―Comandante…
Dejó de escarbarse los dientes y miró al soldado raso que temblaba frente a su escritorio.
Le irritó que el muchachito oliera a miedo.
―Cuádrese, pendejo.
El taconazo asustó al centinela que asomó por la puerta, intrigado.
―Ahora diga qué quiere.
No necesitaba que le dijeran. A medianoche los centinelas habían avistado media docena de hogueras en semicírculo, al otro lado del puente que empalmaba la calle principal del pueblo con la carretera del Litoral. No eran ni las dos de la mañana cuando el número de hogueras se había triplicado.
―…quizá sean unos doscientos hombres, no estamos seguros.
―Está bueno. Retírese.
El soldado ―lampiño, flaco y de mirada triste― se quedó clavado al piso de tablas de la estancia.
Blas Martínez, subteniente de infantería y comandante cantonal, disfrazó de cólera su habitual melancolía. Solo quería desayunar y pasar revista, todo antes que dieran las cinco. Aún así no alzó la voz.
―Me escuchó. ¿Por qué sigue aquí? Usted es Varela, estoy seguro.
―Sí comandante ―se frotaba las manos―, soy Varela… Solo espero órdenes, digo ―se envalentonó―… con estas noticias… esperaba que me diera instrucciones….
―Sí te di una orden… Que te fueras al carajo de aquí, tarado.
Varela cerró los ojos, dio la media vuelta, taconeó con estrépito y se retiró, desvalido pero conforme con su destino, como oveja sin pastor y rodeada de lobos.
Blas era tieso, frío y parco, como lagarto. Se atusaba el bigote hasta hacerse daño, pero solo cuando creía que nadie lo estaba viendo. La carátula de su reloj tenía unos números romanos enormes. Antes muerto que dejarse ver con gafas. Las cero quinientas. Se levantó de la silla, estiró las piernas y bebió de una botella de cerveza tibia que alguien —quizá él mismo— había dejado olvidada sobre el que había sido el escritorio del alcalde.
―Miguelito, venga.
El centinela entró a la oficina, interrogando con la mirada.
―Comandante.
Limpió el gollete de la botella con la manga.
―Venga, tómese un trago. Nos vamos a pasar revista, hay que organizar la defensa… Pero antes…
El cabo Miguel enarcó las cejas. Conocía al comandante y esperaba alguna salida excéntrica.
―Que alguien me caliente la carne que quedó de anoche.
El cabo suspiró, aliviado.
***
―Nos superan quizás diez o veinte a uno…
Blas no se inmutó o al menos fingió indiferencia.
―…Pero nuestra posición es ventajosa, Miguel.
El Comandante escupió.
―Miren… Estamos en altura, dominamos el valle. Además hay pantanos por todos lados… excepto justo acá ―extendió el brazo derecho, en dirección al puente―, y los tenemos a tiro.
Miguel Mancía acarició el cañón de su fusil de asalto G3.
―Se forma un cuello de botella de este lado del puente. No pueden apostar más de tres o cuatro tiradores a la vez mientras nosotros practicamos tiro al blanco.
―No me has dicho de cuánta munición tenemos.
El cabo se rascó la nuca. No sabía mentir, al menos de manera convincente.
―Si no tiramos a lo loco podríamos aguantar dos o tres días.
Blas apretó los dientes. Nunca había estado bajo sitio.
Miraron al norte. Desde la terraza de la Alcaldía la vista era excelente y tan solo las copas de algunos almendros achaparrados estorbaban al escrutinio de los binoculares. Amanecía y las estrellas se apagaban, casi al mismo ritmo de las hogueras de los rebeldes. El campamento asentaba a menos de un kilómetro del río, fuera del alcance de sus rifles. A punto estaba Blas de ofrecer un cigarrillo a Miguel cuando, emergiendo de la bruma, caminando con cautela, un hombre alto de barba cerrada comenzó a cruzar el puente, agitando una pañoleta blanca. El cabo y el subteniente se miraron. Desde el tejado se escucharon los chasquidos del armamento de los francotiradores.
―Que no disparen.
Miguel asintió con la cabeza y repitió la orden, alzando la voz.
El visitante caminaba sin dejar de agitar la pañoleta con la mano izquierda. No se detuvo hasta llegar frente a la entrada de la Alcaldía.
―Soy el Comandante Baltasar, Comandante del Brazo Armado Popular y vengo en son de paz para parlamentar.
Estaba tan cerca que no necesitó alzar la voz para hacerse escuchar.
―Soy el Comandante Blas Martínez… Le sobran cojones, le falta cerebro o ambas cosas…
Baltasar no pudo contener una risotada.
―No olvidaré su frase… Pero tampoco quiero olvidar el por qué de mi visita.
Blas lo escrutó. Baltasar vestía uniforme verde olivo camuflajeado y botas Goohill recién lustradas. No usaba gorra pero llevaba una pañoleta roja anudada al cuello. El insurgente sonreía, con el auténtico deseo de ser agradable. Hizo un gesto amistoso con sus manos, de uñas impecables, tanto como su barba, recortada con esmero. Parecía fuera de lugar, tan anómalo como un payaso en un funeral.
―Disculpe si no lo hago pasar― Blas fracasó, y lo sabía, en su intento de no parecer irónico.
―Al contrario, se lo agradezco, quiero hablar en privado ―su voz pasó a ser un susurro―… Lo que voy a proponer, si usted acepta, quizá no sea del agrado de toda su gente.
Cerró la frase ya sin sonreír pero tampoco fingiendo seriedad.
Blas enlazó sus manos atrás de la espalda y miró la punta de sus botas polvorientas. Casi montó en cólera al descubrir que el recluta encargado de prepararle el uniforme ―maldito Varela― lo estaba haciendo quedar en ridículo de frente al enemigo. Dejó eso de lado no sin esfuerzo y miró a Baltasar con un poco más de detenimiento. Algo le resultaba familiar en esas facciones… “Ninguno de los dos ha llegado a los cuarenta años”, pensó.
―Vamos.
Caminaron hacia donde el índice de Blas había señalado, a una pequeña glorieta en el centro del parque, veinte pasos al poniente del edificio de la Alcaldía. Con un ademán enérgico frenó las intenciones del cabo Miguel de escoltarlos.
―Tranquilo.
Comenzaron a platicar. Morían de calor a pesar de lo temprano, nada raro para esas latitudes. Blas, intrigado, hizo una pregunta.
―Usted es de por acá, ¿verdad?
―De hecho somos paisanos. Nací en este pueblo...
Ahora recordaba. Pero esas facciones, la sonrisa, el acento de su voz aterciopelada no correspondían a ningún Baltasar…
―Ya sé, pero…
―Pero como comprenderá, Baltasar es un pseudónimo… Yo también lo recuerdo, comandante. Hasta puedo decir dónde estaba su casa, el nombre de su madrecita, aún siento en la boca el sabor de los pastelitos que ella vendía los domingos, a tres por el peso.
Blas cerró los ojos, para evocar ―por una vez― un pasado del que renegaba, no tanto por doloroso, como por inútil. “Los recuerdos son como los muertos ―solía decir―, una vez los entierras se los comen los gusanos”: No quería encariñarse con la nostalgia, a su juicio concubina de cobardes y pusilánimes. La imagen de un chiquillo flaco, juguetón y dado a la poesía se le vino a la mente, como un fogonazo.
―Usted es Marcos Cruz.
El Comandante Baltasar afirmó con la cabeza.
―Marcos Evangelista Cruz, ja, un ateo confeso con nombre de seminarista…
Para Blas el bigote era el camuflaje de su sonrisa, casi siempre torcida y sin ganas.
―Y escogió un nombre de Rey Mago, vaya cosa…
―Los Magos no eran reyes y en realidad querían matar a Jesús.
Blas respingó.
―¿Quién carajos le dijo eso? Ah, joder ―sacudió la cabeza, enérgico― mejor dejemos este tema y váyame explicando el motivo de su visita… Supongo que no viene a rendirse…
Baltasar no dijo nada hasta que se sentó en una banca de hierro forjado. Estiró las piernas y las cruzó a la altura de los tobillos.
―Tenemos recursos para acabar con ustedes, pero a un precio tan alto que siento escrúpulos.
Blas se sentó a su lado para conversar sin verlo de frente. A pesar de su veteranía en escaramuzas, cuando hablaba de la guerra siempre miraba hacia el horizonte, esquivo, como si se tratase de algo ajeno, tan distante que podría ser mentira.
―Por cada muchacho que yo pierda se mueren tres de los suyos, Baltasar… Pero sí, ustedes se quedarían con la plaza, tarde o temprano. Si este pueblo de mierda valiera algo para alguien podría decirse que sería una victoria…
Baltasar golpeó sus muslos con las palmas de las manos.
―Justo. Es nuestra tierra querida, pero su valor estratégico es nulo.
―Peor. No queda nada de valor acá, ni siquiera vale la pena defenderlo ―se puso tétrico―… Pero órdenes son órdenes. Si atacan lo defenderemos hasta el último hombre.
―En otras palabras, nos jodemos.
―Nos jodemos todos.
―Sí, nos jodemos. Y eso sin saber cómo van las cosas por la capital, que de esa batalla depende esta guerra, no de lo que hagamos nosotros, pobres comandantes de pueblo o de barranco... ¿Tiene un cigarro, comandante Blas?
Le dio la cajetilla, donde quedaban, huérfanos, un par de cigarrillos. Baltasar extrajo uno, le arrancó el filtro con los dientes, sacó lumbre a un encendedor y fumó, con más ganas de lo usual.
―¿Desde cuándo se quedaron sin tabaco?
―Desde hace rato, Blas… Figúrese: tenemos munición, comida, café, hasta un médico, pero nada de cigarros, nada para quitar la sed, ni medicinas…
Blas miró hacia el edificio de la Alcaldía. Muchas miradas se dirigían hacia la glorieta y sintió como propia la incertidumbre de su tropa.
―Es curioso… tenemos varias cajas de ron, cigarros, requisamos todo lo que había en la botica del pueblo… pero casi no hay nada de comer. Ninguno de la tropa sabe nada de curaciones o como tratar heridas. Si al menos la radio funcionara… o si ustedes no hubiesen tumbado los postes de la luz y el teléfono…
En realidad Blas gozaba del aislamiento, de no recibir órdenes idiotas de superiores marica que manejaban la guerra a control remoto, como trágicos titiriteros.
―Vamos, Blas… Los dos sabemos que lo que pase aquí no le importa a nadie. Tenemos órdenes claras pero no hemos atacado aún porque en el fondo nadie quiere ya pelear, son diez años de agonía, a salto de mata... Y estamos a la espera de noticias… —dio una larga chupada a lo que quedaba del cigarrillo—. Este es ya un pueblo fantasma y ustedes y nosotros, de algún modo, ya estamos muertos, gane quien gane en la capital ―hizo una pausa que hasta a él mismo le pareció dramática, se levantó de la banca y comenzó a pasearse por la glorieta―. Y nadie sabría qué pasó, cómo pasó y por qué todo salió tan mal― de espaldas a Blas contempló el puente y pensó en su gente, agazapada entre los arbustos―.
―Parece que aún siendo enemigos…
Blas se contuvo, arrepentido.
―Vamos, dígalo ―seductor, Baltasar lo invitaba a quitarse la careta.
Resignado, Blas también se puso de pie. Se apresta a cerrar un contrato sin estar convencido, sospechando que lo estafaban pero sin saber cómo.
―Aún siendo enemigos, decía —carraspeó—, parece que lo a nosotros nos falta a ustedes les abunda, y viceversa… Viene por una tregua o a buscar algún tipo de trato… aún no lo entiendo…
Baltasar tenía fuego en la mirada.
―¡Tregua, tregua! ¡Hacernos los locos! Pero esta observación suya me ha abierto los ojos. No basta una tregua… Debemos ser aliados.
Esto lo dijo despacio y muy quedo, como si no estuvieran solos.
Pero sí estaban solos. Y la decisión era de ellos, de nadie más.
***
―Comandante… Hablo en nombre de todos… Si usted quiere, solo si usted quiere… Vayámonos de aquí, por favor, piénselo…
Blas paseó su mirada de un extremo a otro de la habitación. Varela y el cabo Miguel Mancía lo miraban, anhelantes. Todos los demás se miraban las puntas de las botas.
Repasó en su mente todo lo hablado con Baltasar. Era loco pero no imposible. Era traición, pero ninguno de los dos sentía que, en una guerra como aquella, la lealtad fuera otra cosa más que un artículo de lujo, algo de lo que se presume pero que no se necesita y que, a la larga, termina siendo estorboso e inútil.
―Primero lo primero... Mancía ―señaló hacia el puente con un gesto de los labios― organice el canje de provisiones... Yo ―su vista vagó, por un instante por las irregularidades del cielo raso― debo tomar posición según lo acordado.
***
Se encontraron justo en el centro del puente. Iban descalzos, con las camisas arremangadas y las cabezas descubiertas. Se cacharon mutuamente y estaban desarmados. Se dieron la mano.
―¿Va a funcionar, verdad?
Baltasar sonrió.
―Sí, Blas, va a funcionar.
Siguieron su camino, andando con parsimonia y los brazos en alto, cada uno en dirección al campamento enemigo. Llegaron al mismo tiempo y se les recibió del mismo modo, con cortesía y una jarra de agua fresca.
Habían dado instrucciones precisas. Iban a ser rehenes de sus mutuos enemigos para dar garantía de que el canje sería expedito y sin trampas. Precaución quizás innecesaria, era también igual de cierto que el gesto daba una sensación de seguridad a los combatientes de ambos bandos, de por sí aguijoneados por una mezcla de emociones en que el alivio, la incertidumbre y un poco de vergüenza se servían en porciones iguales.
***
No tardaron ni una hora en el trueque y al poco rato los platos del desayuno humeaban en ambos campamentos. Blas y Baltasar volvieron a estrechar sus manos en el puente, ya uniformados y con el estómago lleno. Esta vez las botas de Blas relucían como gemas bajo el sol.
―Marcos… hum… Baltasar… Hablaré con mi tropa… pero creo imaginar lo que van a decir.
Baltasar leía en el rostro de Blas. Cada gesto como una hoja manuscrita de prisa pero con trazo firme.
Iba a decirle que no tuviera temor, que esta guerra terminaría por ignorarlos, que para los estrategas ellos no eran siquiera peones en esa partida de ajedrez, apenas, quizás, las motitas de polvo que se soplan para limpiar el tablero antes del juego. Iba a abrir la boca cuando lo interrumpió la llegada de un jovencito que corría a su encuentro, desde el campamento rebelde.
―Mauro…
Mauro se puso en puntas de pies para hablar al oído de su comandante y le entregó un diminuto radio de transistores.
Blas vio una sombra cubrir el rostro de Baltasar. Se apartó unos pasos para dejarlos hablar a gusto. El chico palidecía cada vez más. Baltasar estaba atento a la vocecilla zumbona que salía de la radio.
―Mauro, regresa y diles a todos que esperen órdenes.
El muchacho chocó talones y trotó con desánimo hacia los vivacs. Los comandantes se dieron cuenta entonces que, a ambos lados del puente, la tropa de ambos bandos los observaba de pie, con evidente alarma. Algunos discutían.
Blas no alcanzó a preguntar.
―La ofensiva fracasó.
Apagó la radio, la tiró al piso y la aplastó con la bota. Los fragmentos de bakelita y circuitos se esparcieron por el asfalto.
―Se jodió la Revolución. Al Comandante General lo ejecutaron esta mañana. La mayoría de comandantes ya se rindió y toda la tropa se está desmovilizando… Lo han dicho hace cinco minutos en cadena de radio y televisión. Es un sálvese quien pueda… Por lo menos mis hombres no tendrán que jugarse el pellejo. Ellos levantan el campamento y se dispersan, pero yo me quedo, por mi honor.
Sacó de la cartuchera su pistola y la ofreció a Blas, suspirando a la vez.
Blas no supo que decir ni hizo ademán de tomar el arma. Aún se sentía aturdido cuando la presencia del cabo Miguel lo arrancó de su ensimismamiento.
Hizo una pequeña reverencia a ambos comandantes y entregó un trozo de papel a Blas. Leyó con avidez y lo hizo trizas.
―Miguelito, esperen órdenes en unos minutos.
Cuando sus ojos volvieron a Baltasar lo sorprendió con el brazo aún extendido.
―No prisioneros, no testigos, nada de nada… El ejército les dará cacería a todos, hasta dar con el último. De nada sirve que sus muchachos se vayan, solo muertos los dejarían en paz.
Baltasar lucía serio, casi fúnebre.
—No dejaría que ni uno solo de mis muchachos peleara sin esperanza… pero es aún peor rendirse sin esperanza.
Blas vio su reloj. No eran ni las diez. Venían refuerzos en camino, dos batallones de infantería. Se le ordenaba resistir, sostener la plaza a cualquier precio. Un precio que él y su gente tendrían que pagar, con sangre y carne chamuscada. Cerró los ojos. Se arrepentía de haber dado la orden de reparar la maldita radio. Pensaba muy duro, procesando las ideas con tanta rapidez que pronto se sintió abatido. Señaló con su índice un punto distante.
―Guarde la pistola. Le invito un café, vamos a la banca del parque y nos fumamos un par de cigarros.
―Solo le pido algo.
―Lo que quiera, Balta.
―Por respeto a mi rango —insistió en entregarle el arma, asiéndola por el cañón― quiero que sea usted el que me vuele la cabeza.
***
El par de cigarros terminó por ser un paquete, pero cuando se levantaron de la banca, al filo del mediodía, ambos lucían serenos. Mauro y Miguel ―convocados hacía apenas un minuto― observaban a respetuosa distancia a sus jefes, sin atreverse a conversar entre sí.
Cada comandante se dirigió a su campamento. Casi a la vez dieron sendos discursos, breves pero emotivos. Nadie de la tropa rechistó. Baltasar ordenó cavar una fosa grande, a un par de kilómetros al norte, cerca de las ciénagas, y allí sepultaron casi todo el armamento pesado y los pertrechos, excepto las provisiones que fueron subidas, no sin esfuerzo, a una carreta que los hombres de Blas habían dejado a mitad del puente, atiborrada con ropas de paisano que habían encontrado en el caserío abandonado. Todos mudaron los uniformes por ropas de civil pero sobraban muchas prendas porque habían sobreestimado su número, y en mucho. Conservaron algunos fusiles de asalto, un par de granadas de mano, todas las armas cortas y para cada hombre un puñado de municiones: “Lo mínimo para montar el escenario” había dicho, enigmático, Baltasar. Luego él y sus casi cuarenta combatientes abandonaron el lugar en dirección al parque del pueblo, buscando refugio a una cuadra de la Alcaldía, bajo los almendros, para fumar a la sombra, dejando a los comandantes parlamentar en privado, de pie bajo el sol.
Blas y sus muchachos también cavaron dos fosas muy anchas y profundas, una a cada costado de la iglesia. Al terminar, Blas se dirigió a Baltasar.
―Sabe que no puedo cumplir la promesa que me pidió.
No esperó réplica, cruzó el parque con paso ágil y llamó a todos sus hombres. Varela repartió por orden suya algunas botellas de aguardiente de caña, que empezaron a circular con rapidez.
―Bueno, todos a tomar sus posiciones, rápido, que cada segundo cuenta… ¡Miguel! ―lo llamó, mientras lo buscaba con la mirada― tráigalo ya y dispárenle aquí mismo ―golpeó con la bota en el suelo, en el centro del parque, de espaldas a la iglesia. Una nubecilla de polvo se alzó y las partículas luminosas danzaron uso segundos antes de asentarse en el suelo.
Se dispersaron. Un minuto después regresó el cabo Miguel.
―Listo, comandante ―señaló a la víctima con su mentón sin afeitar― cuando quiera.
Desde la azotea de la Alcaldía, un soldado apuntaba hacia el parque. Blas saludó a Baltasar con gesto marcial, quien correspondió del mismo modo, sonriendo.
―Miguel, que apunten a la frente, no quiero que sufra.
El soldado vaciló un instante, pero cuando haló del gatillo resultó ser un tiro perfecto. El buey ―enorme pero viejo y flaco― que Miguel había arreado hasta el parque se desplomó al instante y de inmediato lo arrastraron con sogas hasta el patio de la Alcaldía. Blas y Baltasar entraron también al edificio, haciendo señas a sus respectivas tropas para que los siguieran. Cuando ya no quedaba ni un alma en el parque, Blas se dirigió a lo que quedaba de su pelotón.
—Tomen posiciones en el edificio. Disparen a discreción.
Una docena de hombres —aparte de Miguel, Blas y el hombre de la azotea— dispararon varias rondas hasta quedarse sin municiones, dejando orificios de bala en todas partes: la glorieta, las bancas, las fachadas de los edificios alrededor de la Alcaldía. Reían, sin terminar de creer lo que estaban haciendo. Los comandantes se acercaron a los insurgentes.
―Muchachos, nuestro turno. Blas, dígale a su gente que salga de aquí.
***
Cuando se les acabaron los tiros lanzaron las granadas. Carcomida de pequeños cráteres, parte de la fachada de la Alcaldía colapsó, en cámara lenta. Solo se escuchaba el crepitar de las llamas y había polvareda, humo, cenizas y olor a pólvora por todas partes. Sembraron toda la evidencia que les fue posible, mientras hubo luz de día. Soldados e insurgentes salpicaban ventanas, marcos de puertas y el suelo de la plaza con la sangre del buey, cuidadosamente colectada en tarros vacíos de pintura. Pistolas, gorras, pañoletas, cajetillas de cigarrillos, goma de mascar, zapatos, mochilas y cascos se dispersaron por doquier. El centro del pueblo parecía un campo de batalla, pero sin una sola baja, a excepción del bovino que, destazado con precisión quirúrgica y asado a la leña, saciaría el apetito de todos al anochecer.
Cenaron muy tarde. Hubo cánticos, abrazos, borracheras y lágrimas. No más amigos ni enemigos, solo se sentían cómplices en una desgracia que los hermanaba tanto como sus humildes cunas, modestas aspiraciones y ganas de seguir vivos a toda costa, aún de fingir sus propias muertes.
―Blas, creo que llegó la hora.
Las sobras del buey partidas a hachazos y todas las reliquias del festín, así como los uniformes e identificaciones se distribuyeron en ambas fosas. Gasolina y un par de fósforos consumieron todo en unas horas. La tierra volvía a paladas a las fosas humeantes y apisonaron la tierra con frenesí. Un fusil G3 con un casco sobre la culata se plantó en una fosa, en vez de cruz. En la otra eran un AK-47 con una gorra verde olivo.
Las despedidas fueron breves. Nadie quería ver los ojos de nadie, solo deseaban olvidar haber alguna vez estado ahí y seguir adelante, cada quien como mejor pudiera. Antes de las cuatro de la mañana soldados y rebeldes cruzaron el puente hacia la carretera y se dispersaron en todas las direcciones posibles. Los comandantes se quedaron solos.
Amanecía.
***
―Baltasar, no sé si vuelva a verlo, sobre todo en esas fachas ―el comandante guerrillero no pudo encontrar una camisa que le quedara decente―… Así que no se preocupe, no cobraré venganza por lo que va a hacer en este momento.
―Yo si espero encontrarlo un día de estos… En esta vida y no en la otra, por supuesto… ¿Pistola o cuchillo?
―Pistola, por favor, le tengo terror a las armas blancas. Use la suya ―le devolvió el arma, que llevaba al cinto― y tírela al río. A la a mía no le queda ni un cartucho… Y apúrese, ya avisé por radio del desastre que ocurrió aquí… y las tropas tardarán un par de horas, a lo mucho.
Rieron, un poco desganados.
―Versión oficial: los dos resistimos hasta el último hombre. Usted y yo. Usted sepultó a su gente y yo a la mía. Luego nos batimos en duelo y yo perdí pero no me quiso rematar cuando me quedé sin balas y se fue, malherido, a morir quien sabe dónde, con un tiro en las tripas. Todos los demás están cremados y enterrados, en tierra sagrada.
Baltasar tomó distancia, apuntó a la pierna izquierda de Blas y sin que le temblara la mano disparó. La bala atravesó piel y músculo, sin tocar arteria ni hueso, como habían pactado. Luego le dio los primeros auxilios y lo vendó burdamente con tiras de su pañuelo, empapado en aguardiente. Dejó que Blas le pasara el brazo sobre los hombros y lo llevó a las ruinas de la Alcaldía. Lo dejó recostado contra los escombros, justo a un costado de lo que había sido la puerta principal. Puso una pala aún llena de tierra húmeda a su lado.
―Adiós, comandante. Parece mentira, ¿verdad?
Adolorido, Blas aún sonrió una vez más.
―Sí… Imagínese, hemos pasado de militares a sepultureros… Quién diría que para hacer lo correcto, para ser decente se tiene que ser a la vez traidor, mentiroso y desertor… Y para colmo le aseguro que me van a dar una medalla.
―Olvídese de todo, la guerra terminó, Blas.
―Solo de nombre, hermano, solo de nombre. Ya habrá revoluciones y contrarrevoluciones de sobra…
—Pero que no cuenten con nosotros, camarada. Adiós.
Baltasar caminó hacia el puente y luego tomó la carretera en dirección al este. Pronto se perdió de vista.
De una bolsa de su camisa de uniforme Blas extrajo una cajita para píldoras. Sacó dos y, triturándolas con los dientes, las bajó con saliva. Quizás al despertar ya estuviera lejos de allí, quizás en una ambulancia militar, con suerte un helicóptero, quizás en una cama de hospital. Y entonces podría contar la historia. Su historia. Y cambiaría su medalla por dos, quizás tres botellas de whisky. Para olvidar, solo para olvidar.
FIN