martes 10 de enero de 2012


A menudo nos sentimos aislados, inmersos en un mundo sombrío y hostil. Ya hemos hablado de eso, ha sido parte de tantas tertulias y discusiones que parece no ser relevante añadir más prosa sobre el tema. Y también con imágenes, pausas, sonidos y toda forma plástica, los artistas ponen de manifiesto, una y otra vez, la presencia de esta soledad existencial que parece envolverlo todo. Es cíclico para algunos, permanente para otros, pero cada uno de nosotros, en algún momento, se ha sentido solo. Y tenemos miedo a la soledad. Tenemos miedo a una sensación de aislamiento que parece oprimir el pecho y desquiciar nuestras mentes. Pero como a menudo ocurre con nuestros temores, no siempre hay fundamento para sentirse mal y la mayor parte de veces,estamos solos porque así lo queremos. Veamos:

En primer lugar, estar físicamente solo es, por necesidad un estado transitorio, no permanente. Es la generalización y exageración del perfil temporal de la realidad lo que nos hace sufrir. Aún en las circunstancias más críticas que podamos imaginar, la soledad y aislamiento absolutos no existen. Y estas condiciones tan críticas solo ocurren de manera muy excepcional en la vida de muy pocos seres humanos.
Segundo, la única manera de contemplar nuestro interior, adentrarnos en nuestra mente y comprendernos como seres pensantes es el aislamiento. Un aislamiento que incluye, según muchos maestros de la meditación han explicado, una indispensable desconexión sensorial. Tal desconexión podría angustiar a muchos, ya que la contaminación visual y auditiva nos avasalla minuto a minuto y hemos no solo llegado a tolerar este tumulto de estímulos sino que se ha vuelto una adictiva necesidad. Así, si queremos saber quienes somos, deberemos ver hacia adentro y hacerlo en paz, silencio y, por supuesto, aislados. Aislados y no necesariamente solos, pues hay personas que pueden sentirse agobiados por la soledad rodeados de multitudes y hay otras que, físicamente apartadas de otras personas, se sienten sin embargo en paz, comunión y armonía con toda la humanidad.
Si se desconecta el ruido de fondo y frenamos el ímpetu de nuestros actos, aún el libre fluir de la imaginación podremos ver, bajo la luz propia que todos podemos emitir, la verdadera naturaleza de las cosas. Entonces llegamos a una conclusión fundamental que parece obvia pero a casi siempre, al darla por sentada, pasamos por alto: "Soy un ser humano. Quiero ser parte de esta especie. Quiero ser feliz". Lo trágico de todo esto es que vivimos deseando felicidad para los demás y rogamos por ella para nosotros... Como si la felicidad fuese un don que cae de lo alto, como un regalo, como un maná vital. El milagro ya está hecho: podemos ser felices si queremos y si nos ejercitamos para ello. Felices aún en medio de la adversidad, del sufrimiento cotidiano, aún sabiendo que la muerte levantará cosecha una y otra vez y no quedará ninguno de nosotros a salvo. Ser feliz es un acto de fe pero a la vez una toma de posición, una posición existencial firme basada en la compasión (no lástima sino identificación plena), la paciencia, la tolerancia y el amor. A esto nuestros profetas le llamaban "Sabiduría". No es un anuncio que se hace al mundo: No se dice "soy feliz", por decreto. Se vive feliz haciendo cosas felices, sirviendo al que necesita, asistiendo al ser humano en conflicto, aceptando las penas que nunca son ajenas porque de alguna manera también podrán ser nuestras algún día... Esto es el verdadero amor, que leva a la paz, Nirvana, Iluminación, Estado de Gracia, como quieran llamarle.
No hablo de religiosodad, sino de espiritualidad. Yo he encontrado mis respuestas en Jesús de Nazaret, y eso que soy un fanático de las ciencias psiquiátricas, en especial del análisis transaccional. Otros siguen buscando, o han encontrado en otros grandes espíritus, sus propias respuestas. Solo pido que antes de hacer el próximo movimiento en nuestras vidas pensemos: ¿Estoy siendo honesto? ¿Tengo buenas intenciones? ¿Lo que voy a hacer será constructivo para el mundo? No queremos llegar a la parálisis absoluta: mientras más y más ejercitemos el alma en pensar positivo, menos mecánico será el proceso y mayor gozo habrá en nuestras vidas.

Con gran afecto para los que me leen

Hugo Vilarroel Ábrego.


sábado 3 de diciembre de 2011

SER LIBRES...


La libertad, ese derecho que damos por descontado. Ese libre tránsito físico y de pensamiento tan poco valorado por lo cotidiano y gratuito... ¿Se puede ser libre? ¿En un mundo cono éste donde a medida que estrechamos y reforzamos el cerco de seguridad a nuestro alrededor vamos recortando, al mismo tiempo, nuestro espacio vital, nuestro campo de juego? ¿Cuándo empezamos a tener miedo, tanto miedo que ya no sabemos a qué temer porque le tememos a todo? Hay incertidumbre, ansiedad flotando, miedo a un futuro que, por estar en construcción, añoramos torcer con ventaja propia...
Basta. Fe y conocimiento, las bases de la sabiduría, son los antídotos universales. Toda comprensión de lo evitable y aún de lo inevitable ayuda a entender este miedo invalidante, aceptarlo como propio, cortejarlo, mentarle la madre y arrugarlo en un puño... este es el principio del fin de toda infelicidad. 

Hasta pronto, no teman. Se puede ser libre aún en cautiverio físico... Pero también se puede ser un prisionero sin que nadie restrinja el paso en ninguna dirección. Recuerden, se nos ha dado el mundo en heredad.

Hugo.

sábado 24 de septiembre de 2011






Nueva entrada: "El Corrido de Santo Moro".

Amigos:

Vean esta curiosa obra de arte... Fotografié esta pintura en el Centro Pompidou de París, hace apenas tres semanas: Se titula "Aquiles llora la muerte de Patroclo", de Cy Twombly. Es difícil imaginar una representación que sea, a la vez, menos abstracta y más conmovedora.


Twombly pinta dos manchas sobre el lienzo casi desnudo. Es descaradamente minimalista, malditamente original. La gigantesca y fúrica figura de Aquiles brama de dolor sobre el desvaído y apagado garabato: el cadáver de Patroclo.
Un sueño: un día escribir como Twombly pinta.
Mientras, aquí está este cuento, para todos ustedes, con amor.

Hugo Villarroel.

EL CORRIDO DE SANTO MORO.

       Después de medianoche nadie frecuenta la fonda, excepto los camioneros, con el inevitable cortejo de prostitutas y contrabandistas. El destartalado puesto de aduana y dos docenas de casuchas completan la aldea fronteriza, cortada a la mitad por la carretera, polvorienta en verano, lodazal en invierno. Aún sin la certeza de tener clientes, María Juana mantiene la barra limpia y algo de comida, cerveza fría y café caliente, “por si las moscas”, como acostumbra decirse a sí misma, con una sonrisa.
       Los camioneros la llamaban Marijuana, con un dejo socarrón que a ella le caía en gracia. Nunca se supo quién un día se refirió a ella como “Porrito”, pero como sonaba masculino rápidamente pasó a ser “La Porrito”. Es que personas como ella nunca pasan desapercibidas. Llegó en el invierno del setenta y seis, con una maleta de cuero en cada mano, empapada pero feliz. Con una llave enorme y enmohecida abrió el candado de la puerta del que sigue siendo su hogar y lugar de trabajo. No se molestó en ponerle nombre. Los aromas de la cocina pronto atrajeron clientes. Ni siquiera necesitó de un permiso para vender cerveza, pues los mismos soldados del destacamento se la traían (y traen) de contrabando. Hermana para muchos, una madre para los chiquillos —a los que disfruta malcriando con golosinas— si no llegó a alcaldesa del mísero municipio fue por su propia férrea oposición:
       “Sólo quiero gobernarme a mí misma”.
       No faltaron pretendientes de todas las calañas imaginables. Quizá sea muy pálida, nariguda y tenga esa mirada de azoro permanente, concedido, pero es alta, esbelta y en un tiempo su cabello fue hermoso, negrísimo. Rechazó sistemáticamente a todos, sin dar explicaciones ni darse aires de inaccesible. Le gusta su solitaria libertad o su libre soledad, como quiera verse, y parecería, a sus cuarenta y tantos, que de necesitar a alguien sería más de un cómplice que de un amante. Contrario a lo común, nunca ha sido víctima de la maledicencia y nadie se atreve a criticarla, lo cual explica que ella no sienta urgencias de huir de un lugar tan aburrido, feo e insalubre como Santo Moro del Pedregal.
       Esta mañana despertó ansiosa. Se duchó antes de las cuatro para tener listos los desayunos, deseando que hubiera pocos clientes para pensar mejor. Pero la jornada fue durísima y aunque servir el almuerzo prometía desbordar sus posibilidades y las de sus dos empleadas, soportó con más estoicismo de lo usual la avalancha de pedidos. Antes de las dos dio el día libre a las muchachas. Intrigadas, se abstuvieron de preguntar, alegres porque podrían irse a dominguear más temprano con sus maridos. La Porrito apenas había roído una tortilla de maíz  cuando terminó de lavar los trastos. Ya tendría tiempo de comer con calma.
       Cansada, se retira a su alcoba. Sobre la cabecera de su cama, pendiente de un clavo, está un crucifijo de madera. Se pone de rodillas en el piso, de frente al Cristo, apoyando los codos sobre el colchón.
      
“…Conviértelos, Dios mío, en hojarasca,
En paja que arrebata el vendaval.
Como fuego que abrasa la maleza
Como llama que devora montañas,
Persíguelos así con tu tormenta,
Llénalos de terror con tu huracán.
Cubre sus rostros de ignominia
Para que busquen tu nombre, Yahvé…”

       Se santigua despacio y ora en silencio por un minuto más. Ve el reloj de la mesita de noche. Un escalofrío le recorre desde la nuca hasta la base de la espalda. Aprieta los párpados, suspira. Con la mano derecha se masajea el pecho, sobre su corazón, como si así pudiera sosegarlo, con caricias. Es su día y no se siente preparada, necesita apuntalar su desconfianza, su miedo. Recuerda, pero las imágenes que empiezan a acudir a su mente la abruman en vez de envalentonarla. “Recordar es volver a vivir” decía el locutor de su programa de radio favorito, pero hacía mucho que esa simple verdad no la impactaba con la fuerza suficiente como para secarle la garganta y humedecerle las palmas de sus manos. Las lleva al rostro y las retira de inmediato: están frías. Necesita algo más tangible. Incorporándose casi de un salto, sale de la alcoba y baja hasta el desván. No tarda ni un minuto en encontrar el cofrecito de madera en donde guarda, celosa de cualquier otra mirada, un puñado de minúsculas fotografías. Sabe de memoria los catorce nombres, los apellidos y los oficios; escruta las facciones en blanco y negro, la palidez de los rostros. Echa de menos la chispa de Marcela, la picardía de Dimas, la coqueta caída de párpados de Martina…. Ya no se indigna, superó eso hace mucho, solo le duele y es un dolor rebelde a cualquier analgésico pero de aquellos que no desesperan. Solo al meditar en las penas del hombre clavado en la cruz encuentra la paz necesaria para construirse una vida. Y aunque es inmune al olvido es feliz, tanto que ha llegado a pensar que tiene la vida resuelta, o algo como eso.
       Cierra el cofre y besa la tapa. Cuando llega a la planta principal descubre que todas las luces están encendidas. “Mejor” —piensa—. Alcanza el periódico y se sienta a llenar el crucigrama, de frente a la entrada de la fonda. No tiene prisa y no siente más los latidos del corazón. Esperará allí hasta el amanecer si es necesario, eso había prometido a la voz que apenas anoche, del otro lado del teléfono, le había asegurado la inminente llegada del Coronel Emeterio Valdés y Rubalcava.

***

       Tocan la puerta según lo convenido. No son ni las once. La Guardia hace ronda hasta medianoche pero siempre vienen a tomar café, algo que debía evitarse para el bien de Emeterio Valdés.
       “Porrito, soy yo”.
       Es la voz que espera. Abre la puerta. Está tranquila, tanto que María Juana se asusta de sí misma. No se ven ni las manos. Frente a la fonda hay un farol, esta noche está apagado. Alguien hizo el sabotaje a cambio de  cinco pesos y un desayuno.
       “¿Ya está aquí?”
       “A media cuadra… ¿Estás sola?”
       Ella dice que sí con la cabeza. Va a la mesa, abre el bolso y saca un billete.
       “No Porrito, no quiero nada. Mi paga es ayudarte”.
       Lo besa en la mejilla, con fuerza desacostumbrada.
       “Gracias papito, tráelo ya, rápido”.
       No ha pasado un minuto cuando Emeterio emerge de entre la sombra. La imagen residual que guardaba de él no se parece  en nada al rostro pálido, redondo, porcino, sin afeitar que entra a la fonda. Ella lo recuerda altivo, desdeñoso, impecable el uniforme, tachonado de galones y medallas, con ese hálito de agua de colonia que empapaba todo el cuarto de interrogatorios del Cuartel de la Primera Brigada de Fusileros.
       “Gracias…”
       Mira a izquierda y derecha, espantado. Tiembla a pesar del bochorno de la noche sin brisa. Entra casi de un salto y estrecha la mano de su anfitriona.
       “Tome asiento. ¿Ya cenó?”
       “No, gracias de nuevo —dice, tartamudeando—, pero no tengo hambre”.
       Es obvio que no la ha reconocido. Pero es que han pasado más de diez años. Y la última vez que se vieron él ni siquiera reparó en sus ojos casi grises, el cabello recogido en un moño y sus labios anhelantes. “No los conozco” había dicho el coronel Emeterio Valdés cuando ella puso sobre el escritorio una lista de nombres y un puñado de fotografías, las mismas que ahora envejecían en el cofre.
       La Porrito sirve dos tazas de café sobre la mesita en que había esperado por casi dos horas. Alarga a su visitante una cuchara y un frasco de vidrio con azúcar. A Valdés le tiembla el pulso cuando se sirve azúcar y solo parece calmarse un poco cuando se calienta las manos con la taza.
       “Algún día le pagaré por esto, se lo prometo”.
       Ella lo mira sin parpadear. Bebe un sorbo de café y sin soltar la taza le pregunta:
       “¿Quiere irse a dormir?”
       Le había reservado su propia alcoba.
       Él niega con la cabeza, al borde de las lágrimas.
       “No he podido dormir… Apenas cierro los ojos tengo pesadillas horribles…”
       María Juana se incorpora, toma una copa de cristal del aparador y se dirige al bar, oculto en la trastienda. Llena la copa hasta la mitad con anís del mono. Vierte unas gotas de un líquido ambarino —el frasco no tiene viñeta—  y saca del bolsillo de su delantal una píldora diminuta. Regresa al comedor y, mientras pulveriza la droga entre los dedos de su mano derecha, revuelve el “cóctel” con una cucharilla de plata.
       “Tómelo todo, de un sorbo… Y suba de inmediato, en diez minutos caerá como piedra… dormirá de un tirón y sin soñar”.

***

       Después de quince días Valdés se sintió hombre nuevo. No quiso irse cuando los contrabandistas de tabaco llegaron por él: su intuición le decía que su oportunidad para una vida nueva no estaba al otro lado de la frontera, como había imaginado en un principio. Desconfiado por naturaleza, fue la primera noche de sueño en la casa de María Juana la que le abrió las puertas a una percepción distinta de las cosas. No salió de la alcoba durante tres días pero, apenas asomó la nariz por la cocina y el comedor, recuperó el apetito y, poco después, algunos de los kilos perdidos durante sus días de fugitivo.
       Habían convenido en que se presentaría como su hermano Jacobo, un viudo sin hijos urgido de compañía, buscando un nuevo hogar. Inventaron la patraña en el momento justo que él decidió quedarse: urgía una historia creíble pero fue lo mejor que se les ocurrió. Pero cuando esa misma noche María Juana meditó en las implicaciones posibles algo se agitó en su pecho y ya no pudo dormir. Pensó que era perfecto.

***

       Casi tres meses después Emeterio —Jacobo— se lleva bien con las empleadas. Cortés, respetuoso, parecía feliz cortando leña, lavando platos o pelando las verduras. Ellas no cuestionan la presencia inédita de un hombre en casa: la palabra de Porrito es ley.
       “Mari, necesitamos carbón”.
       Primero esas necesidades le eran ajenas: “Necesita gas, le hace falta leña…” Ahora eran cosa de todos: “necesitamos…”
       Porrito sonríe.
       “El carbón escasea por acá. Busque un camioncito y traiga carbón para tres meses al menos. Váyase ya para que no se le haga noche, agarre plata de la gaveta, con ciento cincuenta le alcanza. Apúrese, que esta noche hay fiesta en el pueblo y usted está invitado”.
       María Juana se despide agitando ambas manos hasta que la estela de polvo empieza a asentar en el camino. Entra a la casa y marca con parsimonia un número de teléfono.
       “Será esta noche. Tráigase a todos. Y háblele a Los Primos”.
      Cuelga sin esperar respuesta.

***

       Los cuatro Primos atacan otro corrido. La gente baila en el parque a la luz de una larguísima guirnalda de bombillos. Nunca, sobre la faz del mundo, había hecho tanto calor.
       “¿Otra cerveza?”
       Dice que sí.
       Es la séptima, quizás la octava. Valdés nunca bebe tanto, pero todos están de fiesta —no tiene idea por qué— y él, por primera vez en mucho tiempo, es feliz.
       “Gracias, Porrito, no sé cómo pagarle”.
       Ella se puso seria.

Escuchen, señores,
Escuchen, señores,
Mi último canto,
Que destila llanto.
Los viles traidores
Segaron la vida
Que fue muy querida
De los sembradores.

       “Yo sé cómo”.
       “¿Perdone?”
       “Venga”.
       Lo toma del brazo y con suavidad lo lleva al pie de la tarima.
       “Subamos”.
       Se pone pálido y algo se mueve en sus intestinos.
       “¿Por qué? Me pueden reconocer… Además ni me imagino la causa de este bailongo…”
       “Nomás oiga a Los Primos…”

Mi compa dice sonriendo
Me tienen que preparar
Una buena fiestecita
Muy pronto allá en… El Pedregal
 
—Aplausos, vítores—
 
A la banda de Los Primos
En vivo quiero escuchar
 
—Más aplausos, algunos ajúas
 
El gallo sigue cantando
Aunque no está en su corral
Para todos los traidores
Hay reservado un lugar
Cuando el rio suena hay agua
No se les vaya a olvidar…

       La Porrito hace una señal y la música cesa. Los Primos, como si toda la noche hubieran estado esperando ese momento dejan los instrumentos en la tarima y apagan uno por uno los micrófonos. El acordeón emite un último quejido al sentirse abandonado. La gente se acerca en silencio, formando semicírculos concéntricos. Ella sube, sin ayuda, y con un gesto llama a Emeterio Valdés, que no se atreve a desairarla delante de las ciento y tantas personas allí apretujadas y calladas.
       “Amigos, gracias por venir —alza los brazos y mira a todos en derredor—…  Esta fiesta es mi regalo para ustedes, mi muestra de gratitud por todos estos años… Cuando vine yo no era nadie, estaba vacía, casi muerta… Pero este pueblo, ustedes… Ustedes me devolvieron las ganas de vivir…”
       Aplausos y vivas.
       Emeterio Valdés quisiera ser invisible o transparente, pero después de su angustia inicial está cada vez más tranquilo: nadie parece fijarse en su insignificante estampa. Se encoge de hombros al acordarse, con tristeza, de cómo era la envidia de la oficialidad allá en el Estado Mayor: tan galante, altivo, dueño de sí mismo y de las vidas de todo mundo a su alrededor.
       “Hasta creí ser feliz… Pero los recuerdos volvían, una y otra vez. Ustedes saben —alza las manos de nuevo, las palmas hacia arriba—, ustedes, todos y cada uno saben mi historia. No soy buena para olvidar.  Por eso —alza la voz—… Por eso nunca pude olvidarlo a él”.
       Todas las miradas convergen en Emeterio.
       Él mira a la Porrito, que aún lo señala con el índice. No entiende, hace un esfuerzo por comprender. Casi pierde el sentido cuando, segundos después,  todas las piezas encajan. Un día soñó con desarmar su existencia entera, partir su historia en mil trocitos, tirarlos al piso, recogerlos uno por uno, al azar, recomponer el rompecabezas y comenzar a vivir desde cero.
       Ella ha cambiado, piensa. Cuando la vio por primera vez era otra, su voz sonaba distinta, su mirada era altiva. Por eso la reconoce hasta ahora, porque sus ojos vuelven a brillar igual que aquella tarde cuando él le dijo que no conocía a ninguno de los que ella llamaba “sus seres queridos”. A él no le importaron sus protestas. Chasqueó los dedos y se la llevaron, como si nada. Con los otros, los de las fotografías. Todos ellos eran poca cosa, indios campesinos brutos, nada, la mierda que salpica los zapatos cuando pateas traseros. De todos modos eso quería ella, verlos. Quiso disuadirla, cuando la llevaran con lo que quedaba de ellos tendría que entender que el daño estaba hecho, que ni siquiera él podría juntar los pedazos y revivirlos… “Juego a Dios sin ser Dios”, decía, “y a él no le importa”.
       No supo más de ella, no valía la pena ni preguntar, las órdenes eran claras.
       “Cuando se aburrieron de mí, después de varios turnos para cada uno, me tiraron a esa celda.  Me defendí pero terminé pidiendo piedad, para que no me siguieran pegando. Dijeron: ‘Te dejamos tus muertitos para que puedas llorarlos’. Y cerraron la puerta. Y sí que los lloré, los lloré tanto que no he podido volver a llorar en la vida. Y perdí la cuenta de los días… Han pasado años, pero aún siento ese olor, lo llevo impregnado en el alma, en cada rincón de este cuerpo que no se pudo morir…”
       Emeterio siente que lo toman de los brazos, se deja llevar. Quiere decir algo pero no puede, o no quiere. Alguien —uno de Los Primos, quizá— arrastra una silla al centro del escenario y lo sientan allí. Su mirada vaga sin atreverse a enfocar ningún rostro en particular.
       “Tráiganlos”.
       Catorce personas desfilan, a paso de procesión, frente a la tarima. Cada una de ellas lleva en alto un cartel y en cada cartel hay una fotografía ampliada. Al pie de cada foto un nombre. Frente a Emeterio Valdés, cada uno grita el nombre y hunde el mástil de su cartel en la tierra húmeda, justo frente a los ojos del prisionero.
       Valdez quiere pensar lo que va a decir. Sus sentidos devoran todo a su alrededor: mira, oye, huele. Le han hecho trampa con las piezas del rompecabezas, solo para joderlo.
       “Coronel, tiene la palabra, le concedemos el derecho a su propia defensa”.
       Se concentra en los ojos grises de María Juana. Quiere ver odio, rabia, quizá lágrimas. No encuentra en ellos lo que busca.
       “Solo quiero decir que necesito que me escuchen en confesión”.
       Nadie dijo nada por algunos segundos. Rechinaron las tablas cuando un hombre flaco y demasiado calvo para su edad subió a la tarima. Vestía de paisano.
       “¿Lo permite, Porrito?”
       Ella sonríe.
       “Sí, padre”.
       La multitud persiste en silencioso respeto.
       El sacerdote murmura al oído de Valdez y él le contesta del mismo modo.
       “Este señor dice que se confesará en público”.
       Habla y habla. De su malentendido coraje, de su fama de hombre implacable, sordo a la súplica, pronto a la cólera; habla de su mano al cinto, siempre acariciando la culata del revólver, listo para los tiros de gracia con que finiquitaba todo aquello que violentara su visión del mundo y la de sus amos.
       “…Yo no podía ser de otro modo. Ahora, ahora que cayó el régimen, que mis jefes ya no mandan, ahora que he estado del lado de los perseguidos, ahora que lo he perdido todo, que me busca la justicia… Ahora entiendo. Pero es tarde… demasiado tarde para ellos —señala las fotografías— y demasiado tarde para mí. Creí, en estas semanas, que había encontrado la redención, pero estaba escrito —baja la mirada, se humedecen sus ojos enrojecidos— que un día iba a pagar por todo. No merezco que me perdonen, pero aún así, humildemente, me pongo en sus manos. Estoy cansado —apenas puede sostenerse en la silla, aplastado por el peso de sus revelaciones—… ya no puedo más”.
       Cierra los ojos y guarda silencio.
       “Yo lo perdono, Emeterio Valdez”.
       Nadie mira al coronel. Todos miran a La Porrito.
       Emeterio suspira y comienza a llorar, callado, escondiendo el rostro y las manos entre sus rodillas.
       “Es mandato del Señor —aclara—. Pero no puedo hablar por ellos… —con el brazo extendido señala uno por uno a sus difuntos— Ni mis papás, Juan y María, ni Reina, ni Adelita, mis hermanas; ni Marcelita, ni Don Tadeo, ni Dimas, ni Ángela... ¿Cómo saber? Eran buenos cristianos, ustedes nunca supieron de ellos hasta que yo les conté mi historia, pero les puedo jurar que también, sin duda, ellos podrían perdonar a este hombre… Sí, dije hombre, porque era un chacal y ahora ha vuelto a ser persona, todo por la misericordia de mi Señor…”
       Emeterio mira fijamente a la Porrito, sin saber qué hacer o decir.
       “¡Coronel Emeterio Valdez y Rubalcava! Ya se confesó… Ahora cumpla la penitencia. Venga con nosotros, si Dios así lo quiere, salvará su vida y su alma inmortal… Muchachos…”
       Emeterio se ve alzado con todo y silla. En silencio, la multitud contempla el laborioso proceso de bajarlo de la tarima. Luego, a paso de procesión, con velas encendidas, lo escoltan en dirección al puente fronterizo que él, semanas atrás, se había negado a cruzar. La Porrito, encabezando al pueblo, saluda por sus nombres a los guardias, apostados a izquierda y derecha del puente. Desde allí la escoltan unos doscientos metros hasta llegar  a la mitad del puente, justo en la frontera.  Emeterio, tan intrigado que hasta se ha olvidado por el momento de su pena, murmura...
       “El exilio…”
       Se detienen y lo bajan. Un guardia, a una señal de La Porrito, le venda los ojos con un pañuelo. El sacerdote murmura y le impone las manos. El otro guardia lo ata a la silla pasándole las manos a la espalda, firme pero sin brusquedad, casi con piedad.
       “Les juro que no me volverán a ver…”
       El río, impetuoso, arrastra y hace entrechocar las piedras. El cloqueo suena a huesos náufragos, arrastrados por la corriente, fracturándose una y otra vez hasta convertirse en astillas.
       “Eso no depende de ti, ni de nosotros, hijo”.
       La Porrito lo toma de los hombros. Emeterio huele su perfume de nardos, tan próxima está.
       “Como dice el padre, coronel, esta es la ordalía del Señor. Si Él quiere será usted salvo y superará esta prueba… Si su fe es perfecta no sufrirá perjuicio alguno… Como era en un principio, ahora y siempre…”
       La multitud contesta al unísono:
       “Por los siglos de los siglos…”
       Se siente otra vez alzado, con todo y silla. La brisa helada le azota el rostro. Luego ingravidez y un vacío en el vientre. Y entonces comprende. Pero veinte metros en caída libre apenas le dan tiempo para una sola idea:
       “No… No me alcanza la fe…”


¡Adiós! me despido
Con este corrido;
Dormirá mi canto
Pidiendo venganza… 
Pa´ todos los traidores
Hay reservado un lugar
Cuando el rio suena 
Hay agua
No se les vaya a olvidar…
 
 

FIN


jueves 5 de mayo de 2011

La Tregua



―Comandante…
Dejó de escarbarse los dientes y miró al soldado raso que temblaba frente a su escritorio.
Le irritó que el muchachito oliera a miedo.
―Cuádrese, pendejo.
El taconazo asustó al centinela que asomó por la puerta, intrigado.
―Ahora diga qué quiere.
No necesitaba que le dijeran. A medianoche los centinelas habían avistado media docena de hogueras en semicírculo, al otro lado del puente que empalmaba la calle principal del pueblo con la carretera del Litoral. No eran ni las dos de la mañana cuando el número de hogueras se había triplicado.
―…quizá sean unos doscientos hombres, no estamos seguros.
―Está bueno. Retírese.
El soldado ―lampiño, flaco y de mirada triste― se quedó clavado al piso de tablas de la estancia.
Blas Martínez, subteniente de infantería y comandante cantonal, disfrazó de cólera su habitual melancolía. Solo quería desayunar y pasar revista, todo antes que dieran las cinco. Aún así no alzó la voz.
―Me escuchó. ¿Por qué sigue aquí? Usted es Varela, estoy seguro.
―Sí comandante ―se frotaba las manos―, soy Varela… Solo espero órdenes, digo ―se envalentonó―… con estas noticias… esperaba que me diera instrucciones….
―Sí te di una orden… Que te fueras al carajo de aquí, tarado.
Varela cerró los ojos, dio la media vuelta, taconeó con estrépito y se retiró, desvalido pero conforme con su destino, como oveja sin pastor y rodeada de lobos.
Blas era tieso, frío y parco, como lagarto. Se atusaba el bigote hasta hacerse daño, pero solo cuando creía que nadie lo estaba viendo. La carátula de su reloj tenía unos números romanos enormes. Antes muerto que dejarse ver con gafas. Las cero quinientas. Se levantó de la silla, estiró las piernas y bebió de una botella de cerveza tibia que alguien —quizá él mismo— había dejado olvidada sobre el que había sido el escritorio del alcalde.
―Miguelito, venga.
El centinela entró a la oficina, interrogando con la mirada.
―Comandante.
Limpió el gollete de la botella con la manga.
―Venga, tómese un trago. Nos vamos a pasar revista, hay que organizar la defensa… Pero antes…
El cabo Miguel enarcó las cejas. Conocía al comandante y esperaba alguna salida excéntrica.
―Que alguien me caliente la carne que quedó de anoche.
El cabo suspiró, aliviado.
***
―Nos superan quizás diez o veinte a uno…
Blas no se inmutó o al menos fingió indiferencia.
―…Pero nuestra posición es ventajosa, Miguel.
El Comandante escupió.
―Miren… Estamos en altura, dominamos el valle. Además hay pantanos por todos lados… excepto justo acá ―extendió el brazo derecho, en dirección al puente―, y los tenemos a tiro.
Miguel Mancía acarició el cañón de su fusil de asalto G3.
―Se forma un cuello de botella de este lado del puente. No pueden apostar más de tres o cuatro tiradores a la vez mientras nosotros practicamos tiro al blanco.
―No me has dicho de cuánta munición tenemos.
El cabo se rascó la nuca. No sabía mentir, al menos de manera convincente.
―Si no tiramos a lo loco podríamos aguantar dos o tres días.
Blas apretó los dientes. Nunca había estado bajo sitio.
Miraron al norte. Desde la terraza de la Alcaldía la vista era excelente y tan solo las copas de algunos almendros achaparrados estorbaban al escrutinio de los binoculares. Amanecía y las estrellas se apagaban, casi al mismo ritmo de las hogueras de los rebeldes. El campamento asentaba a menos de un kilómetro del río, fuera del alcance de sus rifles. A punto estaba Blas de ofrecer un cigarrillo a Miguel cuando, emergiendo de la bruma, caminando con cautela, un hombre alto de barba cerrada comenzó a cruzar el puente, agitando una pañoleta blanca. El cabo y el subteniente se miraron. Desde el tejado se escucharon los chasquidos del armamento de los francotiradores.
―Que no disparen.
Miguel asintió con la cabeza y repitió la orden, alzando la voz.
El visitante caminaba sin dejar de agitar la pañoleta con la mano izquierda. No se detuvo hasta llegar frente a la entrada de la Alcaldía.
―Soy el Comandante Baltasar, Comandante del Brazo Armado Popular y vengo en son de paz para parlamentar.
Estaba tan cerca que no necesitó alzar la voz para hacerse escuchar.
―Soy el Comandante Blas Martínez… Le sobran cojones, le falta cerebro o ambas cosas…
Baltasar no pudo contener una risotada.
―No olvidaré su frase… Pero tampoco quiero olvidar el por qué de mi visita.
Blas lo escrutó. Baltasar vestía uniforme verde olivo camuflajeado y botas Goohill recién lustradas. No usaba gorra pero llevaba una pañoleta roja anudada al cuello. El insurgente sonreía, con el auténtico deseo de ser agradable. Hizo un gesto amistoso con sus manos, de uñas impecables, tanto como su barba, recortada con esmero. Parecía fuera de lugar, tan anómalo como un payaso en un funeral.
―Disculpe si no lo hago pasar― Blas fracasó, y lo sabía, en su intento de no parecer irónico.
―Al contrario, se lo agradezco, quiero hablar en privado ―su voz pasó a ser un susurro―… Lo que voy a proponer, si usted acepta, quizá no sea del agrado de toda su gente.
Cerró la frase ya sin sonreír pero tampoco fingiendo seriedad.
Blas enlazó sus manos atrás de la espalda y miró la punta de sus botas polvorientas. Casi montó en cólera al descubrir que el recluta encargado de prepararle el uniforme ―maldito Varela― lo estaba haciendo quedar en ridículo de frente al enemigo. Dejó eso de lado no sin esfuerzo y miró a Baltasar con un poco más de detenimiento. Algo le resultaba familiar en esas facciones… “Ninguno de los dos ha llegado a los cuarenta años”, pensó.
―Vamos.
Caminaron hacia donde el índice de Blas había señalado, a una pequeña glorieta en el centro del parque, veinte pasos al poniente del edificio de la Alcaldía. Con un ademán enérgico frenó las intenciones del cabo Miguel de escoltarlos.
―Tranquilo.
Comenzaron a platicar. Morían de calor a pesar de lo temprano, nada raro para esas latitudes. Blas, intrigado, hizo una pregunta.
―Usted es de por acá, ¿verdad?
―De hecho somos paisanos. Nací en este pueblo...
Ahora recordaba. Pero esas facciones, la sonrisa, el acento de su voz aterciopelada no correspondían a ningún Baltasar…
―Ya sé, pero…
―Pero como comprenderá, Baltasar es un pseudónimo… Yo también lo recuerdo, comandante. Hasta puedo decir dónde estaba su casa, el nombre de su madrecita, aún siento en la boca el sabor de los pastelitos que ella vendía los domingos, a tres por el peso.
Blas cerró los ojos, para evocar ―por una vez― un pasado del que renegaba, no tanto por doloroso, como por inútil. “Los recuerdos son como los muertos ―solía decir―, una vez los entierras se los comen los gusanos”: No quería encariñarse con la nostalgia, a su juicio concubina de cobardes y pusilánimes. La imagen de un chiquillo flaco, juguetón y dado a la poesía se le vino a la mente, como un fogonazo.
―Usted es Marcos Cruz.
El Comandante Baltasar afirmó con la cabeza.
―Marcos Evangelista Cruz, ja, un ateo confeso con nombre de seminarista…
Para Blas el bigote era el camuflaje de su sonrisa, casi siempre torcida y sin ganas.
―Y escogió un nombre de Rey Mago, vaya cosa…
―Los Magos no eran reyes y en realidad querían matar a Jesús.
Blas respingó.
―¿Quién carajos le dijo eso? Ah, joder ―sacudió la cabeza, enérgico― mejor dejemos este tema y váyame explicando el motivo de su visita… Supongo que no viene a rendirse…
Baltasar no dijo nada hasta que se sentó en una banca de hierro forjado. Estiró las piernas y las cruzó a la altura de los tobillos.
―Tenemos recursos para acabar con ustedes, pero a un precio tan alto que siento escrúpulos.
Blas se sentó a su lado para conversar sin verlo de frente. A pesar de su veteranía en escaramuzas, cuando hablaba de la guerra siempre miraba hacia el horizonte, esquivo, como si se tratase de algo ajeno, tan distante que podría ser mentira.
―Por cada muchacho que yo pierda se mueren tres de los suyos, Baltasar… Pero sí, ustedes se quedarían con la plaza, tarde o temprano. Si este pueblo de mierda valiera algo para alguien podría decirse que sería una victoria…
Baltasar golpeó sus muslos con las palmas de las manos.
―Justo. Es nuestra tierra querida, pero su valor estratégico es nulo.
―Peor. No queda nada de valor acá, ni siquiera vale la pena defenderlo ―se puso tétrico―… Pero órdenes son órdenes. Si atacan lo defenderemos hasta el último hombre.
―En otras palabras, nos jodemos.
―Nos jodemos todos.
―Sí, nos jodemos. Y eso sin saber cómo van las cosas por la capital, que de esa batalla depende esta guerra, no de lo que hagamos nosotros, pobres comandantes de pueblo o de barranco... ¿Tiene un cigarro, comandante Blas?
Le dio la cajetilla, donde quedaban, huérfanos, un par de cigarrillos. Baltasar extrajo uno, le arrancó el filtro con los dientes, sacó lumbre a un encendedor y fumó, con más ganas de lo usual.
―¿Desde cuándo se quedaron sin tabaco?
―Desde hace rato, Blas… Figúrese: tenemos munición, comida, café, hasta un médico, pero nada de cigarros, nada para quitar la sed, ni medicinas…
Blas miró hacia el edificio de la Alcaldía. Muchas miradas se dirigían hacia la glorieta y sintió como propia la incertidumbre de su tropa.
―Es curioso… tenemos varias cajas de ron, cigarros, requisamos todo lo que había en la botica del pueblo… pero casi no hay nada de comer. Ninguno de la tropa sabe nada de curaciones o como tratar heridas. Si al menos la radio funcionara… o si ustedes no hubiesen tumbado los postes de la luz y el teléfono…
En realidad Blas gozaba del aislamiento, de no recibir órdenes idiotas de superiores marica que manejaban la guerra a control remoto, como trágicos titiriteros.
―Vamos, Blas… Los dos sabemos que lo que pase aquí no le importa a nadie. Tenemos órdenes claras pero no hemos atacado aún porque en el fondo nadie quiere ya pelear, son diez años de agonía, a salto de mata... Y estamos a la espera de noticias… —dio una larga chupada a lo que quedaba del cigarrillo—. Este es ya un pueblo fantasma y ustedes y nosotros, de algún modo, ya estamos muertos, gane quien gane en la capital ―hizo una pausa que hasta a él mismo le pareció dramática, se levantó de la banca y comenzó a pasearse por la glorieta―. Y nadie sabría qué pasó, cómo pasó y por qué todo salió tan mal― de espaldas a Blas contempló el puente y pensó en su gente, agazapada entre los arbustos―.
―Parece que aún siendo enemigos…
Blas se contuvo, arrepentido.
―Vamos, dígalo ―seductor, Baltasar lo invitaba a quitarse la careta.
Resignado, Blas también se puso de pie. Se apresta a cerrar un contrato sin estar convencido, sospechando que lo estafaban pero sin saber cómo.
―Aún siendo enemigos, decía —carraspeó—, parece que lo a nosotros nos falta a ustedes les abunda, y viceversa… Viene por una tregua o a buscar algún tipo de trato… aún no lo entiendo…
Baltasar tenía fuego en la mirada.
―¡Tregua, tregua! ¡Hacernos los locos! Pero esta observación suya me ha abierto los ojos. No basta una tregua… Debemos ser aliados.
Esto lo dijo despacio y muy quedo, como si no estuvieran solos.
Pero sí estaban solos. Y la decisión era de ellos, de nadie más.
***
―Comandante… Hablo en nombre de todos… Si usted quiere, solo si usted quiere… Vayámonos de aquí, por favor, piénselo…
Blas paseó su mirada de un extremo a otro de la habitación. Varela y el cabo Miguel Mancía lo miraban, anhelantes. Todos los demás se miraban las puntas de las botas.
Repasó en su mente todo lo hablado con Baltasar. Era loco pero no imposible. Era traición, pero ninguno de los dos sentía que, en una guerra como aquella, la lealtad fuera otra cosa más que un artículo de lujo, algo de lo que se presume pero que no se necesita y que, a la larga, termina siendo estorboso e inútil.
―Primero lo primero... Mancía ―señaló hacia el puente con un gesto de los labios― organice el canje de provisiones... Yo ―su vista vagó, por un instante por las irregularidades del cielo raso― debo tomar posición según lo acordado.
***
Se encontraron justo en el centro del puente. Iban descalzos, con las camisas arremangadas y las cabezas descubiertas. Se cacharon mutuamente y estaban desarmados. Se dieron la mano.
―¿Va a funcionar, verdad?
Baltasar sonrió.
―Sí, Blas, va a funcionar.
Siguieron su camino, andando con parsimonia y los brazos en alto, cada uno en dirección al campamento enemigo. Llegaron al mismo tiempo y se les recibió del mismo modo, con cortesía y una jarra de agua fresca.
Habían dado instrucciones precisas. Iban a ser rehenes de sus mutuos enemigos para dar garantía de que el canje sería expedito y sin trampas. Precaución quizás innecesaria, era también igual de cierto que el gesto daba una sensación de seguridad a los combatientes de ambos bandos, de por sí aguijoneados por una mezcla de emociones en que el alivio, la incertidumbre y un poco de vergüenza se servían en porciones iguales.
***
No tardaron ni una hora en el trueque y al poco rato los platos del desayuno humeaban en ambos campamentos. Blas y Baltasar volvieron a estrechar sus manos en el puente, ya uniformados y con el estómago lleno. Esta vez las botas de Blas relucían como gemas bajo el sol.
―Marcos… hum… Baltasar… Hablaré con mi tropa… pero creo imaginar lo que van a decir.
Baltasar leía en el rostro de Blas. Cada gesto como una hoja manuscrita de prisa pero con trazo firme.
Iba a decirle que no tuviera temor, que esta guerra terminaría por ignorarlos, que para los estrategas ellos no eran siquiera peones en esa partida de ajedrez, apenas, quizás, las motitas de polvo que se soplan para limpiar el tablero antes del juego. Iba a abrir la boca cuando lo interrumpió la llegada de un jovencito que corría a su encuentro, desde el campamento rebelde.
―Mauro…
Mauro se puso en puntas de pies para hablar al oído de su comandante y le entregó un diminuto radio de transistores.
Blas vio una sombra cubrir el rostro de Baltasar. Se apartó unos pasos para dejarlos hablar a gusto. El chico palidecía cada vez más. Baltasar estaba atento a la vocecilla zumbona que salía de la radio.
―Mauro, regresa y diles a todos que esperen órdenes.
El muchacho chocó talones y trotó con desánimo hacia los vivacs. Los comandantes se dieron cuenta entonces que, a ambos lados del puente, la tropa de ambos bandos los observaba de pie, con evidente alarma. Algunos discutían.
Blas no alcanzó a preguntar.
―La ofensiva fracasó.
Apagó la radio, la tiró al piso y la aplastó con la bota. Los fragmentos de bakelita y circuitos se esparcieron por el asfalto.
―Se jodió la Revolución. Al Comandante General lo ejecutaron esta mañana. La mayoría de comandantes ya se rindió y toda la tropa se está desmovilizando… Lo han dicho hace cinco minutos en cadena de radio y televisión. Es un sálvese quien pueda… Por lo menos mis hombres no tendrán que jugarse el pellejo. Ellos levantan el campamento y se dispersan, pero yo me quedo, por mi honor.
Sacó de la cartuchera su pistola y la ofreció a Blas, suspirando a la vez.
Blas no supo que decir ni hizo ademán de tomar el arma. Aún se sentía aturdido cuando la presencia del cabo Miguel lo arrancó de su ensimismamiento.
Hizo una pequeña reverencia a ambos comandantes y entregó un trozo de papel a Blas. Leyó con avidez y lo hizo trizas.
―Miguelito, esperen órdenes en unos minutos.
Cuando sus ojos volvieron a Baltasar lo sorprendió con el brazo aún extendido.
―No prisioneros, no testigos, nada de nada… El ejército les dará cacería a todos, hasta dar con el último. De nada sirve que sus muchachos se vayan, solo muertos los dejarían en paz.
Baltasar lucía serio, casi fúnebre.
—No dejaría que ni uno solo de mis muchachos peleara sin esperanza… pero es aún peor rendirse sin esperanza.
Blas vio su reloj. No eran ni las diez. Venían refuerzos en camino, dos batallones de infantería. Se le ordenaba resistir, sostener la plaza a cualquier precio. Un precio que él y su gente tendrían que pagar, con sangre y carne chamuscada. Cerró los ojos. Se arrepentía de haber dado la orden de reparar la maldita radio. Pensaba muy duro, procesando las ideas con tanta rapidez que pronto se sintió abatido. Señaló con su índice un punto distante.
―Guarde la pistola. Le invito un café, vamos a la banca del parque y nos fumamos un par de cigarros.
―Solo le pido algo.
―Lo que quiera, Balta.
―Por respeto a mi rango —insistió en entregarle el arma, asiéndola por el cañón― quiero que sea usted el que me vuele la cabeza.
***
El par de cigarros terminó por ser un paquete, pero cuando se levantaron de la banca, al filo del mediodía, ambos lucían serenos. Mauro y Miguel ―convocados hacía apenas un minuto― observaban a respetuosa distancia a sus jefes, sin atreverse a conversar entre sí.
Cada comandante se dirigió a su campamento. Casi a la vez dieron sendos discursos, breves pero emotivos. Nadie de la tropa rechistó. Baltasar ordenó cavar una fosa grande, a un par de kilómetros al norte, cerca de las ciénagas, y allí sepultaron casi todo el armamento pesado y los pertrechos, excepto las provisiones que fueron subidas, no sin esfuerzo, a una carreta que los hombres de Blas habían dejado a mitad del puente, atiborrada con ropas de paisano que habían encontrado en el caserío abandonado. Todos mudaron los uniformes por ropas de civil pero sobraban muchas prendas porque habían sobreestimado su número, y en mucho. Conservaron algunos fusiles de asalto, un par de granadas de mano, todas las armas cortas y para cada hombre un puñado de municiones: “Lo mínimo para montar el escenario” había dicho, enigmático, Baltasar. Luego él y sus casi cuarenta combatientes abandonaron el lugar en dirección al parque del pueblo, buscando refugio a una cuadra de la Alcaldía, bajo los almendros, para fumar a la sombra, dejando a los comandantes parlamentar en privado, de pie bajo el sol.
Blas y sus muchachos también cavaron dos fosas muy anchas y profundas, una a cada costado de la iglesia. Al terminar, Blas se dirigió a Baltasar.
―Sabe que no puedo cumplir la promesa que me pidió.
No esperó réplica, cruzó el parque con paso ágil y llamó a todos sus hombres. Varela repartió por orden suya algunas botellas de aguardiente de caña, que empezaron a circular con rapidez.
―Bueno, todos a tomar sus posiciones, rápido, que cada segundo cuenta… ¡Miguel! ―lo llamó, mientras lo buscaba con la mirada― tráigalo ya y dispárenle aquí mismo ―golpeó con la bota en el suelo, en el centro del parque, de espaldas a la iglesia. Una nubecilla de polvo se alzó y las partículas luminosas danzaron uso segundos antes de asentarse en el suelo.
Se dispersaron. Un minuto después regresó el cabo Miguel.
―Listo, comandante ―señaló a la víctima con su mentón sin afeitar― cuando quiera.
Desde la azotea de la Alcaldía, un soldado apuntaba hacia el parque. Blas saludó a Baltasar con gesto marcial, quien correspondió del mismo modo, sonriendo.
―Miguel, que apunten a la frente, no quiero que sufra.
El soldado vaciló un instante, pero cuando haló del gatillo resultó ser un tiro perfecto. El buey ―enorme pero viejo y flaco― que Miguel había arreado hasta el parque se desplomó al instante y de inmediato lo arrastraron con sogas hasta el patio de la Alcaldía. Blas y Baltasar entraron también al edificio, haciendo señas a sus respectivas tropas para que los siguieran. Cuando ya no quedaba ni un alma en el parque, Blas se dirigió a lo que quedaba de su pelotón.
—Tomen posiciones en el edificio. Disparen a discreción.
Una docena de hombres —aparte de Miguel, Blas y el hombre de la azotea— dispararon varias rondas hasta quedarse sin municiones, dejando orificios de bala en todas partes: la glorieta, las bancas, las fachadas de los edificios alrededor de la Alcaldía. Reían, sin terminar de creer lo que estaban haciendo. Los comandantes se acercaron a los insurgentes.
―Muchachos, nuestro turno. Blas, dígale a su gente que salga de aquí.
***
Cuando se les acabaron los tiros lanzaron las granadas. Carcomida de pequeños cráteres, parte de la fachada de la Alcaldía colapsó, en cámara lenta. Solo se escuchaba el crepitar de las llamas y había polvareda, humo, cenizas y olor a pólvora por todas partes. Sembraron toda la evidencia que les fue posible, mientras hubo luz de día. Soldados e insurgentes salpicaban ventanas, marcos de puertas y el suelo de la plaza con la sangre del buey, cuidadosamente colectada en tarros vacíos de pintura. Pistolas, gorras, pañoletas, cajetillas de cigarrillos, goma de mascar, zapatos, mochilas y cascos se dispersaron por doquier. El centro del pueblo parecía un campo de batalla, pero sin una sola baja, a excepción del bovino que, destazado con precisión quirúrgica y asado a la leña, saciaría el apetito de todos al anochecer.
Cenaron muy tarde. Hubo cánticos, abrazos, borracheras y lágrimas. No más amigos ni enemigos, solo se sentían cómplices en una desgracia que los hermanaba tanto como sus humildes cunas, modestas aspiraciones y ganas de seguir vivos a toda costa, aún de fingir sus propias muertes.
―Blas, creo que llegó la hora.
Las sobras del buey partidas a hachazos y todas las reliquias del festín, así como los uniformes e identificaciones se distribuyeron en ambas fosas. Gasolina y un par de fósforos consumieron todo en unas horas. La tierra volvía a paladas a las fosas humeantes y apisonaron la tierra con frenesí. Un fusil G3 con un casco sobre la culata se plantó en una fosa, en vez de cruz. En la otra eran un AK-47 con una gorra verde olivo.
Las despedidas fueron breves. Nadie quería ver los ojos de nadie, solo deseaban olvidar haber alguna vez estado ahí y seguir adelante, cada quien como mejor pudiera. Antes de las cuatro de la mañana soldados y rebeldes cruzaron el puente hacia la carretera y se dispersaron en todas las direcciones posibles. Los comandantes se quedaron solos.
Amanecía.
***
―Baltasar, no sé si vuelva a verlo, sobre todo en esas fachas ―el comandante guerrillero no pudo encontrar una camisa que le quedara decente―… Así que no se preocupe, no cobraré venganza por lo que va a hacer en este momento.
―Yo si espero encontrarlo un día de estos… En esta vida y no en la otra, por supuesto… ¿Pistola o cuchillo?
―Pistola, por favor, le tengo terror a las armas blancas. Use la suya ―le devolvió el arma, que llevaba al cinto― y tírela al río. A la a mía no le queda ni un cartucho… Y apúrese, ya avisé por radio del desastre que ocurrió aquí… y las tropas tardarán un par de horas, a lo mucho.
Rieron, un poco desganados.
―Versión oficial: los dos resistimos hasta el último hombre. Usted y yo. Usted sepultó a su gente y yo a la mía. Luego nos batimos en duelo y yo perdí pero no me quiso rematar cuando me quedé sin balas y se fue, malherido, a morir quien sabe dónde, con un tiro en las tripas. Todos los demás están cremados y enterrados, en tierra sagrada.
Baltasar tomó distancia, apuntó a la pierna izquierda de Blas y sin que le temblara la mano disparó. La bala atravesó piel y músculo, sin tocar arteria ni hueso, como habían pactado. Luego le dio los primeros auxilios y lo vendó burdamente con tiras de su pañuelo, empapado en aguardiente. Dejó que Blas le pasara el brazo sobre los hombros y lo llevó a las ruinas de la Alcaldía. Lo dejó recostado contra los escombros, justo a un costado de lo que había sido la puerta principal. Puso una pala aún llena de tierra húmeda a su lado.
―Adiós, comandante. Parece mentira, ¿verdad?
Adolorido, Blas aún sonrió una vez más.
―Sí… Imagínese, hemos pasado de militares a sepultureros… Quién diría que para hacer lo correcto, para ser decente se tiene que ser a la vez traidor, mentiroso y desertor… Y para colmo le aseguro que me van a dar una medalla.
―Olvídese de todo, la guerra terminó, Blas.
―Solo de nombre, hermano, solo de nombre. Ya habrá revoluciones y contrarrevoluciones de sobra…
—Pero que no cuenten con nosotros, camarada. Adiós.
Baltasar caminó hacia el puente y luego tomó la carretera en dirección al este. Pronto se perdió de vista.
De una bolsa de su camisa de uniforme Blas extrajo una cajita para píldoras. Sacó dos y, triturándolas con los dientes, las bajó con saliva. Quizás al despertar ya estuviera lejos de allí, quizás en una ambulancia militar, con suerte un helicóptero, quizás en una cama de hospital. Y entonces podría contar la historia. Su historia. Y cambiaría su medalla por dos, quizás tres botellas de whisky. Para olvidar, solo para olvidar.
FIN