14.7.09

"La Última Vuelta de Tuerca" En el Centro Español.




Fue un evento muy emocionante. La organización impecable, la solícita atención de mi esposa Silvia Yanira, la asistencia de amigos (Gerardo Rivera, Víctor Segura, Franklin Mónico, Rina Perla, entre otros), las finas cortesías de los socios del Centro Español (en especial de los señores Balseiro, Bonet y Serra), las cálidas palabras de Roberto Laínez... ¿Qué más se puede pedir? Pues la presencia de los medios, en especial de los reporteros de la sección Cultura de la Prensa Gráfica. ¡Estoy muy agradecido por la excelente cobertura periodística! Transcribo el artículo completo:

Un escritor de corazón

La novela “La última vuelta de tuerca” es el más reciente trabajo del escritor y médico cardiólogo Hugo Villarroel Ábrego. Una historia sobre las complejidades del amor, los conflictos del corazón, pero también sobre la cotidianidad de los seres humanos.

Escrito por Patricia Cruz
Lunes, 22 junio 2009

Como cardiólogo que literalmente ha tenido el corazónen sus manos. Lo conoce, lo ha visto. “Era inevitable que pensara en el corazón y en males de amor”, admite Hugo Villarroel Ábrego. Quien tuvo que combinar su profesión médica con el oficio de escritor, por lo que escribir esta novela le tomó unos cuatro años en los que como él mismo dice “el libro estuvo migrando entre mi escritorio y la gaveta”.

Con la misma disciplina que aplica como médico, trabajó junto al poeta Roberto Laínez en la edición y cuidado de la novela. “Hemos trabajado en un proceso con Roberto, el cual a veces parecía jardinería y a veces construcción de albañilería”, explicó Villarroel. Así es como los personajes de la historia fueron tomando forma y fuerza.

“En este libro se habla de un taxista, characuaco, que se reencuentra con su hija después de mucho tiempo y trata de reconstruir aunque sea de una manera relativamente secreta y de poco perfil ese vínculo de amor, habla de amores que se han alejado mucho y se han reencontrado en el tiempo aunque esto generalmente lleva a crisis, los reencuentros llevan a crisis y la crisis lleva a sufrimiento psicológico. Quisimos darle personajes lo más parecido posible a los que vemos todos los días de carne y hueso”, explicó el autor.

Por su parte, Laínez aplaudió la disciplina mostrada por el autor a la hora de la edición, además de reconocer que la obra cuenta con los momentos de remanso y de intensidad requeridos en una novela. Es ese ritmo lo más difícil de alcanzar al escribir en este género: “Lo importante es que la novela cobre un ritmo y lo sostenga, que sea una novela que te module, es decir, que te de momentos de reposo pero también momentos intensos”, afirmó.

Agregó que la mayor valía de la obra radica en los personajes mismos, esto sin desestimar la historia misma: “creo que la gran fuerza de la novela radica en la construcción de los personajes, son personajes sólidos, que los sentís viviendo” detalló. La historia se desarrolla en una ciudad-estado, inexistente, pero pese a ello evoca paisajes de San Salvador, y así como puede serlo, puede que no", agregó Laínez.

Esta es la segunda publicación de Villarroel, su primer libro “En el nombre de David” lo publicó en 2004, una autopublicación que circuló más en su círculo de amistades. Su nueva novel, también autopublicada, tiene como objetivo llegar a más público, por ello también optó por solicitar asesoría editorial.

Pero ¿qué hace un médico escribiendo? “Exorcizando demonios propios”, responde presuroso Villarroel. Y agrega: “Uno es el catalizador de muchos procesos de vida de otros, somos el pararrayos de las emociones y el dolor de muchas personas. La carga de dolor, de frustración, de pena y de victorias y derrotas de la vida de mis pacientes me impregna y necesito expresarme”.

Ser escritor de tiempo completo “sería un sueño”, afirma Villarroel, pero sus pacientes lo demandan por lo que de momento ve difícil esa posibilidad. “No me imagino dejando una cosa del todo. Por momentos sueño con dedicarme a la literatura, es como un matrimonio de conveniencia”, el que tiene entre la medicina y la literatura, concluyó Villarroel.

PERFIL

Nombre:

Hugo Villarroel Ábrego, San Salvador 1964.

Trayectoria:

Médico cardiólogo de profesión. En 1994 ganó el Premio Nacional de Cardiología. En la literatura se inició en 2002, publicó su primera novela en 2004 llamada “En el nombre de David”. Su más reciente novela “La última vuelta de tuerca” se encuentra actualmente a la venta exclusivamente en Librería La Casita, su precio es de $14.5.




Sigo recibiendo ofertas para la promoción de la novela:

Una reunión en casa de mis amigos Licry y Leopoldo Bicard;
Presentación en el Palacio de la Cultura de Santa Tecla (idea de Roberto Laínez);
Presentación en la Feria Centroamericana del Libro, en San Salvador (A petición de la Editorial Roxsil);
Presentación para los estudiantes de la Universidad Evangélica de El Salvador (idea del
Rector, Dr. Víctor Segura Lemus).

21.4.09





"La última vuelta de tuerca": un poco de historia.

Para empezar, quiero agradecer a las personas que me han hecho llegar sus comentarios sobre mi segunda novela. Cada una de ellas tiene una visión particular, muy propia e irrepetible, pero he notado que hay una convergencia notable de ideas hacia ciertos elementos temáticos y estilísticos del libro:

1. Su estructura, que parece evocar un guión cinematográfico;
2. La facilidad con que la historia se deja leer, generando cierta avidez por leerla de un tirón;
3. La capacidad del texto para despertar emociones muy intensas y variadas.
Esto me lleva a hacer alguna gimnasia mental y, despupes de un par de semanas de cavilación, he llegado a algunas conclusiones:

1. Sí, no se puede negar que antes de escribir el libro lo veía en secuencias de imágenes, como si se tratase de las escenas de una película.
2. En contraposición a "En el nombre de David", mi primera novela, el desarrollo lineal del tiempo ha facilitado la lectura, aunque me preocupa que esto lleve, en el futuro, a un estilo de escribir más parecido al de los bestsellers que al de los literatos que siempre he admirado. No puedo, sin embargo, quejarme. El barroquismo de primer libro fue más un ejercicio de autocomplacencia que un intento de comunicación con los lectores.
3. Mi mayor satisfacción, lo confieso, se basa en la capacidad de la novela en despertar emociones. Creo que esto ha sido posible por dos razones. En primer lugar, la prosa poética puede seducir al niño interior del lector, en especial si se adorna con elementos épicos, no importando lo modesto del escenario o lo simple o complejo de la acción. Segundo, los personajes son muy emotivos per se, soportan una pesada carga afectiva que los desborda, al parecer, y tomando en cuenta las opiniones recibidas, contagiando al lector.

Esperaré otras opiniones y puntos de vista antes de seguir arribando a conclusiones. En mí hay, además del escritor en crecimiento, un hombre de ciencia que necesita de evidencia, que trata de colectar y sistematizar toda la información posible antes de validar la hipótesis que considero fundamental: Creo que vale la pena seguir escribiendo.

En subsecuentes entradas del blog comenzaré a narrar el proceso creativo que llevó a la publicación de esta novela.


Hugo Villarroel Ábrego.


  

 

11.4.09

Crítica de "La última vuelta de tuerca".

Transcribo a ustedes comentarios de un lector (para mí desconocido) que leyó una versión preliminar de "La última vuelta de tuerca", por encargo de una conocida editorial en español, con la que, por desgracia, no logré alcanzar un acuerdo.

"La historia está bien planteada, la intriga se va desvelando poco a poco y logra atraer la atención del lector... Se accede al contexto, sobre todo, a partir del Characuaco y sus múltiples recorridos en el taxi. La trama está bien manejada, es consecuente y resulta atractiva... Tiene posibilidades comerciales..."

Al reconsiderar ciertas críticas -válidas- sobre la estructura narrativa y carga prosística, decidí reescribir la obra con un solo narrador semi-omnisciente.
En subsecuentes actualizaciones iré acotando datos del proceso creativo que culminó con la publicación de la novela.


Hugo Villarroel A.

Agrego al blog la fotografía original de Edu Villarroel que sirvió de inspiración para la portada del libro. Gracias, hijo mío.



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3.4.09

UNA CONVERSACIÓN CON DOUGLAS OLMEDO

Presento a mis amigos la entrevista que me hizo Douglas Olmedo de CLIC Magazine el día 2 de abril del 2009, respecto a mi novela "La última vuelta de tuerca".

Una excusa para hablar de amor.

Por Douglas Olmedo (Fundación CLIC).
El escritor salvadoreño Hugo Villarroel Abrego presentará su más reciente publicación, titulada La última vuelta de tuerca. Titulado como médico internista, cardiólogo y ecocardiografista, el también escritor de 44 años abre una nueva página en su vida y nos presenta su visión sobre la importancia del amor en la felicidad de hombres y mujeres. La presentación de la obra se realizará el próximo martes 7 de abril a partir de las cinco de la tarde en el Restaurante Sal y Pimienta, ubicado en el Bulevar del Hipódromo Nº 572, colonia San Benito.
La última vuelta de tuerca es una novela salvadoreña de 372 páginas, impresa en El Salvador por Avanti Gráfica. S.A. de C.V., y cuenta con un tiraje de 1000 ejemplares. Esta publicación puede ser adquirida en la librería La Casita a un precio de $14.50 de dólar. Previo a la presentación del próximo martes, el Dr. Hugo Villarroel Abrego nos habla sobre su reciente propuesta literaria, donde algunos de sus amores no concretan su recorrido por la vida de manera satisfactoria, de ahí el nombre de su obra.
¿Cuál es el mensaje principal de su propuesta literaria?
Yo consideraría que es un pretexto para hablar de amor, porque todos los personajes en la obra se mueven dentro de una historia que tiene un marco temporal pequeño y un marco espacial grande, donde los personajes se presentan como menesterosos del amor. Se trata de personas que han amado y han vivido romances intensos sin la necesidad de que estos fuese fructíferos. Hablamos de amores de todo tipo que dentro de la visión actual de la sociedad, ortodoxa e hipócrita, son mal vistos por otros; hablamos de un amor entre personas del mismo sexo, pero también de la vivencia del hombre ante el amor a Dios y la concepción religiosa en su vida. En este sentido, el libro resume la visión de un narrador [en apariencia] omnisciente descriptivo e interpretativo pero que no es capaz de penetrar totalmente. Desde esa óptica, lo que estamos evaluando es cómo las personas en este entorno social están sufriendo, sobreviviendo y gozando alrededor del amor en todas sus formas. Este no es un amor necesariamente sano, porque nos acostumbramos a llevar las emociones al extremo, experimentamos con los sentimientos ajenos y tratamos de obtener el máximo beneficio o provecho posible de cada circunstancia… Es como si le diéramos una y otra y otra vuelta a la tuerca, hasta que llega el momento en que la tuerca no puede girar mas; y entonces, en un intento a veces insensato por lograr llevar las cosas al extremo, puede romperse el mecanismo o [dañarnos en] el intento. Es una situación hipotética donde se cuestiona qué pasa cuando llevamos todo al extremo, y donde se pone de manifiesto que persiste la tendencia humana de dar la ultima vuelta a la tuerca o de llevar las cosas un poquito más arriba; de ir superando nuestras hazañas, aunque estas sean estupideces, pero nos encanta una y otras vez ir forzando los mecanismos de las cosas.
¿Cuándo y dónde surge la idea de escribir esta obra?
Este libro comenzó a escribirse en septiembre del año 2003, en ocasión de un viaje que realicé a Europa. Este me sirvió para tener la perspectiva de cómo uno de los personajes más importantes veía a su propio país desde el extranjero. Aunque existieron otras versiones previas de la obra que nunca vieron la luz de la imprenta, y que sólo fueron revisadas por algunos amigos cercanos, [la novela] comenzó a tener forma definitiva como novela a finales del 2007.
¿Por qué la temática del amor?
Porque el amor lo llena todo. Cada día el amor juega un papel extraordinario en la supervivencia humana; creo que como criaturas biológicas seguimos vivos [gracias a él] o por lo menos es el amor lo que le da cierto sentido a lo que estamos haciendo. Durante años, en mi trabajo como médico, me he dado cuenta que muchas de las más graves dolencias que me ha tocado manejar no son necesariamente dolencias de tipo físico; sino que han sido enfermedades espirituales... La falta de amor, o cuando no existe un ambiente o escenario apropiado para que el amor florezca en forma más sublime. Digamos que ante estas situaciones uno va empezando a desarrollar cierta sensibilidad sobre ese punto. [Por ejemplo, qué pasa con] el amor hacia los mayores... Qué pasa con la vivencia de los padres en la medida que ven crecer a sus hijos, qué ocurre con todos esos hogares que están separados... Todas esas formas de amor y desamor son tratadas en la obra. Aquí hay amores que se encuentran con treinta años de atraso, algunos se van forjando en el camino, y otros por diversas circunstancias no se pudieron concretar en su momento. En otras palabras, por lo menos en mi vida, el amor es la cosa más importante y eso se traduce en lo que escribo. Además, este es un libro psicológico que tiene ciertas connotaciones de novela negra, pero no tiene una visión orientada a matar (desperdiciar) el tiempo [del lector], al contrario es un libro para leerlo [a] pausas. No es una lectura difícil, pero no niego que mi estilo tiende a ser un poco [...] poético. Sin embargo, he aprendido a domesticar esa parte de la pluma para volverlo accesible a un amplio sector de personas, sin perder el estilo propio.
Su trayectoria habla de más de quince años de ejercer como médico y como escritor.
Yo desempeño desde hace años muchas funciones dentro del qué hacer médico, la docencia y la disertación de conferencias a nivel nacional e internacional. Escribir para mi no es un desahogo, sino el resultado de influencias muy tempranas en mi vida, determinadas por una relación muy intensa, cercana y cómplice con mi madre. Los dos pasábamos mucho tiempo juntos con la lectura, de hecho los mejores tiempos de nuestra vida fueron precisamente leyendo; ella me enseñó a leer, me dio los primeros pasos y me cultivó esta afición, por eso es que escribir viene siendo como una necesidad orgánica al igual que respirar y comer. Actualmente, continúo escribiendo, me mantengo trabajado casi todos los días en diferentes proyectos. Escribo no por necesidad económica ni porque creo que la literatura vaya a suplantar mi profesión. Escribo porque si no lo hago probablemente tendría problemas de estabilidad emocional y esto es como mi válvula de escape para expresarme como ser humano. La ciencia me da un marco referencial muy frío y no tengo forma de manejar el aspecto emocional, en cambio la literatura es el vehículo de expresión para las personas. Por eso no es raro que muchos médicos, precisamente por la evidencia de ver a otros seres humanos sufriendo, se inclinen a buscar en la música y la literatura, un mecanismo de escape. De ahí que mi primer esfuerzo literario real comenzó con los estragos ocasionados durante los terremotos de enero y febrero de 2001 en El Salvador.
La última vuelta de tuerca fue presentada de manera exclusiva el pasado 25 de marzo en la ciudad capital. Posterior a la actividad del próximo martes 7 de abril, el Dr. Hugo Villarroel Abrego continuará trabajando en la producción de seis proyectos literarios, cuatro de ellos destinados al público infantil. El autor también ha escrito el libro En el nombre de David en el año 2004.

2.3.09

LA ÚLTIMA VUELTA DE TUERCA

ESTIMADOS LECTORES:

POR FIN TENGO EN MIS MANOS LOS EJEMPLARES RECIÉN IMPRESOS DE MI SEGUNDA NOVELA, "LA ÚLTIMA VUELTA DE TUERCA".


LA PORTADA ES UNA COLABORACIÓN DE MI HIJO EDUARDO ALONSO VILLARROEL MARTÍNEZ. PRONTO COMENZARÉ A DISTRIBUIR LA NOVELA (372 PÁGINAS) EN LAS PRINCIPALES LIBRERÍAS DEL PAÍS.

QUISE ESCRIBIR UNA NOVELA DE AMOR, PERO PRONTO ME DI CUENTA QUE EL AMOR MUCHAS VECES CONLLEVA PENA, FRUSTRACIÓN Y DOLOR, NO SIEMPRE ES UNA EXPERIENCIA DULCE. HABLO DE AMOR EN CUALQUIERA DE SUS FORMAS DE EXPRESIÓN: FILIAL, DE PAREJA, ENTRE AUTÉNTICOS AMIGOS, MÍSTICO... MIS PERSONAJES AMAN CON INTENSIDAD, LUCHAN POR QUE EL SENTIMIENTO TRASCIENDA MÁS ALLÁ DE LO COTIDIANO: ESTÁN DISPUESTOS AÚN A ROMPER CON TODO, PRESENTE, PASADO O FUTURO, CON TAL DE AMAR. NO SÉ CUÁNTO SE REFLEJA EL AUTOR EN LAS PÁGINAS, PERO SÍ ME CONSTA QUE CADA UNA DE ELLAS FUE ESCRITA ESCRITA CON GANAS Y PRECIOSISMO, SIN REPAROS EN EL TIEMPO O ESFUERZO QUE ESTO IMPLICARA. ESA PACIENCIA SE LA DEBO A SILVIA YANIRA, MI ESPOSA, MI MÁS DURA CRÍTICA PERO A LA VEZ MI PROMOTORA MÁS ARDIENTE. A ELLA DEDICO LA NOVELA, CON ESTOS VERSOS, ESCRITOS EN UN ARREBATO DE AMOR, CUANDO LA VÍ ATACADA POR FUERZAS EXTRAÑAS QUE MUY A SU PESAR JAMÁS HAN PODIDO ALEJARLA DE MI CORAZÓN:


¿Puedo bogar contigo

Contra esta marea de improperios?

Dame tu mano ardiente

Para subir a cubierta

Dame el timón, dame tu brújula

Te llevaré a buen puerto

En donde no sea delito

El pedir permiso

Para comerse el cielo…

Para Yani

Por siempre

Para siempre


GRACIAS POR SU INTERÉS EN ESTE TRABAJO. LES REGALO A USTEDES UN FRAGMENTO DEL PRIMER CAPÍTULO.

HASTA LA VISTA.


1

Confesiones del prisionero nostálgico.

Ciudad Península.

Agosto 8, 2003. Viernes.

7:16 P.M.

Lo llaman el Characuaco. Nunca usa su nombre verdadero porque siente que no le pertenece, que es como una camisa prestada que no le talla bien y que apesta a olores ajenos. Recién cumplidos los sesenta y seis años, tiene gustos sencillos la y cabeza dura, como cree que todo hombre decente debe ser. Se ha dicho en su contra que no es hombre de muchos principios, pero debe aceptarse que a los pocos que conserva les guarda una fidelidad a toda prueba. Seco de carnes, cabezón, casi calvo y narigudo, parece un pájaro raro a medio disecar, pero no le resulta difícil, a pesar de su estrafalaria estampa, el pasar desapercibido cuando se lo propone.

Hoy es uno de esos días para mostrar bajo perfil. Frena el taxi frente al hotel y, al despedirse de su cliente —y jefe— Eugenio Sanmartín, intercambia con él una sonrisa cómplice cuando le promete regresar antes de las once, a tiempo para la cena. Eugenio —bajo, rechoncho, colorado y siempre sonriendo— lo despacha guiñando el ojo y alzando los pulgares.

Después de aparcar a un par de cuadras del hotel sale del auto, para estirar las piernas. Hace calor, pero desde el norte sopla una brisa tímida, fresca y olorosa a crustáceos machacados. Abotona la guayabera sin adornos hasta el cuello, mete las manos en las bolsas del pantalón —negro, bombacho y con bastillas— y comienza a caminar.

Minutos después ya ha dejado atrás las calles principales del Centro Histórico de Ciudad Península, hediondas a sudor, frituras y alcohol, atestadas de parranderos. Desciende sin prisa por la suave pendiente de la avenida que conduce, en dirección norte, al Muelle Viejo. Se aleja del neón multicolor, del tam-tam de los altoparlantes y las ofertas burlescas de un par de prostitutas cincuentonas que, resignadas a no pescar clientes, han tomado asiento en una banqueta. Sonríe con ellas y las saluda con la mano, sin dejar de caminar.

Su brújula es una línea de luces amarillas que, un par de kilómetros cuesta abajo, demarca los alrededores del Muelle, en el Barrio Obrero.

***

Se detiene justo donde la avenida se bifurca. Allí el asfalto cede el terreno al adoquín de las callejuelas, que parten desde ese punto a izquierda y derecha, paralelas a la costa, retorcidas y mugrosas. Huele a sal y cloaca, por partes iguales. El Characuaco piensa en intestinos repletos de porquería. Vira a la izquierda, no sin antes vacilar por un momento. Las farolas —que habían guiado su camino desde lejos— iluminan, desde el lado de la playa, las fachadas multicolores de los bares y prostíbulos frente al mar, que chapotea, manso y oscuro, a unos veinte pasos. El agua de lluvia, incapaz de drenar en los albañales atascados de basura, le empapa los zapatos, pero no modera el paso hasta no salir de la zona de tolerancia, que se extiende por unos quinientos metros de playa. El adoquín fracturado empieza a ralear y el antiguo empedrado colonial es visible en tramos de camino cada vez más amplios, hasta que, después de unos cinco minutos de caminata, todo lo que puede sentir bajo sus zapatos son pedruscos húmedos. Cuando el callejón empedrado degenera en vereda —polvorienta en verano, lodazal en invierno—, se para en seco. El último farol parpadea, lejano y amarillento, a sus espaldas. Allá quedó la ciudad: esplendor, calidez, estrépito, multitud: odiosa pero seductora, como una amante caníbal. Frente a él, la playa rocosa de arenas negras, silencio, paz y soledad. Se acerca a la línea de la marea y se sienta en la arena, como lo hacía con su Toñita, dos generaciones atrás, en ese mismo sitio, casi siempre a la misma hora. La nostalgia se lo está comiendo vivo.

“Sabía que era mejor quedarme en el hotel”.

Quiso dar un paseo de cinco minutos y había caminado durante cuarenta y cinco. La presentación de la nueva novela de Eugenio Sanmartín, en cambio, no habría podido engancharlo por tanto tiempo. El Characuaco se habría muerto de sueño en el Salón Imperial del hotel, porque de entre todos los allí presentes no hubiese tenido con quien platicar un rato. Pensó en ello y se imaginó a sí mismo soltando un bostezo enorme, de esos que contagian a medio mundo, con lágrimas en los ojos y sacudidas de cabeza.

El Characuaco está cansado. La espuma le salpica los zapatos mientras se cuestiona si se trata de fatiga del cuerpo o desgaste del alma. Concluye que hay algo de las dos cosas. Maneja el taxi y además trabaja a tiempo parcial para Eugenio Sanmartín, pero no se parece en nada al típico taxista peninsular. Hijo renegado de las aulas de la Universidad Peninsular, licenciado cum laude, enseñó Letras y Filología por tres décadas hasta que, en los días de la ocupación del campus, un piquete de soldados del gobierno recibió la orden de echarlo a patadas del Alma Mater, por revoltoso y socialista. No era ni una cosa ni la otra, pero el gesto de quemar su diploma frente a la Rectoría —protestando por los cateos— lo nimbó de un inmerecido prestigio ante estudiantes y docentes. Avinagrado para el resto de su vida, militó en grupos políticos clandestinos de poca monta durante los años ochenta, hasta que el Pacto Solidario para la Paz de mil novecientos noventa volvió obsoleta su postura antisistema. Se consoló entonces escribiendo crítica literaria para una revista cultural de medio pelo y redactando ensayos, todos ellos inéditos. Ya viejo, terminó adicto a los debates de cafetín. Pero no es un bohemio cualquiera. No socializa tanto como otros de su misma condición, siempre a la caza de amigos a quienes adular, que sirvan de mecenas para pagarles tabaco, tragos y algún revolcón de cuando en vez. Por el contrario, casi nadie quiere a personas que, como el Characuaco, se aficionan a cultivar el arte de hacerse odiosas. La gente huye de su cáustica sinceridad como si de la peste negra se tratase. Él no necesita que lo quieran.

Veterano de causas perdidas, se ha consagrado a ejecutar un plan que trama en privado desde hace algunas semanas. Sabe que para ello debe regresar al Gran Hotel Peninsular, al evento de Eugenio. Son viejos amigos, hay algún afecto entre ellos, pero no demasiado: se conocen tanto que para el Characuaco eso sería imposible. Si quiere conocer al doctor Daniel Moynihan Estévez debe volver, y cuanto antes mejor, porque llegará la hora de la cena y podría perderse la ocasión de tenerlo de frente, el primer gran objetivo de su plan. Duda porque está muy bien aquí y no se siente con fuerzas para regresar. El mar se bate en retirada, dejando miríadas de conchas y caracolillos abandonados sobre la arena. Si se va cree que también dejará aquí algo de sí mismo, algo que quizás no pueda recuperar. Pero está acostumbrado a la pérdida, y ese es un hábito difícil de dejar.

21.7.08

GOVEIA

PONGO A DISPOSICIÓN DE MIS AMIGOS MI CUENTO "GOVEIA VIAJA A TIMBUCTÚ".




GOVEIA VIAJA A TIMBUCTÚ.

(Para Memito)

Goveia se levanta muy temprano, el primero de todos, para ver salir el sol. Hace frío y no se ven ni las manos en la oscuridad de la madrugada, pero envuelve su cuerpecito en una sábana y sale de la choza en puntas de pies –no vaya a despertarse mamá- para luego correr descalzo en dirección a la ciénaga al otro lado de la colina, el hogar de los patos silvestres, sus amigos favoritos, que ya le esperan, ansiosos para bañarse con las luces naranja y oro que pronto se filtrarán por entre los altos bejucos. Goveia es pequeñito, vivo, ágil y travieso, un gran compañero de juegos: por eso, al verle asomar en la cumbre de la colina, los patos comienzan a graznar en coro, alborozados, dando la bienvenida al niño.
—¿Por qué tardaste tanto, Goveia?
Goveia habla con los patos. Madya, su mamá, no le cree cuando él narra las hazañas de sus amigos, que cada año cruzan el continente para darse cita aquí, en esta comarca siempre cálida, donde se puede cazar los insectos más grandes y jugosos y chapotear en el fango todo el día, lejos de las inhóspitas nieves del norte.
Goveia abraza a su amigo Biliko, el Rey de los Patos, el de más lustroso y aceitado plumaje, el cabeza indiscutible de la bandada. Biliko apoya su pico en el hombro desnudo de Goveia, mientras extiende sus alas imponentes para abarcar su cuerpecito, en un abrazo de plumas que abriga más que cualquier edredón.
Goveia, con una sonrisa ancha y de dientes menuditos contesta:
—Me escapé otra vez, Biliko, amigo…
—¿Tienes hambre, Goveia?
Los ojitos del niño se encienden, con júbilo, como dos antorchas en la negrura de la madrugada, mientras lleva las manecitas a su estómago.
—¡Sí! ¡Quiero comer!
Los patos agitan las alas, graznando de gusto. Pronto, el banquete está servido a las orillas de la laguneta, sobre una hoja enorme de palma: gordos gusanos de mil y un patas, suculentos grillos, mariquitas de todos los colores, encarnadas, amarillas y esmeralda, larvas pálidas y ciegas de un palmo de tamaño, jugosos y palpitantes renacuajos y, para alivio de Goveia, algunas guindas maduras, apenas picadas por los colibríes, tan sabios para descubrir los frutos más dulces. Goveia come de las guindas mientras los patos pasean a su alrededor, solícitos, dispuestos a atender cualquier capricho de su joven invitado.
—¡Ya sale el sol!
Un aleteo ensordecedor se escucha hasta en los confines del valle, que se despereza poco a poco. Ya comienzan a elevarse las primeras columnas de humo en la aldea, se puede aspirar el aroma de la leña que arde desde muy temprano en cada casa para espantar al frío y a los mosquitos. Pronto se entonarán las oraciones matutinas y los cantos de los fieles llegarán a oídos de los patos que guardarán, entonces, respetuoso silencio.
Goveia se ha adentrado en el agua fría, que le llega a la cintura, para no quedarse solo en la orilla. Cuando el sol deslumbra sus pupilas piensa en la doctora, piensa en María, pues conoce el nombre de la mujer sonriente que un par de semanas atrás llegó a la aldea en aquella máquina enorme y rugiente de metal en donde se esconden varias personas y que rueda por todos los senderos sin detenerse, sin cansarse nunca. Recuerda a su mamá abrazando a la doctora para después gritar a todos los puntos cardinales:
—¡Goveia! ¡Goveia! ¿Dónde estás, malandrín escurridizo? Ven, amor mío, esto no te va a doler…
Pero Goveia no era bobo y sabía ya, a sus cinco años recién cumplidos, que las agujas duelen hasta el alma cuando se hincan en la carne. Además les obligan los mayores a los niños tragar esas enormes y amargas cucharadas de jarabe… ¡Cuánta maldad! Se había escondido entonces dentro de una enorme tinaja de barro cocido, allí donde su madre hace hervir los granos para amasar las tortas que tanto celebran los vecinos de la aldea. Desde su escondrijo, Goveia atisbaba de cuando en vez el panorama, con miedo de ser descubierto, para no perderse ningún detalle de la extraña visitante. Ella era alta, no era delgada como todos sino más bien un tanto gruesa, extraño, muy extraño… Sonreía mucho y su cabello era diferente, negro, claro está, como todo el mundo, pero largo y lleno de rizos, como ninguna de las mujeres que conocía. Y aquella noche, Goveia, castigado por salir de casa –como siempre- de madrugada y sin permiso, se acostó en su catre al apenas salir las estrellas, incapaz de conciliar el sueño a pesar de las narraciones de su padre, el único hombre de la aldea que recuerda cómo hechizar serpientes tan solo con la fuerza de su canto. Distraído, chapoteando en las aguas mansas, ya no recuerda a su papá sino que piensa en ella, en la doctora María, en las ganas de abrazarle y enredar los dedos en sus rizos…
—¡Goveia!
Los patos alzan el vuelo, asustados, todos menos Biliko, el Pato Rey. Madya, la madre de Goveia, tan oscura de piel como su hijo, bella, alta y de esbeltez poco común está de pie, a espaldas del niño desobediente, quien se ha quedado paralizado, sabedor del castigo que le espera: no podrá recibir el regalo prometido, el tambor de cuero de antílope que su padre le está fabricando a pausas, durante los escasos ratos libres que le quedan.
—Hijo, te dije que estaba prohibido salir de la casa tan temprano para venir hasta aquí. ¿No ves que podrías ahogarte?
Goveia sonríe al abrazarse a las piernas de su madre. Ella no sabe que Biliko le ha enseñado ya a flotar en las aguas mansas, sacándolo del fondo un par de veces con su pico fuerte y enorme.
—Adiós, Biliko…
Madya no puede ya contener una sonora carcajada.
—¡Ja, ja, ja! Niño… No les hables a los patos… Nunca han contestado a nadie. Estás loquito mi niño precioso… Ven con mami, te daré un poco de la leche de cabra que tanto te gusta.
—¿Puedo regresar más tarde, mamita?
—¿Regresar? ¡Espera que tu padre se entere de tus travesuras! No podrás salir de la casa…
—Mamá… La mujer, la doctora María, dijiste que me ibas a llevar a verla a la gran ciudad junto al mar…
—María llega hoy al pueblo frente al mar pero no podré ir a visitarla. Llevaré las batatas al pueblo al otro lado de la ciénaga para cambiarlas por aceite y miel. Pero tú te quedarás, ayudándole a papá, mira que habrá mucho quehacer en el campo y debes aprender bien su oficio que será también tuyo cuando hayas crecido y estés fuerte, así como él. Pórtate bien y obedece mis mandatos, hijo mío.
Las lágrimas se hacen un nudo en la garganta de Goveia, quien juega con sus deditos para hacerse el valiente, para no llorar, no sabe si de cólera o de tristeza porque es todavía tan pequeño... A él no le gusta imaginarse labrando los campos y bañado en sudor, ni tampoco escondido en las cavernas, golpeando las rocas en busca de piedras brillantes para los grandes señores de piel pálida, los dueños de la tierra, el agua, el aire y de todo lo existente. No, él quiere subir a la máquina de metal, aferrarse de la rueda poderosa que la gobierna y, con María, la doctora buena sentada a su lado, partir lejos de allí hasta arribar a Timbuctú, la gloriosa ciudad del norte de la que tanto le hablaba su difunto abuelo, con sus elevadas torres de oro y cristal, donde vivían los reyes de negra piel que medían veinte palmos hasta la coronilla y guerreaban a lomos de pájaros enormes contra los demonios alados del desierto. Pero todo estaba perdido. No podría ver a la doctora María, ni pedirle permiso para subir a la máquina, ni decirle cuánto ansiaba abrazarla y pedirle a ella el tambor que su padre tanto ha prometido pero que nunca va a llegar, estaba seguro de ello porque sabía que le gustaba desobedecer: Ama demasiado a su amigo Biliko, le importa más ese cariño que la vieja promesa del tambor. De mala gana, azotando los piececitos contra el suelo y con la boquita fruncida, Goveia camina tres pasos atrás de su madre hasta entrar en la choza. Jako, su padre, ya está inclinado sobre el surco, atrás de la choza, al pie de la colina, y su pequeña hermanita duerme aún con sueño profundo, recién amamantada. Goveia toma su leche pero está tramando una fuga perfecta. Mamá en el mercado, papá en el campo, la niña dormida…
El sol ya calienta con fuerza cuando Goveia calza sus sandalias de cuero, uno de los tantos regalos que la doctora María, a pesar de no conocerle, le ha traído. Envolviéndose en una de sus túnicas favoritas, blanca como la luna y sin ornamentos, Goveia guarda en un morral un trozo de torta, un puñado de semillas y la calabaza para el agua fresca, recién sacada del pozo. Ha andado este camino muchas veces pero nunca solo, siempre lo ha hecho de la mano de su madre o de su padre, a la vera del riachuelo que desemboca en la laguna, hasta llegar a una cuesta que desciende con suavidad, pero tan sinuosa que parece la piel olvidada de una serpiente gigantesca. La vereda está custodiada por altos y frondosos árboles, poblados de ejércitos de monos chillones y aves multicolores que cuelgan sus extraños nidos de las ramas más altas. Al poco rato de andar ya no reconoce el camino nuestro héroe, que se siente perdido y con deseos de llorar cuando los monos más pequeños, las crías menores de la manada, se burlan de él señalándole con sus dedos peludos de uñas negras. Cuando se rendía ya a la desesperación, un aleteo cercano asusta al pobre Goveia, que cae sentado sobre el polvo del camino, ensuciando su inmaculada túnica de algodón. Es Biliko, quien acude al rescate del niño perdido.
—¿A dónde vas, Goveia, tan solito?
—A buscar a María, para que me lleve a Timbuctú…
—No llores, mi amado Goveia, no tengas miedo, ya estoy aquí. No podrás viajar sin compañía. ¡Ven! Sígueme, yo iré adelante para avisarte de cualquier peligro.
Goveia no cabe de contento al saberse acompañado del inigualable Rey de los Patos, quien prefiere caminar con dificultad a volar, para no dejar atrás al niño que sueña un día con volar en vez de caminar para llegar muy lejos, a orillas de aquel río que, si bebes de sus aguas, te retiene prisionero para la eternidad, porque te enamoras de la tierra bajo tus pies, sembrada de girasoles enormes. No ha pasado mucho tiempo cuando Goveia llega a un punto en que la vereda se divide, a derecha y a izquierda. ¿Cuál será la ruta correcta hacia el mar? ¿Cuál la que lleva a la selva montañosa? Biliko espera a la orilla del camino, reponiendo el aliento, a que Goveia tome una decisión. Aparece entonces ante los viajeros una rara ave, nada menos que un cucú de cola larga, que revolotea despreocupadamente sobre sus cabezas.
—¡Pájaro!
—Dime, oh pequeño sabio, que hablas la lengua de las aves…
—Voy a la ciudad, a orillas del mar. Dime cuál es el camino.
—Todos los caminos llevan al mismo sitio… Escoge el que te guste… Adiós…
—Biliko y Goveia reanudan la marcha, tomando el camino de la izquierda. Fatigados, recuperan las fuerzas cuando la brisa se va cargando de sal y aroma de algas secándose al sol, anunciándose ya la proximidad de la playa. Biliko alza el vuelo y contempla el horizonte, volando en círculos sobre Goveia, que ya salta de alegría en espera de buenas noticias.
—¡Biliko! ¡Biliko! ¿Puedes ver el mar?
Una rama cruje en la espesura, a pocos pasos de distancia. Goveia voltea la mirada hacia los árboles y ve con claridad la silueta del cazador que coloca un gran guijarro en la honda, aprestándose a derribar de un tiro certero al majestuoso Rey de los Patos.
—¡Cuidado Biliko, cuidado!
Alertado justo a tiempo, Biliko maniobra en el aire esquivando el guijarro, para después, sin dejar de graznar, castigar a picotazos la cabeza del joven pero inexperto cazador que huye despavorido entre los árboles, tratando de evadirse del ataque de Biliko, a partir de este día conocido también como el Gran Cazador de Cazadores.
Biliko asienta sus patas membranosas en el polvo y extendiendo una de sus alas da la feliz buena nueva a Goveia.
—El mar…
Goveia corre al ver la línea costera, en donde multitud de niños y mujeres se congrega alrededor de una tienda de campaña, espantando en su carrera a una bandada de flamingos que, en una sola pata, toman el sol con haraganería. Goveia salta de contento cuando reconoce a María entre la multitud que le escucha en silencio mientras ella les habla con dulzura, con un acento extraño pero no difícil de entender.
—¿Niño, cómo te llamas? ¿Dónde están tus padres? ¿Ese pato te pertenece?
Goveia extiende sus bracitos y se abraza a las piernas de María. Ella se pone de rodillas para verle mejor y le abraza también, emocionada. En el rostro de la doctora hay una sonrisa de gran felicidad y no dice ni una palabra porque entonces su corazón se hubiese roto, allí mismo, en mil pedazos.

***

—Gracias por traer a salvo a mi niño, doctora María…
Madya está en cuclillas amasando la harina, y la mezcla poco a poco con chorros del aceite traído ese mismo día del pueblo vecino en un pesado cántaro de barro cocido. Dos pescados enormes se fríen en una sartén sobre la hoguera de leña y todos se aprestan a cenar con gran apetito.
—No te preocupes, Madya, la próxima vez que Goveia quiera manejar la Gran Máquina solo tienes que decírmelo... Vaya suerte que se me ha ocurrido seguir el vuelo de ese pato escandaloso, que no me dejaba en paz todo el camino, para llegar hasta acá. ¿Cómo saber que Goveia era tu hijo, el miedoso?
Goveia sonríe, sentado en las piernas de Jako, contemplando extasiado su tambor nuevo, hecho de una rama hueca y decorado con bellas talladuras de soles, lunas y estrellas… No se cansa de palmotear quedito el tenso parche de cuero sin quitar los ojos de encima de María, la doctora que no quiso llevarle a Timbuctú pero que le ha permitido asomarse a las entrañas de la Gran Máquina y viajar juntos sin cansancio de regreso a casa, cuando ya el sol comenzaba a ocultar su manto dorado detrás de los montes boscosos. Cuando ya es hora de dormir, Madya le acaricia la cabecita ensortijada en donde sigue revoloteando la ilusión de volar, al frente de la bandada, en ruta hacia Timbuctú, rozando alas con Biliko, el amado Rey de los Patos.


FIN

9.8.07

CULTURA POPULAR - CAPÍTULO II - PAPEL DE LA CULTURA

CAPÍTULO II.

PAPEL DE LA CULTURA EN EL DESARROLLO DE LA PERSONA INDIVIDUAL Y SUS ESTADOS DEL EGO.





Los miembros de la especie humana se convierten en “personas” después de años de un proceso que se denomina, por lo general, “educación”. Si el “animal humano” no se educa, o más aún, en el caso en que las crías de humano sufran abandono total, jamás se desarrollarán los estados del Yo neopsíquicos, como el “Padre” de los transaccionalistas (o superego, para los psicoanalistas) y el “Adulto” o ego. Al “Adulto” Eric Berne lo dividía en tres segmentos —análisis estructural de segundo orden—: llamaba “Ethos” al conjunto de principios heredados y aceptados como propios previo análisis conciente), el “Technos” (todo el cúmulo de información que la Cultura provee) y “Pathos”, que es la parte del adulto que genera los rasgos más apreciados en Sociedad: el “encanto”, “gracia”, “donaire” o “distinción”. Todo esto queda subdesarrollado si no hay estímulos e información apropiados y suficientes. La conducta será instintiva e intuitiva (todo ello integrado en los estratos más arcaicos del cerebro), pues no habrá modelos que imitar ni patrón cultural que seguir. Los primeros ejemplos de lo explicado que vendrán a la mente serán los de Tarzán — Edgard Rice Burroughs escribió la novela que cuenta la historia de un niño criado por grandes simios en África al morir sus padres en un accidente de aviación— y, en mucho menor grado, de Mogwli (personaje del Libro de la Selva de Rudyard Kipling, capaz de hablar con los animales). Ejemplos que no tienen nada de literario y que son casos extremos de lo aquí explicado aparecen de cuando en vez al revisar la Historia. Jorge Fondebrider ha escrito sobre los “niños salvajes” en su libro “Licantropía” (Argentina, Adriana Hidalgo Editora, 2004), mencionando casos emblemáticos, como el de Peter de Hanover (que quizá haya influido en Jonathan Swift y su obra “Los Viajes de Gulliver”), la “niña salvaje de Champagne” y, muy en especial el de Víctor, el “niño salvaje de Aveyron”: en este último caso nunca fue posible la socialización integral del niño, a pesar de todos los esfuerzos del doctor Jean Itard, quien se resistía a considerarlo “idiota”, como lo había dictaminado el eminente médico Philippe Pinel.
La estimulación temprana de los niños por lo general lleva a un avance rápido en el desarrollo de sus facultades intelectuales y motrices. Por el contrario, un cuidado displicente y la falta de atención, o el maltrato (a menudo por padres disfuncionales, con trastornos de personalidad o también abusados) bloquean el progreso intelectual (lo que llamaríamos el proceso de desarrollo del “Adulto”) o distorsiona gravemente la visión del mundo y del propio Yo, lo que generaría posturas existenciales paranoides (Yo estoy “bien”, Tú y Ellos están “mal”), depresivas (Yo estoy “mal, Tú y Ellos están “bien”) o, peor aún, nihilistas y destructivas (Yo estoy “mal”, Tú y Ellos también están “mal”). No es exagerado decir entonces que la psicosis, muchos casos de depresión endógena y el comportamiento antisocial (aún criminal) derivan de estas posturas tomadas a una edad tan tierna como antes de los ocho años, cuando el mundo es mágico y dicotómico (“malo” o “bueno”, “gusta” o “no gusta”, “quiero” o “no quiero”) y no hay capacidad de comprender ni la complejidad de un mundo exterior ante el que se siente indefenso, ni el por qué de lo que piensa y se siente (Inteligencia emocional).
Así, el niño humano recién nacido es arcilla en las manos de sus padres. El destino de ese bebé, desnudo, indefenso, completamente dependiente, dependerá del potencial de Él mismo (algo que solo está definido orgánicamente por sus genes hasta ese momento) y su circunstancia (lo que su familia haga por él), parafraseando una cita famosa de Ortega y Gasset. Factores genéticos, lesiones orgánicas, malformaciones y enfermedades congénitas son todas variables determinantes en el devenir de la “personalidad” (lo que individualiza a cada humano, volviéndolo único, irrepetible, persona, en una palabra). Los detalles relacionados con la evolución de la psique de estas personas con handicap o “discapacidad” física o mental (y el pronóstico para una inserción social exitosa) escapan al alcance de este ensayo y pertenecen al campo de la Medicina, la Psicología clínica y la Sociología. Nos ocuparemos, en cambio, de aquellas circunstancias (partiendo del nacimiento, más aún, del cómo fue engendrada esa vida y las condiciones en que se desarrolló el proceso de gestación) que, determinadas decisivamente por las emociones y conductas de sus padres (o de las personas que cumplen con esa función) deberían convertir a un lactante desvalido en un individuo autosuficiente que acepta y goza de vivir gregariamente, en sociedad con sus congéneres.

HASTA LA PRÓXIMA ENTREGA.

CULTURA POPULAR - CAPÍTULO I - DESMITIFICANDO EL CONCEPTO

CAPÍTULO I.
CULTURA:
DESMITIFICANDO EL CONCEPTO.


Museo de Arte Moderno de Münich, un día sábado, a las seis de la tarde, en punto. Un afamado artista plástico observa, mientras degusta una copita de Oporto, un óleo de Francis Bacon. Conversa por largo rato con el curador de la muestra pictórica mientras sacude la cabeza de lado a lado: no puede disimular su "disgusto" ante lo que le parece "una grotesco pero colorido ejemplo de sadismo". Secretamente está encantado de poder disentir —y expresarlo sin ambages— de la admiración que el cuadro genera en la mayoría de visitantes del Museo. Simultáneamente, pero a miles de kilómetros de distancia, la gente se apiña en el Multiplaza Mall de la ciudad de San Salvador, El Salvador, para asistir al desfile de modas organizado por una conocida boutique de la ciudad: va a exhibir su nueva línea de prendas íntimas. Bellas edecanes reparten bebidas ligeras de cortesía a los asistentes.
Situaciones disímiles, escenarios muy diferentes. La gente acude a los eventos con genuino interés o decide ignorarlos, por diversas razones. Los que acuden observan, hacen corrillos, comentan entre sí, critican o alaban la organización, el montaje, la iluminación... No son indiferentes al goce estético que sienten o dejan de sentir. Pero sobre todo, de un modo u otro, disfrutan. Estructuran su tiempo y se sienten felices por ello, pues evitan el aburrimiento de estar aislados o enfrascados en la rutina de sus actividades cotidianas. Quizá la introspección asusta a muchos de ellos, así que distraer la atención hacia algo externo que estimule sus sentidos los aleje del mal hábito de reflexionar. El sentirse en consonancia o en oposición a los puntos de vista ajenos les confirmaría en su posición existencial mientras el tiempo transcurre con rapidez. Al final podrán decir: "¡Qué bien la hemos pasado!". El artista plástico comerá, al paso, antes de llegar a casa, un baguette de salmón con queso de cabra y beberá té importado de Assam. Los asistentes al desfile aplacarán su apetito con una exquisita hamburguesa con queso, papas "a la francesa", ketchup y Coca-Cola Light.
Eso es cultura. Cada persona dispone de un bagaje propio, único, irrepetible, de conceptos, vivencias, expectativas, aspiraciones... y, por supuesto, conductas: su patrón cultural. Las conductas aparecen cuando el sujeto reacciona al mundo exterior o a los diálogos internos de sus estados del ego. Cada persona responde según aprendió a hacerlo en su más tierna infancia y durante los llamados "años plásticos" de la edad escolar. Sin sobrepasar lo que universalmente se considera ético —si fuera posible tal homogeneidad de criterio— no puede ni debe hacerse juicios comparativos de valor con respecto a las conductas de las personas o los pueblos, en la medida que son respuestas más o menos estereotipadas pero socialmente aceptadas para su propio entorno social, para su cultura. Es decir, no habría culturas superiores a otras.
Debe considerarse también que cada actitud y conducta deberán ser valoradas según la situación particular (contexto) en que se expresen. El patrón cultural consiente cualquier manifestación ("memo" dirían los cibernautas, tan amantes de los neologismos) si ésta es apropiada o pertinente según los criterios dictados por "las buenas costumbres". Llorar en las bodas es tolerado y hasta visto con simpatía en casi todos los grupos sociales, pero si alguien lanza una carcajada durante los oficios religiosos será severamente reprendido por el grupo, sino expulsado del evento en cualquier sitio (a menos que su líder espiritual lo haga primero). En Suabia se acostumbra quebrar platos de loza para estas circunstancias solemnes, algo que sería considerado excéntrico en las regiones rurales de Centro América.
¿Quién define a "las buenas costumbres", cuya observancia discrimina entre las personas "educadas y cultas" de los "bárbaras e incultas"? Independientemente de la locación geográfica y del grupo étnico que se estudie, las normas son definidas por algo que la conciencia colectiva respeta: la Tradición. Las cosas siempre se han hecho de una manera y no de otra, siempre ha sido así. La tradición es incuestionable —por lo menos entre los bien adaptados— porque es fijada en la psique en una época prelógica: el niño obedece sin razonar, no pregunta el por qué hasta alcanzar cierta edad y, llegado ese momento, por lo general la respuesta que recibe es poco ilustrativa: "porque sí", "porque no", "siempre ha sido así". De este modo, la cultura —el patrón— queda insertado en la corteza cerebral como una marca indeleble que llega a creerse sagrada y se defiende, a veces, con la propia vida.
La tradición es importante porque está basada en los "valores" (conceptos que se consideran sagrados) y es dictada por los mayores, que se supone son más sabios y competentes. Se enseña de padres y madres (o sus sustitutos) a hijos e hijas del mismo modo que los progenitores legan sus genes en herencia. Es vinculante entre los miembros de un grupo que comparten el mismo ethos, y básica para mantener la cohesión y, por tanto, la misma supervivencia del grupo, familia, clan, estamento, sociedad o nación. El estado del ego "Padre" (término transaccional relacionado con pero no sustituible por el "Superego" de los psicoanalistas) define de antemano las conductas propias e impropias, lo cual facilita el accionar del individuo en su grupo porque le simplifica la tarea de discriminar entre lo "correcto" y lo "incorrecto", lo "bueno" de lo "malo". Solo si el "Padre" interior de cada persona da el "permiso" específico, se podrá actuar de una manera egosintónica: la desobediencia lleva a la reprensión —en público o privada, íntima— que genera, a su vez, culpa y miedo (al rechazo, a "estar mal"), auténticos motores de la obediencia y sumisión a la autoridad.
Como los patrones culturales son distintos para cada región, grupo étnico, credo o condición social, las diferencias llevan siempre a hacer odiosas comparaciones. Como cada quien cree que su cultura representa la manera adecuada de vivir (o de morir) y esto es reforzado por el grupo con el que se siente identificado, se tiende a descontar las tradiciones ajenas, vistas como impropias y, como mínimo "exóticas". Al ignorarse —muchas veces a propósito y con malicia— el sistema de valores subyacente a los rituales y comportamientos de otros grupos humanos, se reacciona con irrespeto, de un modo que puede ser trivial —como una sonrisa desdeñosa— o trágico, como nos lo recuerdan los campos de concentración y exterminio de todas las épocas. Trabajar en sábado podría ser obligatorio en una oficina postal de Oklahoma City, pero sería terriblemente criticado por los hebreos fundamentalistas en Jerusalem. Si se es judío ashkenazi y se trabaja en la Oficina Postal de Oklahoma City la situación se vuelve un poco más compleja, pero no irresoluble.
Ninguna cultura es superior a otra, en términos estrictos. Los pueblos del centro y norte de Europa gozan de prestigio por la antigüedad de sus instituciones, el desarrollo tecnológico alcanzado, su madurez política, riqueza, talento artístico... por su "cultura", en una palabra. Aún en la edad de piedra, los indígenas yanomame (de los que quedan menos de 30,000) del Amazonas llevan existencias pacíficas basadas en el principio de la subsistencia y en total armonía con su ecosistema. Ajenos a las veleidades del estilo de vida llamado "occidental", se les considera el grupo humano más primitivo existente. Conservan su cultura en un estado de pureza casi total. Desconocen la rueda y su sistema numérico consiste en tres guarismos: "uno", "dos" y "más de dos". Entierran a sus muertos, practican la endogamia (como siempre ha ocurrido en las casas reales de Europa) y mantienen alianza y relaciones comerciales con los grupos indígenas vecinos (de manera más eficiente que en la Comunidad Económica Europea). Su arte, más utilitario que artístico, carece de pretensiones. Da la impresión que la frugalidad, honestidad, sencillez y espíritu de colaboración de los yanomame no deberían estar en desventaja de frente a la glotonería, doblez, complejidad y espíritu de competencia que a menudo se adivinan en el comportamiento de sus congéneres más "civilizados", "cultos" y "desarrollados". Ninguna cultura es mejor que otra. Son sencillamente diferentes entre sí. Nadie debería ya ser capaz de llamar —a la usanza de los antiguos griegos y romanos— "bárbaros" a sus congéneres de cualquier parte de este planeta Tierra que se empequeñece rápidamente, a medida que la tecnología nos acerca unos a otros —para bien o para mal de unos y otros— a una velocidad de vértigo.

HASTA LA PRÓXIMA ENTREGA...

ENSAYO SOBRE LA CULTURA POPULAR - INTRODUCCIÓN


DE LA CULTURA POPULAR CONTEMPORÁNEA.

INTRODUCCIÓN.


DE LOS ORÍGENES DE LA CULTURA.

Doy inicio a este ensayo —he querido revestir a este artículo de algún grado de rigor académico— con un objetivo específico: Pretendo describir algunos de los elementos más sobresalientes del quehacer humano contemporáneo —en especial del quehacer lúdico— y, enarbolando estos paradigmas, buscar su raíz nutricia en la estructura única de la personalidad de cada hombre, mujer o niño. Casi podría afirmar -mi formación médica me compele a hacerlo- que tales elementos podrían ser reducidos a la categoría de signos y síntomas que, al ser valorados más allá de su aparente superficialidad y condición pop o light, revelan un universo interior de necesidades no satisfechas, un hambre de estímulo y de estructura, parafraseando a los transaccionalistas de Berkeley.

Es cultura todo lo que el ser humano elabora. El verbo “hacer” ha sido sustituido por “elaborar” por una razón sencilla: no toda conducta es cultural y el primer verbo es inadecuado para marcar tal diferencia. Esta distinción no es tan solo semántica: cuando el primer homínido primitivo bípedo alzó una rama de árbol frente a alguno de sus tantos depredadores, el uso de la “herramienta” es más acto instintivo de defensa integrado a nivel límbico que una verdadera elaboración neopsíquica. Cuando nuestro ancestro alcanzó el nivel de abstracción mental suficiente como para aguzar la punta de la rama y hacer uso más eficiente del recurso natural, allí la conducta se vuelve cultura, que también puede aprenderse y transmitirse a los descendientes (de modo tan eficaz como el de los genes en virtud de las leyes de la herencia mendeliana). En esta línea de pensamiento, se entiende también que hay gran diferencia entre esconder el cuerpo tras una roca para huir del enemigo y construir un muro de piedras para parapetarse allí y defenderse de mejor modo. Así, dado un nivel de evolución orgánica (no dispongo de términos más adecuados al momento) suficiente del sistema nervioso central, sería la interrelación entre esa red neuronal compleja —en virtud a los órganos sensoriales— y los estímulos aparentemente infinitos de un universo por descubrir, el motor creador de lo que ahora llamamos cultura. En lenguaje simple: dadme un cerebro con neocórtex y moveré al mundo.

Desde el descubrimiento del fuego hasta la invención de la bomba atómica y la decodificación del genoma humano han transcurrido milenios. La evolución del hombre como creador de herramientas y manipulador de entornos ha progresado con ritmo frenético en el último par de siglos, pero ese crecimiento exponencial no ha sido la regla para todas las formas del quehacer cultural. Algunos intelectuales, en arranques de pesimismo comprensibles pero en modo alguno justificables, han llegado incluso a anunciar la muerte de la filosofía y la literatura, disciplinas quizá obsoletas en un mundo que, a partir de las crisis existenciales derivadas de la postguerra mundial, pareciese haber sido remodelado alrededor de un concepto central: el disfrute sensorial a toda costa, como una meta en sí misma, como adicción.

Sería ingenuo creer que la búsqueda del placer no haya sido, a lo largo de toda la historia de la Humanidad, el motor fundamental de toda actividad. Quizá toda actividad humana haya sido diseñada, a fin de cuentas, para volver menos ardua la existencia, para ahorrar energía, reducir el sufrimiento, abrir espacios para el disfrute, construir un sistema que garantice una supervivencia larga y en especial, confortable. La búsqueda del goce colectivo, al alcance de todos, sería entonces el principio moral básico, la regla de oro (¿pan y circo?). El arte mismo, en todas sus formas, termómetro de la vida cultural de las naciones, es suntuario y lúdico en sí mismo y por definición, pues no sirve a fines utilitarios. La misma representación visual, una pintura al óleo, por ejemplo, es una obra de arte si contemplamos el cuadro original —valorado quizá en millones— en algún museo, pero no es más que un producto comercial —un poster— si se reproduce masivamente sobre papel por unos centavos, para decorar las paredes vacías de alguna oficina.

¿Pueden equipararse “felicidad” y “placer”? ¿Se es feliz cuando la sumatoria de eventos placenteros excede, en un intervalo de tiempo determinado, a la cuota de aburrimiento y pena que todo ser humano enfrenta cotidianamente? El placer es una realidad fisiológica, la respuesta cerebral a ciertos estímulos que cada individuo percibe como agradables, una respuesta no cortical sino límbica, instintiva y no volitiva, pues se integra en las estructuras encefálicas más antiguas. En ese sentido, la vivencia de lo placentero es idéntica a la de cualquier animal de experimentación que recibe comida o caricias al ejecutar correctamente ciertas secuencias de comandos. La “felicidad” es más bien una abstracción, una postura existencial más o menos estable que surge a nivel de la corteza cerebral, es una elaboración del intelecto.
  • A lo largo de este ensayo se hará consideraciones sobre los siguientes tópicos, sin pretender ser exhaustivos:
  • Concepto de "cultura".
  • Papel de la cultura en el desarrollo de la persona individual y sus estados del ego.
  • Hambre de estímulo y cultura.
  • La cultura como promotora de argumentos de vida.
  • Papel de la cultura en el desarrollo de la identidad nacional y/o regional.
  • Manifestaciones culturales: de la abstracción pura a la percepción sensorial.
  • La cultura en un mundo global y cibernético.
  • ¿Pueden hacerse juicios de valor sobre las diferentes manifestaciones culturales?
  • ¿Existe una cultura "popular" en contraposición a una cultura "clásica"?
  • La cultura contemporánea occidental como forma de evasión: la fundación de estilos alternativos de vida.
  • Elucubraciones finales.

Hasta muy pronto.

HVA