría del Caos al Arte de lo Posible. Es un cambio de postura existencial que urge para un El Salvador pujante y saludable, del que todos podamos estar orgullosos.

lunes, 5 de noviembre de 2012


Se buscan héroes.




3 de Noviembre de 2012 - Hugo Villarroel Ábrego

La canción de David Bowie y Brian Eno dice: “Podemos ser héroes... Aunque sea por un día”. 




En el vídeo (un comercial de TV), niños y adultos disfrazados como héroes de cómic juegan y sirven alegremente a su comunidad. Enternecido, reflexiono... Cuando toca el desastre a nuestra puerta surgen lo mejor y lo peor de la condición humana. En los extremos, los idealistas empedernidos viven austeramente, refugiándose en la espiritualidad; otros, apelando a la supervivencia del más fuerte, se tornan depredadores. Inmersos en una cultura de campo de concentración, muchos procuran felicidad viviendo ilusiones de autonomía, pero prisioneros de sus miedos y necesidades de placer. En medio de la desolación surge el mito del héroe, de hombres y mujeres capaces de superar toda miseria para guiarnos hacia un destino mejor. La camiseta de héroe es codiciada pero es difícil dar el ancho, en especial cuando la ruta es cuesta arriba y se acarrea en las espaldas algo más que las propias penas. Estos luchadores honestos gozan de simpatía y admiración pero rara vez de auxilio real. Hasta los santos necesitan agua, pan y descanso, pero el oficio de salvador o rescatista rara vez da réditos materiales. En la naturaleza del héroe auténtico hay una visión universal, compasiva, altruista... Y cuando, guiado por su conciencia incorruptible, se ve obligado a romper con los poderes establecidos y nada contracorriente, pone en riesgo su propio prestigio y seguridad: Deja de ser útil al sistema y es justo en ese momento que todo su valor se pone a prueba.

En el currículum del héroe de la vida real no figuran poderes sobrehumanos ni coeficiente intelectual de genio ni una fortuna inmensa. Trabaja con tesón y amor, a menudo sin conciencia del impacto de su obra ni la calidad de su legado. Uno de los primeros héroes que he conocido fue Carlos Perdomo Vidal, mi profesor de sexto grado. Su simpatía y entusiasta estilo de docencia volvían la experiencia educativa algo electrizante. Me enseñó a creer en mi talento, pues a tan tierna edad no sabía si un día estaría a la altura de las expectativas propias y ajenas. Su influencia marcó un antes y un después en mi vida académica y me alentó a no claudicar en mis deseos, sin que él recibiera a cambio nada más que su humilde salario de maestro. Este artículo le rinde un tributo amoroso y más que merecido: Es y ha sido un héroe, mi héroe y el de muchos otros de sus alumnos.

Sí, urgimos de héroes de carne y hueso, modestos, firmes, decentes. Víctimas de la incertidumbre miramos en derredor, buscando mágicas intervenciones. Los no creyentes sonríen, escépticos. Alzamos la voz ante nuestras autoridades y líderes, a legisladores y ejecutores de la ley... Pedimos señales, pruebas fehacientes de que todo estará bien, garantías de paz y prosperidad. Angustiados, los creyentes piden favores a la divinidad, muchos mortificándose, expiando culpas. Pero la fe verdadera es como estar enamorado, no se requiere de una explicación para entenderla: se sabe que la respuesta a nuestros ruegos está ya escrita en el propio espíritu, desde el amanecer de la conciencia. Y la fe cambia el contenido mental, facilita la percepción de una realidad que desconoce de egoísmos y mezquindades, intrigas y falsedades. Vacía de prejuicios y deseos o temores, la mente rompe sus cadenas y se abre la puerta a la conciencia para ese viaje hacia integrarse con lo divino. Ahora ya son posibles los milagros. Y es entonces que llegamos a entenderlo: Sí, todos podemos ser héroes. Hoy y todos los días de nuestras vidas.