DALIA
Dalia despertó segundos antes que la alarma de su reloj de mesa comenzara a zumbar. La silenció de un manotazo mientras bostezaba.
Seis en punto.
Quiso, como cada mañana, saltar de la cama, pero por alguna razón lo hizo con una parsimonia que en cualquier otro día se le habría antojado impensable. Después de algunos minutos en el retrete ―su intestino tenía precisión de reloj suizo― se duchó a toda prisa y, enfundada en una bata felpuda, preparó su desayuno: un huevo pasado por agua, una tostada con jalea de membrillo y café con leche descremada. Así, con apenas quince minutos para cepillarse los dientes, vestirse ―falda larga, chaqueta y botas― y maquillarse, calculó que podía llegar al trabajo ―apenas a dos calles de distancia― y marcar su tarjeta faltando diez para las siete. Allí acabaría la programación de actividades, pues cada día, sentada ante su escritorio, no tenía la menor idea de lo que iba a acontecer. No es que careciese de agenda: al contrario, cada renglón de su libreta estaba repleto de una letra menuda y angulosa, desde siete a tres. Es que no sabía ―y en el fondo no le importaba en lo absoluto― lo que pudiera acontecer: siempre, al final de la jornada, todo estaría perfecto. Tenía el don de arreglar toda clase de entuertos y por eso escaló rápido hasta la Gerencia General. A ella le gustaba así, saturar cada minuto con actividad. No quería tiempo libre. No quería pensar. Suficiente angustia le causaba imaginar cómo llenaría las horas que transcurrirían desde la salida de la oficina hasta el momento en que tomaría la píldora que la despachaba al subconsciente cada noche a las nueve.
“Hola, jefa, te traigo tu cafecito con leche”.
“¿Descremada?”
“Descremada”.
Aminta, su asistente, pedía así permiso para entrar. Ritual innecesario pero apreciado. Menuda, morena, guapa, usaba tacones de aguja y ropa vistosa con accesorios enormes de fantasía. Nadie más en el mundo la tuteaba.
“Hola, Minnie… ¿Comenzamos?”
“No han venido todos los vendedores…”
Dalia frunció el entrecejo y crispó los puños.
“Dile a los puntuales que pasen a la sala de sesiones, en este momento. Los atrasados se quedan fuera, no importan los pretextos”.
Aminta disimuló su contrariedad. Había protestas callejeras por toda la ciudad ―el sindicato de transportistas pujaba por un aumento de subsidios― y solo los afortunados, como ella misma, y como Dalia, que vivían a pocas cuadras de la oficina, no dependían de los autobuses públicos. Pero recordarle eso a la jefa era invitación al desastre.
“Como digas”.
Dalia entró al sanitario de su oficina, revolvió cosas en su bolso y después de extraer algunos cosméticos retocó, sin necesidad, su maquillaje. Con ambas manos en el lavabo, se miró al espejo por casi un minuto. El tratamiento antiarrugas valía su peso en oro pero era un precio que podía pagar y que, sin duda, rendía sus frutos. Sonrió pero no le gustaba su sonrisa y desde niña había aprendido a taparla con ambas manos. Se sobresaltó al darse cuenta que, a pesar de la sonrisa tantas veces ensayada, este era un día muy triste para ella.
Lo peor es que no sabía por qué.
***
Antes de las nueve la reunión había terminado y algunos rostros compungidos desfilaban frente al escritorio de Aminta. Ella activó el intercomunicador.
“Dalia, tienes unos veinte minutos libres… ¿Quieres otro café? Te llevaré el periódico.”
“Bueno… Necesito decirte algo. Deja el periódico”.
Aminta sirvió dos tazas y golpeó dos veces la puerta de la oficina con la punta de su zapato. Dalia abrió de inmediato, como si hubiese estado esperando frente a la puerta.
Se sentaron juntas. Ninguna quería hablar primero y después de medio minuto las dos lo hicieron al unísono:
“¿Qué querías…”
“Fíjate que…”
Rieron. La risa de Aminta era ruidosa, casi estridente, mostrando toda la dentadura. Dalia seguía cubriéndose la boca cuando Aminta tomó la palabra.
“Te pasa algo.”
“Me siento rara, sabes que no he estado bien desde Navidad, pero este día algo es distinto y no lo entiendo… Es como si fuera a ocurrir algo importante.”
Aminta se revolvió en su asiento. Puso su mano sobre la de su jefe y amiga.
“Desde la época de colegio eras así… Te acuerdas, sin duda, que esta conversación ya la hemos tenido antes ―como si hubiese recordado algo importante, de repente apretó la mano de Dalia y la miró a los ojos, entrecerrando los párpados―… ¿Estás tomando tu medicina?”
Dalia desvió los ojos hacia el cielo raso.
“Dejé esa mierda hace casi tres meses… No me dejaba pensar, me sentía idiota. Solo tomo la pastilla para dormir”.
Aminta trató de no mirarla como su amiga, o su jefe. Se despojó de emoción para darle un consejo.
“Deberías llamar a tu terapeuta”.
Dalia no dijo nada ni hizo gesto alguno.
Aminta se levantó y un minuto después se sentó de nuevo pero traía una agenda de bolsillo. Después de una rápida búsqueda ―Dalia observaba, inmóvil― señaló algo con el dedo en la libreta y marcó un número en el teléfono del escritorio. Después de dos tonos una voz femenina contestó.
“Doctora, mucho gusto, perdón que le hable a su móvil… Necesito… Me urge un cupo para Dalia Castrejón… Sí… Lo sé… Ay, mi Dios… Perdón… Gracias, esperaremos su llamada, que tenga un buen viaje.”
Dalia miró a Minnie, desolada.
“¿Cuándo regresa?”
“En quince días”.
“Joder”.
“Dejó sustituta.”
“La doctora Valiente.”
“Sí.”
“Esa pendeja insoportable.”
“La misma”.
Aminta, dejando su silla, se acercó a Dalia y de pie, a su lado, le acarició el cabello.
“¿Estás segura que puedes trabajar?”
Dalia intentó contestar pero se contuvo. Iba a decir que sí, que su mente estaba despejada, que solo estaba más triste de lo usual. ¿Por qué? ¿Sería porque no había querido tomar las hormonas? “Mis ovarios se secaron” pensó, hacía una semana, con la receta en la mano, mientras pagaba la consulta de su ginecóloga. Ya en la calle, arrugó el papel y lo tiró por encima de su hombro. Llevaría su menopausia con dignidad, como dijo su madre cuando le dieron la misma receta, en ese mismo consultorio, veinte años atrás.
“¿Te sientes sola?”
Era la segunda pregunta al hilo que iba a dejar sin contestar. Pero era una pregunta válida. El nido estaba vacío desde hacía cinco años. Dos hijas, ambas casadas, sin hijos, con carreras exitosas y buenos maridos, a miles de kilómetros de distancia. Bien por ellas. Pensó en su divorcio y se dijo a sí misma ―por enésima vez―: “Fue la mejor decisión de mi vida”. Él no era malo pero sí infantil, irresponsable y un poco tarado. Le gustaba así pero en el fondo de su alma ―aún frente al altar― sabía que no lo querría para toda la vida.
“Voy a tomarme el día libre”.
Aminta asintió con la cabeza. Sirvió más café para las dos.
“Te acompañara… Pero si no estás solo quedo yo para dar la cara”.
“Por eso no pensaba pedirte que me acompañaras”.
“¿Contestarás el celular?”
Otra buena pregunta.
“Solo si me marcas dos veces consecutivas contestaré”.
“Bien. ¿Necesitas algo? Tengo tu cheque del mes… Incluye un bono y las vacaciones que se te debían desde marzo… ¿Lo quieres?”
Dalia hizo un rápido cálculo mental.
“Dámelo, iré a cambiarlo, quizá quiera irme de compras… Sabes el valor terapéutico del shopping…”
“Ja, ja… Si esperas un cuarto de hora el mensajero lo cambiará por ti y lo depositará en tu tarjeta de débito… Por si te excedes en los gastos, digo…”
***
El Distrito Comercial lucía abarrotado. Era viernes y tocaba día de pago, por lo que rebaños de compradores entraban y salían de las tiendas, cargados de bolsas y paquetes. Por lo general Dalia caminaba a paso rápido cuando, al grano, resolvía trámites personales. Este día arrastraba los pies y no porque sus músculos y coyunturas se negaran a obedecer las órdenes del cerebro: algo no parecía funcionar en su cabeza. Sin quitar la vista de las vitrinas quería saber por qué este día era tan diferente, como aquellos antes que iniciara el tratamiento para la depresión. Un niño comía un barquillo de helado en una fuente de soda y, a través de la vitrina, él y Dalia cruzaron miradas por algunos segundos. El copo de helado cayó sobre la mesa, el niño vio su barquillo vacío y rompió en llanto. Hasta entonces fue que Dalia se dio cuenta que estaba esperando que ocurriera algo, no sabía qué, una señal, y que esa señal, La Señal, había, por fin, aparecido. Frunció el ceño: tenía sed y el paladar le sabía amargo.
Buscó una calle lateral que le permitiera alejarse del bullicio. Había un bistró, modesto, en la siguiente esquina, un edificio pequeño, de dos pisos, de paredes ahumadas. Empujó la puerta con desgano y tomó asiento en la primera mesa que se le puso enfrente. El local estaba vacío. Un joven flaco, morocho, con pelo ensortijado, ojos tristes y manos enormes dejó sobre el mostrador polvoriento una caja de cartón y se acercó.
“Café con leche, por favor”.
El muchacho iba a decirle algo pero después de unos segundos de incómoda pausa sonrió, complaciente, fue atrás del mostrador, sacudió en el aire un delantal de dudosa blancura y con candor preguntó:
“¿Galletas, bizcocho o pastel?”
Ella miró su reloj de muñeca. Muy temprano para almorzar y además no tenía apetito.
“No, gracias”.
El mesero limpió la mesa con un paño húmedo y extendió sobre ella un mantel a cuadros que sacó de la caja de cartón. Pidió permiso, se retiró y dejó a Dalia sola con sus cavilaciones, más melancólicas que nunca.
Dalia sintió un impulso y no se contuvo. Abrió su bolso de cuero acharolado y dejó caer todo el contenido sobre la mesa, aunque cuidándose de no hacer mucho ruido. Con parsimonia comenzó a acomodar todas sus cosas sobre el mantel, como si construyera un collage con los fragmentos de una vida que, sin haber sido emocionante, había sido buena y carente de aquellas angustias que amargaban a la mayoría de su reducido círculo de amigos y parientes. Por lo menos había sido así hasta el divorcio, esa anomalía que había fracturado, con sus molestas y mezquinas negociaciones, esa paz de la que tanto había gozado desde que tenía memoria.
Ahora que había recibido La Señal, esperaba que se le revelara algo más, debía haber algo más...
“Instrucciones, o algo así, una guía, una ruta… Un camino… El Camino. Eso, El Camino”.
Mientras pensaba seguía ordenando sus cosas, con especial cuidado, sobre la mesa, alineándolas con maniática obsesión por una simetría imposible. Cédula de Identidad Personal. Identidad. “Yo. Ya no puedo ser yo. ¿Quién seré entonces?”
Siguió su tarea. Tres, cuatro, cinco tarjetas de crédito para uso internacional, todas de platino, una tarjeta de débito. Cosméticos. Cigarrillos, encendedor. Parafernalia de mujer de negocios siempre a la carrera. Licencia para conducir ―la foto no le hacía justicia―, carné de identificación tributaria, carné de biblioteca, tarjeta de descuento de Almacenes “La Dalia” ―le hacía mucha gracia que ella y el almacén compartieran nombre― y un cupón de su restaurante de sushi favorito.
“Mesero”
El morocho se puso a su lado de un salto y no encontró lugar para colocar el platillo con la taza de café ni espacio para el consabido vasito de agua mineral.
“Me llamo Emanuel”
Dalia lo miró con intensidad, escrutó cada línea de su rostro. Él se dejó explorar sin mostrar el menor signo de impaciencia.
“¿Puedo escoger?”
Señalaba con la barbilla los objetos cuidadosamente organizados sobre el mantel: se diría que la vida y obra de Dalia estaban en exposición.
Dalia sonrió, esta vez sin cubrirse la boca.
“Solo un objeto… Pero cuidado”.
“¿Cuidado?”
“Recuerda… con tu selección me mostrarás El Camino”.
“¿Recuerda?”
Dalia no contestó.
Emanuel dejó la bandeja sobre el mostrador y, de frente a Dalia, al otro lado de la mesa, cerró los ojos y paseó su mano abierta, muy despacio, a centímetros de la superficie. Tomó algo y lo aprisionó en su puño. Miró a Dalia con ternura. Leía en los ojos de su inesperada cliente el conflicto, el vacío, la levedad de una vida, anclada en un ayer ya irrelevante, ahogada en un hoy tan apacible cómo absurdo y sin un mañana que diera cabida a esperanzas de algo mejor.
“Pido a Dios haber escogido con sabiduría”
Dalia extendió su mano derecha, con la palma hacia arriba. En ella apareció, de repente, el encendedor de plata. Sonrió, malévola.
“Emanuel… Mira lo que has hecho”.
Con las manos sobre la mesa, el mesero acercó su rostro al de Dalia.
“No sé qué va a hacer, ni sé de ‘El Camino’ que usted quiere seguir. Yo solo conozco un Camino, es el que estoy recorriendo… Pero soy responsable de su decisión y no la dejaré sola. Sígame y no pregunte nada, solo sígame”.
Ella lo miró. Se sintió una niña a su lado. Él no llegaría a los treinta, o quizás sí. Se sentía cómoda con él, segura, algo inusual, pues la compañía del sexo opuesto siempre le resultaba angustiosa, a pesar de estar siempre rodeada de zánganos.
“Tráeme un cenicero entonces”.
“Quieres fumar”.
“No, pero necesito algo para las cenizas”.
Cinco minutos más tarde Emanuel y Dalia salieron del bistró. Él echó llave al cerrojo y guardó el manojo en la bolsa de su pantalón a cuadros. Cruzaron la calle, sorteando bicicletas y un par de automóviles. Sin mirar atrás, Dalia apenas podía sostener el paso ágil de Emanuel, que señalaba al cielo con un dedo.
“Allá”.
Desde lo alto de una torre, una cruz de bronce dominaba la ciudad. El sol de mediodía arrancaba destellos insoportables al metal.
Sin identidad, sin dinero, sin documentos… Dalia era, por fin, feliz. De frente a la centenaria puerta de cedro labrado, aún cegada por el resplandor, buscó a tientas la mano de Emanuel para entrar juntos.
“Emanuel…”
Miró en derredor. La gente, indiferente, seguía sus rutinas perfectas, recorriendo calles y avenidas como peces en un cardumen gigantesco, dando vueltas en espiral sin saber por qué. Apenas hubo entrado al templo, sola y desconcertada, lo supo. Estaba por emprender una travesía inédita. El Camino. Su Camino, su verdad, su vida nueva.
A diez calles de distancia, el humo del plástico quemado habría activado la alarma de incendios del bistró si aún estuviese instalada. Afuera, en la fachada, un rótulo: “Cerrado por demolición”. Adentro, en la penumbra, el timbre de un teléfono móvil sonaba, incesante.
FIN
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