
Amig@s: Les presento una nueva historia de ficción que espero publicar junto con "El Ángel de Praga". Háganla circular, si desean imprímanla: Se aceptan comentarios.
SIETE DÍAS.
Un cuento por
Hugo Villaroel Ábrego
“Se me acaba el tiempo… Tienes siete días”.
Ella es madura, rígida, predecible, implacable. Demanda control absoluto, sin espacios para negociación o tregua. Vive la vida sin sutilezas, en blanco y negro, sintiéndose villana o heroína según el caso, sin términos medios.
“Estoy pensando desde hace meses, no llego a conclusiones y usted quiere que en siete días tome una decisión…”
Él es joven, maleable, voluble, tierno, Ella le da estructura, un anclaje a las cosas prosaicas. Pero él la pinta de colores, lima sus asperezas, suaviza sus ángulos. Se necesitan.
“Es tu problema. Te lo advertí.”
“¿Por qué tiene que ser así? ¿Acaso esta relación no significa nada para usted? Las cosas pueden seguir así, con bajo perfil, por tiempo indefinido…”
Ella sonríe, pero sin alegría.
“Lo significa todo, pero solo por siete días más, el tiempo no juega a mi favor”.
Él da un puñetazo contra la pared.
“No es posible que me trate de esa manera”.
Rueda sobre la cama hasta quedar boca arriba. Alza la vista y se encuentra con los ojos de ella, que está de pie, a un costado, vistiéndose con parsimonia. Él sabe que sí, que sí es posible que lo trate de esa manera. Se sienta en la cama, aún desnudo.
“Necesito tiempo… Sé que eso es precisamente lo que no tiene, tiempo, pero entienda, si voy a dejar a Manuelita necesito estar seguro de usted, de sus sentimientos… Por lo menos sé qué es lo que ella tiene en la cabeza… Usted es muy diferente a ella, demasiado diferente… y además la conoce muy bien, sabe cómo ella reaccionaría…
Ella le arroja la camisa en la cara.
“Vístete. No entiendes nada”.
Obedece. Termina de vestirse antes que ella porque lo hace con prisa, urgido, no sabe por qué, por salir de la habitación. Ella, ahora sentada en la cama, retoca su maquillaje forzando la vista: languidece la tarde y las sombras ganan terreno con rapidez. Ninguno parece interesado en encender el bombillo, como si la oscuridad fuera la señal de antemano convenida para un adiós que cada tarde es más y más agridulce.
Él se sienta a su lado, tragándose un orgullo que siempre fue tan débil como su convicción de saber para qué había venido al mundo, un mundo que desde niño se le antojaba sucio, hostil y aburrido.
“Sabe que me hace daño cuando actúa así”.
“Sí. Pero a ti solo te importa lo que sufres, nunca me has preguntado cómo me siento, lo indigno de mi situación”.
“Usted siempre está bien, siempre sabe qué hacer, es práctica, inteligente…”
“Sentimientos y principios, taradito, hablo de sentimientos y principios, algo de lo que creo careces… Manuela debe estar loca, no sé que vio en ti”.
Suaviza su gesto. De seguro, piensa, Manuela vio lo mismo que ella había visto. Sabe que no son tan diferentes como él quisiera creer. Guarda los cosméticos en el bolso y, abrazándolo con una ternura poco usual, lo besa en los labios, sin prisas ni lujuria. Parece un beso de amor, pero ya ni ella está segura de eso.
“No me gustan los papeles secundarios, no nací para actriz de reparto. Quiero que me pongas en marquesina, quiero ser la estrella de tu vida. Cuando me demuestres que puedes hacer eso conocerás cosas de mí que ni imaginas”.
No miente. Cada faceta de su vida está articulada con precisión de relojería. Tiene la respuesta justa para cada pregunta, el gesto correcto y la actitud apropiada en toda hora y momento. Haría y ha hecho cualquier cosa por él, pero odia depender de variables que no puede controlar: el instinto natural, por ejemplo. La vocecilla inoportuna de su conciencia, cada vez más irritante; la necesidad de esquivar miradas inoportunas, la diferencia de edades ―casi veinte años―, el escándalo inevitable que ve avecinarse, el tiempo ajeno, el talante anímico de su compañero de lecho, amante inexperto pero feroz al que ella ha ido adiestrando con sabiduría de gata brava y del que se ha vuelto adicta… Su enojo sin embargo no se nutre de esa dependencia. Cada día de calendario la preocupa más. Tiene miedo.
Ella se pone de pie, lo toma de la mano y lo invita, con un suave tirón, a incorporarse. No mostrará jamás su lado flaco, su temor a perderlo, aunque hoy lo haya disfrazado de retadora insolencia. Lo abraza fuerte y habla sin verle el rostro, concentrándose en la blanca y desnuda pared de la estancia.
“Manuelita anunciará oficialmente el compromiso en siete días. Antes que eso pase tendrás que tomar una decisión. Si la eliges me dejarás, yo rehago mi agenda, vuelvo a mi rutina, no ha pasado nada. No te niego que voy a estar furiosa por un tiempo, pero ya estás sobre aviso y también sabes que no me va a durar mucho, aunque jamás dejaré que vuelvas a ponerme un dedo encima” ―al decir esto afloja por un instante la tensión de sus brazos, sin querer― “Pero si quieres que nuestra relación siga le deberás decir, apenas la veas, que todo termina, le explicas por qué, no le mientas, ni modo, igual va a enterarse, y me llamas”.
“Y usted… ¿Está lista para aceptar mi decisión y las consecuencias, pase lo que pase?”
Ella lo suelta, lo mira a los ojos, arrepintiéndose casi de inmediato, pero le sostiene la mirada.
“No, no lo estoy. Pero lo estaré. Me conoces”.
***
No resulta fácil decir adiós. Él se siente incapaz de mantener a flote su autoestima, cañoneado sin clemencia por las demandas de una mujer que dice amarlo pero que exige trato de reina. Ella piensa que al desnudar sus necesidades ―no solo su cuerpo― frente a él, parte de su probable triunfo se ve opacado precisamente por haber tenido que forzar la situación.
Se despiden con otro abrazo, sin besarse. Dos automóviles arrancan sus motores y parten casi en sincronía, pero en direcciones opuestas. Tras el volante, cada uno hace recuento de lo ganado y perdido en la batalla. Él llora en silencio, sin amargura, un poco asustado. Ella se muerde el labio inferior hasta que el sabor a sangre le dice que las cosas van demasiado lejos.
***
“¿Más vino?”
Pregunta esperando una respuesta negativa.
Ella paladea las últimas gotas de Chablis que quedan en su copa.
“No… quiero agua”.
Ella bebe mientras él la observa, a medio camino entre sentirse intrigado y molesto. La semana pasó, literalmente, volando. Él intenta disimular el tráfico de sus ideas leyendo la carta de cafés mientras desliza su índice por el borde de la copa. Pide un latté, no tanto porque se le antoje sino para despachar rápido al mesero. Sabe que ella va a jugar su carta fuerte: no importa lo que él haya decidido… ella lo llevaría justo en la dirección que se le antojara.
“Te preguntarás a que se debe tanta sed”.
Él no está de humor para adivinanzas, pero debe seguirle el juego.
“Algo se trae usted entre manos… Y me preocupa, se lo confieso… No creo que sea nada bueno, pero no me haría esa pregunta si no tuviera muchas ganas de decírmelo”.
Ella sonríe, bebe otro sorbo de agua, apoya las palmas de ambas manos sobre la mesa y, levantándose ligeramente del asiento, le lanza una pregunta a quemarropa, sin piedad.
“¿Harías cualquier cosa por mí?”
Esperaba algo así. Sabe lo que debe responder, pero le enoja que sería mentira: estaba convencido que violentaría todas las leyes del universo si ella se lo pidiera, en especial esta noche. Ella sabría robarle el albedrío y la voluntad.
“No. Usted sabe que no”.
“Pero hasta la fecha no me has negado nada”.
Ella tiene razón. Cada capricho había sido, hasta este momento, satisfecho con prontitud. No podía antojársele algo porque él había corrido para complacerla. Ni las exigencias de sus clientes, ni su abultada cartera de proyectos ―abandonada desde hacía semanas― lo desvelaban: su único interés era ella y sus necesidades, reales o ficticias. El futuro anuncio de su boda con Manuela le había parecido, hasta hace una semana, un hecho nebuloso, casi ficticio. Ella, a su vez, apostaba doble contra nada que esa noche ganaría la partida.
Él no hace comentarios. El mozo sirve el café, da media vuelta y se retira: algo en el ambiente le advierte que su presencia no es oportuna. Él bebe su café a sorbitos. Piensa, pero una desazón interna le nubla el intelecto, la sensación de que no importa lo que diga o haga, todo acabará mal. Se lo dice. Termina su café y exclama:
“¡Maldito si lo hago, maldito si no lo hago!”
Ella se alisa la falda.
“Tu tiempo se acabó, mañana te comprometes o no te comprometes, aún hay tiempo para detener los preparativos”.
Lo señala con el índice.
“La bola está en tu lado de la cancha… Lo que tengas que decir dilo ya”.
No hay más café en la taza. Él suspira, resignado.
“Ayer, a las cinco de la tarde, después de siete días de preparativos a toda prisa, de espaldas a todo el mundo y tomando como testigos a dos ordenanzas del Juzgado, contraje matrimonio civil con Manuela. Anoche mismo fue mía, por vez primera… Debe haberle resultado extraño que ella no llegara a cenar a la hora habitual, haberla visto tan alegre y pasadita de tragos… Quizás su esposo y usted la hayan regañado… Pero ni modo… Felicidades, hemos emparentado… usted es ahora mi suegra”.
Ella no dice una sola palabra mientras pone la servilleta con delicada afectación sobre la mesa. Saca un par de billetes de su bolso, los arroja sobre la mesa y camina a la salida. Se le hace tarde. Mañana, rodeada de familiares y amigos de toda la vida, del brazo de su esposo, tendrá que hacer un anuncio formal a la élite de la sociedad local: Manuelita se casó de escondidas, ni modo, qué pena, ustedes comprenderán, los muchachos de hoy en día… Pero la ceremonia religiosa debería tener lugar muy pronto, y sería inolvidable, oficiada por Monseñor, el Arzobispo.
Cuando sube a su automóvil piensa que tendrá que encontrar una buena excusa para disimular las huellas de la noche de llanto interminable que ha comenzado justo en el momento de pisar a fondo el acelerador, con los ojos cerrados, la historia de su vida.
Cuanta pasión! que bien que triunfó la razón y la ilusión. Manuelita seguirá siendo víctima de esa madre de horror y él... no se encuentra la palabra para la bajeza. Mucha fuerza en los personajes, felicidades al escritor!
ResponderSuprimirQue bien.
ResponderSuprimirMoralista pero intenso en todo caso.
Terribles las mujeres, al menos las del cuento.