lunes, 2 de marzo de 2009

LA ÚLTIMA VUELTA DE TUERCA

ESTIMADOS LECTORES:

POR FIN TENGO EN MIS MANOS LOS EJEMPLARES RECIÉN IMPRESOS DE MI SEGUNDA NOVELA, "LA ÚLTIMA VUELTA DE TUERCA".


LA PORTADA ES UNA COLABORACIÓN DE MI HIJO EDUARDO ALONSO VILLARROEL MARTÍNEZ. PRONTO COMENZARÉ A DISTRIBUIR LA NOVELA (372 PÁGINAS) EN LAS PRINCIPALES LIBRERÍAS DEL PAÍS.

QUISE ESCRIBIR UNA NOVELA DE AMOR, PERO PRONTO ME DI CUENTA QUE EL AMOR MUCHAS VECES CONLLEVA PENA, FRUSTRACIÓN Y DOLOR, NO SIEMPRE ES UNA EXPERIENCIA DULCE. HABLO DE AMOR EN CUALQUIERA DE SUS FORMAS DE EXPRESIÓN: FILIAL, DE PAREJA, ENTRE AUTÉNTICOS AMIGOS, MÍSTICO... MIS PERSONAJES AMAN CON INTENSIDAD, LUCHAN POR QUE EL SENTIMIENTO TRASCIENDA MÁS ALLÁ DE LO COTIDIANO: ESTÁN DISPUESTOS AÚN A ROMPER CON TODO, PRESENTE, PASADO O FUTURO, CON TAL DE AMAR. NO SÉ CUÁNTO SE REFLEJA EL AUTOR EN LAS PÁGINAS, PERO SÍ ME CONSTA QUE CADA UNA DE ELLAS FUE ESCRITA ESCRITA CON GANAS Y PRECIOSISMO, SIN REPAROS EN EL TIEMPO O ESFUERZO QUE ESTO IMPLICARA. ESA PACIENCIA SE LA DEBO A SILVIA YANIRA, MI ESPOSA, MI MÁS DURA CRÍTICA PERO A LA VEZ MI PROMOTORA MÁS ARDIENTE. A ELLA DEDICO LA NOVELA, CON ESTOS VERSOS, ESCRITOS EN UN ARREBATO DE AMOR, CUANDO LA VÍ ATACADA POR FUERZAS EXTRAÑAS QUE MUY A SU PESAR JAMÁS HAN PODIDO ALEJARLA DE MI CORAZÓN:


¿Puedo bogar contigo

Contra esta marea de improperios?

Dame tu mano ardiente

Para subir a cubierta

Dame el timón, dame tu brújula

Te llevaré a buen puerto

En donde no sea delito

El pedir permiso

Para comerse el cielo…

Para Yani

Por siempre

Para siempre


GRACIAS POR SU INTERÉS EN ESTE TRABAJO. LES REGALO A USTEDES UN FRAGMENTO DEL PRIMER CAPÍTULO.

HASTA LA VISTA.


1

Confesiones del prisionero nostálgico.

Ciudad Península.

Agosto 8, 2003. Viernes.

7:16 P.M.

Lo llaman el Characuaco. Nunca usa su nombre verdadero porque siente que no le pertenece, que es como una camisa prestada que no le talla bien y que apesta a olores ajenos. Recién cumplidos los sesenta y seis años, tiene gustos sencillos la y cabeza dura, como cree que todo hombre decente debe ser. Se ha dicho en su contra que no es hombre de muchos principios, pero debe aceptarse que a los pocos que conserva les guarda una fidelidad a toda prueba. Seco de carnes, cabezón, casi calvo y narigudo, parece un pájaro raro a medio disecar, pero no le resulta difícil, a pesar de su estrafalaria estampa, el pasar desapercibido cuando se lo propone.

Hoy es uno de esos días para mostrar bajo perfil. Frena el taxi frente al hotel y, al despedirse de su cliente —y jefe— Eugenio Sanmartín, intercambia con él una sonrisa cómplice cuando le promete regresar antes de las once, a tiempo para la cena. Eugenio —bajo, rechoncho, colorado y siempre sonriendo— lo despacha guiñando el ojo y alzando los pulgares.

Después de aparcar a un par de cuadras del hotel sale del auto, para estirar las piernas. Hace calor, pero desde el norte sopla una brisa tímida, fresca y olorosa a crustáceos machacados. Abotona la guayabera sin adornos hasta el cuello, mete las manos en las bolsas del pantalón —negro, bombacho y con bastillas— y comienza a caminar.

Minutos después ya ha dejado atrás las calles principales del Centro Histórico de Ciudad Península, hediondas a sudor, frituras y alcohol, atestadas de parranderos. Desciende sin prisa por la suave pendiente de la avenida que conduce, en dirección norte, al Muelle Viejo. Se aleja del neón multicolor, del tam-tam de los altoparlantes y las ofertas burlescas de un par de prostitutas cincuentonas que, resignadas a no pescar clientes, han tomado asiento en una banqueta. Sonríe con ellas y las saluda con la mano, sin dejar de caminar.

Su brújula es una línea de luces amarillas que, un par de kilómetros cuesta abajo, demarca los alrededores del Muelle, en el Barrio Obrero.

***

Se detiene justo donde la avenida se bifurca. Allí el asfalto cede el terreno al adoquín de las callejuelas, que parten desde ese punto a izquierda y derecha, paralelas a la costa, retorcidas y mugrosas. Huele a sal y cloaca, por partes iguales. El Characuaco piensa en intestinos repletos de porquería. Vira a la izquierda, no sin antes vacilar por un momento. Las farolas —que habían guiado su camino desde lejos— iluminan, desde el lado de la playa, las fachadas multicolores de los bares y prostíbulos frente al mar, que chapotea, manso y oscuro, a unos veinte pasos. El agua de lluvia, incapaz de drenar en los albañales atascados de basura, le empapa los zapatos, pero no modera el paso hasta no salir de la zona de tolerancia, que se extiende por unos quinientos metros de playa. El adoquín fracturado empieza a ralear y el antiguo empedrado colonial es visible en tramos de camino cada vez más amplios, hasta que, después de unos cinco minutos de caminata, todo lo que puede sentir bajo sus zapatos son pedruscos húmedos. Cuando el callejón empedrado degenera en vereda —polvorienta en verano, lodazal en invierno—, se para en seco. El último farol parpadea, lejano y amarillento, a sus espaldas. Allá quedó la ciudad: esplendor, calidez, estrépito, multitud: odiosa pero seductora, como una amante caníbal. Frente a él, la playa rocosa de arenas negras, silencio, paz y soledad. Se acerca a la línea de la marea y se sienta en la arena, como lo hacía con su Toñita, dos generaciones atrás, en ese mismo sitio, casi siempre a la misma hora. La nostalgia se lo está comiendo vivo.

“Sabía que era mejor quedarme en el hotel”.

Quiso dar un paseo de cinco minutos y había caminado durante cuarenta y cinco. La presentación de la nueva novela de Eugenio Sanmartín, en cambio, no habría podido engancharlo por tanto tiempo. El Characuaco se habría muerto de sueño en el Salón Imperial del hotel, porque de entre todos los allí presentes no hubiese tenido con quien platicar un rato. Pensó en ello y se imaginó a sí mismo soltando un bostezo enorme, de esos que contagian a medio mundo, con lágrimas en los ojos y sacudidas de cabeza.

El Characuaco está cansado. La espuma le salpica los zapatos mientras se cuestiona si se trata de fatiga del cuerpo o desgaste del alma. Concluye que hay algo de las dos cosas. Maneja el taxi y además trabaja a tiempo parcial para Eugenio Sanmartín, pero no se parece en nada al típico taxista peninsular. Hijo renegado de las aulas de la Universidad Peninsular, licenciado cum laude, enseñó Letras y Filología por tres décadas hasta que, en los días de la ocupación del campus, un piquete de soldados del gobierno recibió la orden de echarlo a patadas del Alma Mater, por revoltoso y socialista. No era ni una cosa ni la otra, pero el gesto de quemar su diploma frente a la Rectoría —protestando por los cateos— lo nimbó de un inmerecido prestigio ante estudiantes y docentes. Avinagrado para el resto de su vida, militó en grupos políticos clandestinos de poca monta durante los años ochenta, hasta que el Pacto Solidario para la Paz de mil novecientos noventa volvió obsoleta su postura antisistema. Se consoló entonces escribiendo crítica literaria para una revista cultural de medio pelo y redactando ensayos, todos ellos inéditos. Ya viejo, terminó adicto a los debates de cafetín. Pero no es un bohemio cualquiera. No socializa tanto como otros de su misma condición, siempre a la caza de amigos a quienes adular, que sirvan de mecenas para pagarles tabaco, tragos y algún revolcón de cuando en vez. Por el contrario, casi nadie quiere a personas que, como el Characuaco, se aficionan a cultivar el arte de hacerse odiosas. La gente huye de su cáustica sinceridad como si de la peste negra se tratase. Él no necesita que lo quieran.

Veterano de causas perdidas, se ha consagrado a ejecutar un plan que trama en privado desde hace algunas semanas. Sabe que para ello debe regresar al Gran Hotel Peninsular, al evento de Eugenio. Son viejos amigos, hay algún afecto entre ellos, pero no demasiado: se conocen tanto que para el Characuaco eso sería imposible. Si quiere conocer al doctor Daniel Moynihan Estévez debe volver, y cuanto antes mejor, porque llegará la hora de la cena y podría perderse la ocasión de tenerlo de frente, el primer gran objetivo de su plan. Duda porque está muy bien aquí y no se siente con fuerzas para regresar. El mar se bate en retirada, dejando miríadas de conchas y caracolillos abandonados sobre la arena. Si se va cree que también dejará aquí algo de sí mismo, algo que quizás no pueda recuperar. Pero está acostumbrado a la pérdida, y ese es un hábito difícil de dejar.

lunes, 21 de julio de 2008

GOVEIA

PONGO A DISPOSICIÓN DE MIS AMIGOS MI CUENTO "GOVEIA VIAJA A TIMBUCTÚ".




GOVEIA VIAJA A TIMBUCTÚ.

(Para Memito)

Goveia se levanta muy temprano, el primero de todos, para ver salir el sol. Hace frío y no se ven ni las manos en la oscuridad de la madrugada, pero envuelve su cuerpecito en una sábana y sale de la choza en puntas de pies –no vaya a despertarse mamá- para luego correr descalzo en dirección a la ciénaga al otro lado de la colina, el hogar de los patos silvestres, sus amigos favoritos, que ya le esperan, ansiosos para bañarse con las luces naranja y oro que pronto se filtrarán por entre los altos bejucos. Goveia es pequeñito, vivo, ágil y travieso, un gran compañero de juegos: por eso, al verle asomar en la cumbre de la colina, los patos comienzan a graznar en coro, alborozados, dando la bienvenida al niño.
—¿Por qué tardaste tanto, Goveia?
Goveia habla con los patos. Madya, su mamá, no le cree cuando él narra las hazañas de sus amigos, que cada año cruzan el continente para darse cita aquí, en esta comarca siempre cálida, donde se puede cazar los insectos más grandes y jugosos y chapotear en el fango todo el día, lejos de las inhóspitas nieves del norte.
Goveia abraza a su amigo Biliko, el Rey de los Patos, el de más lustroso y aceitado plumaje, el cabeza indiscutible de la bandada. Biliko apoya su pico en el hombro desnudo de Goveia, mientras extiende sus alas imponentes para abarcar su cuerpecito, en un abrazo de plumas que abriga más que cualquier edredón.
Goveia, con una sonrisa ancha y de dientes menuditos contesta:
—Me escapé otra vez, Biliko, amigo…
—¿Tienes hambre, Goveia?
Los ojitos del niño se encienden, con júbilo, como dos antorchas en la negrura de la madrugada, mientras lleva las manecitas a su estómago.
—¡Sí! ¡Quiero comer!
Los patos agitan las alas, graznando de gusto. Pronto, el banquete está servido a las orillas de la laguneta, sobre una hoja enorme de palma: gordos gusanos de mil y un patas, suculentos grillos, mariquitas de todos los colores, encarnadas, amarillas y esmeralda, larvas pálidas y ciegas de un palmo de tamaño, jugosos y palpitantes renacuajos y, para alivio de Goveia, algunas guindas maduras, apenas picadas por los colibríes, tan sabios para descubrir los frutos más dulces. Goveia come de las guindas mientras los patos pasean a su alrededor, solícitos, dispuestos a atender cualquier capricho de su joven invitado.
—¡Ya sale el sol!
Un aleteo ensordecedor se escucha hasta en los confines del valle, que se despereza poco a poco. Ya comienzan a elevarse las primeras columnas de humo en la aldea, se puede aspirar el aroma de la leña que arde desde muy temprano en cada casa para espantar al frío y a los mosquitos. Pronto se entonarán las oraciones matutinas y los cantos de los fieles llegarán a oídos de los patos que guardarán, entonces, respetuoso silencio.
Goveia se ha adentrado en el agua fría, que le llega a la cintura, para no quedarse solo en la orilla. Cuando el sol deslumbra sus pupilas piensa en la doctora, piensa en María, pues conoce el nombre de la mujer sonriente que un par de semanas atrás llegó a la aldea en aquella máquina enorme y rugiente de metal en donde se esconden varias personas y que rueda por todos los senderos sin detenerse, sin cansarse nunca. Recuerda a su mamá abrazando a la doctora para después gritar a todos los puntos cardinales:
—¡Goveia! ¡Goveia! ¿Dónde estás, malandrín escurridizo? Ven, amor mío, esto no te va a doler…
Pero Goveia no era bobo y sabía ya, a sus cinco años recién cumplidos, que las agujas duelen hasta el alma cuando se hincan en la carne. Además les obligan los mayores a los niños tragar esas enormes y amargas cucharadas de jarabe… ¡Cuánta maldad! Se había escondido entonces dentro de una enorme tinaja de barro cocido, allí donde su madre hace hervir los granos para amasar las tortas que tanto celebran los vecinos de la aldea. Desde su escondrijo, Goveia atisbaba de cuando en vez el panorama, con miedo de ser descubierto, para no perderse ningún detalle de la extraña visitante. Ella era alta, no era delgada como todos sino más bien un tanto gruesa, extraño, muy extraño… Sonreía mucho y su cabello era diferente, negro, claro está, como todo el mundo, pero largo y lleno de rizos, como ninguna de las mujeres que conocía. Y aquella noche, Goveia, castigado por salir de casa –como siempre- de madrugada y sin permiso, se acostó en su catre al apenas salir las estrellas, incapaz de conciliar el sueño a pesar de las narraciones de su padre, el único hombre de la aldea que recuerda cómo hechizar serpientes tan solo con la fuerza de su canto. Distraído, chapoteando en las aguas mansas, ya no recuerda a su papá sino que piensa en ella, en la doctora María, en las ganas de abrazarle y enredar los dedos en sus rizos…
—¡Goveia!
Los patos alzan el vuelo, asustados, todos menos Biliko, el Pato Rey. Madya, la madre de Goveia, tan oscura de piel como su hijo, bella, alta y de esbeltez poco común está de pie, a espaldas del niño desobediente, quien se ha quedado paralizado, sabedor del castigo que le espera: no podrá recibir el regalo prometido, el tambor de cuero de antílope que su padre le está fabricando a pausas, durante los escasos ratos libres que le quedan.
—Hijo, te dije que estaba prohibido salir de la casa tan temprano para venir hasta aquí. ¿No ves que podrías ahogarte?
Goveia sonríe al abrazarse a las piernas de su madre. Ella no sabe que Biliko le ha enseñado ya a flotar en las aguas mansas, sacándolo del fondo un par de veces con su pico fuerte y enorme.
—Adiós, Biliko…
Madya no puede ya contener una sonora carcajada.
—¡Ja, ja, ja! Niño… No les hables a los patos… Nunca han contestado a nadie. Estás loquito mi niño precioso… Ven con mami, te daré un poco de la leche de cabra que tanto te gusta.
—¿Puedo regresar más tarde, mamita?
—¿Regresar? ¡Espera que tu padre se entere de tus travesuras! No podrás salir de la casa…
—Mamá… La mujer, la doctora María, dijiste que me ibas a llevar a verla a la gran ciudad junto al mar…
—María llega hoy al pueblo frente al mar pero no podré ir a visitarla. Llevaré las batatas al pueblo al otro lado de la ciénaga para cambiarlas por aceite y miel. Pero tú te quedarás, ayudándole a papá, mira que habrá mucho quehacer en el campo y debes aprender bien su oficio que será también tuyo cuando hayas crecido y estés fuerte, así como él. Pórtate bien y obedece mis mandatos, hijo mío.
Las lágrimas se hacen un nudo en la garganta de Goveia, quien juega con sus deditos para hacerse el valiente, para no llorar, no sabe si de cólera o de tristeza porque es todavía tan pequeño... A él no le gusta imaginarse labrando los campos y bañado en sudor, ni tampoco escondido en las cavernas, golpeando las rocas en busca de piedras brillantes para los grandes señores de piel pálida, los dueños de la tierra, el agua, el aire y de todo lo existente. No, él quiere subir a la máquina de metal, aferrarse de la rueda poderosa que la gobierna y, con María, la doctora buena sentada a su lado, partir lejos de allí hasta arribar a Timbuctú, la gloriosa ciudad del norte de la que tanto le hablaba su difunto abuelo, con sus elevadas torres de oro y cristal, donde vivían los reyes de negra piel que medían veinte palmos hasta la coronilla y guerreaban a lomos de pájaros enormes contra los demonios alados del desierto. Pero todo estaba perdido. No podría ver a la doctora María, ni pedirle permiso para subir a la máquina, ni decirle cuánto ansiaba abrazarla y pedirle a ella el tambor que su padre tanto ha prometido pero que nunca va a llegar, estaba seguro de ello porque sabía que le gustaba desobedecer: Ama demasiado a su amigo Biliko, le importa más ese cariño que la vieja promesa del tambor. De mala gana, azotando los piececitos contra el suelo y con la boquita fruncida, Goveia camina tres pasos atrás de su madre hasta entrar en la choza. Jako, su padre, ya está inclinado sobre el surco, atrás de la choza, al pie de la colina, y su pequeña hermanita duerme aún con sueño profundo, recién amamantada. Goveia toma su leche pero está tramando una fuga perfecta. Mamá en el mercado, papá en el campo, la niña dormida…
El sol ya calienta con fuerza cuando Goveia calza sus sandalias de cuero, uno de los tantos regalos que la doctora María, a pesar de no conocerle, le ha traído. Envolviéndose en una de sus túnicas favoritas, blanca como la luna y sin ornamentos, Goveia guarda en un morral un trozo de torta, un puñado de semillas y la calabaza para el agua fresca, recién sacada del pozo. Ha andado este camino muchas veces pero nunca solo, siempre lo ha hecho de la mano de su madre o de su padre, a la vera del riachuelo que desemboca en la laguna, hasta llegar a una cuesta que desciende con suavidad, pero tan sinuosa que parece la piel olvidada de una serpiente gigantesca. La vereda está custodiada por altos y frondosos árboles, poblados de ejércitos de monos chillones y aves multicolores que cuelgan sus extraños nidos de las ramas más altas. Al poco rato de andar ya no reconoce el camino nuestro héroe, que se siente perdido y con deseos de llorar cuando los monos más pequeños, las crías menores de la manada, se burlan de él señalándole con sus dedos peludos de uñas negras. Cuando se rendía ya a la desesperación, un aleteo cercano asusta al pobre Goveia, que cae sentado sobre el polvo del camino, ensuciando su inmaculada túnica de algodón. Es Biliko, quien acude al rescate del niño perdido.
—¿A dónde vas, Goveia, tan solito?
—A buscar a María, para que me lleve a Timbuctú…
—No llores, mi amado Goveia, no tengas miedo, ya estoy aquí. No podrás viajar sin compañía. ¡Ven! Sígueme, yo iré adelante para avisarte de cualquier peligro.
Goveia no cabe de contento al saberse acompañado del inigualable Rey de los Patos, quien prefiere caminar con dificultad a volar, para no dejar atrás al niño que sueña un día con volar en vez de caminar para llegar muy lejos, a orillas de aquel río que, si bebes de sus aguas, te retiene prisionero para la eternidad, porque te enamoras de la tierra bajo tus pies, sembrada de girasoles enormes. No ha pasado mucho tiempo cuando Goveia llega a un punto en que la vereda se divide, a derecha y a izquierda. ¿Cuál será la ruta correcta hacia el mar? ¿Cuál la que lleva a la selva montañosa? Biliko espera a la orilla del camino, reponiendo el aliento, a que Goveia tome una decisión. Aparece entonces ante los viajeros una rara ave, nada menos que un cucú de cola larga, que revolotea despreocupadamente sobre sus cabezas.
—¡Pájaro!
—Dime, oh pequeño sabio, que hablas la lengua de las aves…
—Voy a la ciudad, a orillas del mar. Dime cuál es el camino.
—Todos los caminos llevan al mismo sitio… Escoge el que te guste… Adiós…
—Biliko y Goveia reanudan la marcha, tomando el camino de la izquierda. Fatigados, recuperan las fuerzas cuando la brisa se va cargando de sal y aroma de algas secándose al sol, anunciándose ya la proximidad de la playa. Biliko alza el vuelo y contempla el horizonte, volando en círculos sobre Goveia, que ya salta de alegría en espera de buenas noticias.
—¡Biliko! ¡Biliko! ¿Puedes ver el mar?
Una rama cruje en la espesura, a pocos pasos de distancia. Goveia voltea la mirada hacia los árboles y ve con claridad la silueta del cazador que coloca un gran guijarro en la honda, aprestándose a derribar de un tiro certero al majestuoso Rey de los Patos.
—¡Cuidado Biliko, cuidado!
Alertado justo a tiempo, Biliko maniobra en el aire esquivando el guijarro, para después, sin dejar de graznar, castigar a picotazos la cabeza del joven pero inexperto cazador que huye despavorido entre los árboles, tratando de evadirse del ataque de Biliko, a partir de este día conocido también como el Gran Cazador de Cazadores.
Biliko asienta sus patas membranosas en el polvo y extendiendo una de sus alas da la feliz buena nueva a Goveia.
—El mar…
Goveia corre al ver la línea costera, en donde multitud de niños y mujeres se congrega alrededor de una tienda de campaña, espantando en su carrera a una bandada de flamingos que, en una sola pata, toman el sol con haraganería. Goveia salta de contento cuando reconoce a María entre la multitud que le escucha en silencio mientras ella les habla con dulzura, con un acento extraño pero no difícil de entender.
—¿Niño, cómo te llamas? ¿Dónde están tus padres? ¿Ese pato te pertenece?
Goveia extiende sus bracitos y se abraza a las piernas de María. Ella se pone de rodillas para verle mejor y le abraza también, emocionada. En el rostro de la doctora hay una sonrisa de gran felicidad y no dice ni una palabra porque entonces su corazón se hubiese roto, allí mismo, en mil pedazos.

***

—Gracias por traer a salvo a mi niño, doctora María…
Madya está en cuclillas amasando la harina, y la mezcla poco a poco con chorros del aceite traído ese mismo día del pueblo vecino en un pesado cántaro de barro cocido. Dos pescados enormes se fríen en una sartén sobre la hoguera de leña y todos se aprestan a cenar con gran apetito.
—No te preocupes, Madya, la próxima vez que Goveia quiera manejar la Gran Máquina solo tienes que decírmelo... Vaya suerte que se me ha ocurrido seguir el vuelo de ese pato escandaloso, que no me dejaba en paz todo el camino, para llegar hasta acá. ¿Cómo saber que Goveia era tu hijo, el miedoso?
Goveia sonríe, sentado en las piernas de Jako, contemplando extasiado su tambor nuevo, hecho de una rama hueca y decorado con bellas talladuras de soles, lunas y estrellas… No se cansa de palmotear quedito el tenso parche de cuero sin quitar los ojos de encima de María, la doctora que no quiso llevarle a Timbuctú pero que le ha permitido asomarse a las entrañas de la Gran Máquina y viajar juntos sin cansancio de regreso a casa, cuando ya el sol comenzaba a ocultar su manto dorado detrás de los montes boscosos. Cuando ya es hora de dormir, Madya le acaricia la cabecita ensortijada en donde sigue revoloteando la ilusión de volar, al frente de la bandada, en ruta hacia Timbuctú, rozando alas con Biliko, el amado Rey de los Patos.


FIN

jueves, 9 de agosto de 2007

CULTURA POPULAR - CAPÍTULO II - PAPEL DE LA CULTURA

CAPÍTULO II.

PAPEL DE LA CULTURA EN EL DESARROLLO DE LA PERSONA INDIVIDUAL Y SUS ESTADOS DEL EGO.





Los miembros de la especie humana se convierten en “personas” después de años de un proceso que se denomina, por lo general, “educación”. Si el “animal humano” no se educa, o más aún, en el caso en que las crías de humano sufran abandono total, jamás se desarrollarán los estados del Yo neopsíquicos, como el “Padre” de los transaccionalistas (o superego, para los psicoanalistas) y el “Adulto” o ego. Al “Adulto” Eric Berne lo dividía en tres segmentos —análisis estructural de segundo orden—: llamaba “Ethos” al conjunto de principios heredados y aceptados como propios previo análisis conciente), el “Technos” (todo el cúmulo de información que la Cultura provee) y “Pathos”, que es la parte del adulto que genera los rasgos más apreciados en Sociedad: el “encanto”, “gracia”, “donaire” o “distinción”. Todo esto queda subdesarrollado si no hay estímulos e información apropiados y suficientes. La conducta será instintiva e intuitiva (todo ello integrado en los estratos más arcaicos del cerebro), pues no habrá modelos que imitar ni patrón cultural que seguir. Los primeros ejemplos de lo explicado que vendrán a la mente serán los de Tarzán — Edgard Rice Burroughs escribió la novela que cuenta la historia de un niño criado por grandes simios en África al morir sus padres en un accidente de aviación— y, en mucho menor grado, de Mogwli (personaje del Libro de la Selva de Rudyard Kipling, capaz de hablar con los animales). Ejemplos que no tienen nada de literario y que son casos extremos de lo aquí explicado aparecen de cuando en vez al revisar la Historia. Jorge Fondebrider ha escrito sobre los “niños salvajes” en su libro “Licantropía” (Argentina, Adriana Hidalgo Editora, 2004), mencionando casos emblemáticos, como el de Peter de Hanover (que quizá haya influido en Jonathan Swift y su obra “Los Viajes de Gulliver”), la “niña salvaje de Champagne” y, muy en especial el de Víctor, el “niño salvaje de Aveyron”: en este último caso nunca fue posible la socialización integral del niño, a pesar de todos los esfuerzos del doctor Jean Itard, quien se resistía a considerarlo “idiota”, como lo había dictaminado el eminente médico Philippe Pinel.
La estimulación temprana de los niños por lo general lleva a un avance rápido en el desarrollo de sus facultades intelectuales y motrices. Por el contrario, un cuidado displicente y la falta de atención, o el maltrato (a menudo por padres disfuncionales, con trastornos de personalidad o también abusados) bloquean el progreso intelectual (lo que llamaríamos el proceso de desarrollo del “Adulto”) o distorsiona gravemente la visión del mundo y del propio Yo, lo que generaría posturas existenciales paranoides (Yo estoy “bien”, Tú y Ellos están “mal”), depresivas (Yo estoy “mal, Tú y Ellos están “bien”) o, peor aún, nihilistas y destructivas (Yo estoy “mal”, Tú y Ellos también están “mal”). No es exagerado decir entonces que la psicosis, muchos casos de depresión endógena y el comportamiento antisocial (aún criminal) derivan de estas posturas tomadas a una edad tan tierna como antes de los ocho años, cuando el mundo es mágico y dicotómico (“malo” o “bueno”, “gusta” o “no gusta”, “quiero” o “no quiero”) y no hay capacidad de comprender ni la complejidad de un mundo exterior ante el que se siente indefenso, ni el por qué de lo que piensa y se siente (Inteligencia emocional).
Así, el niño humano recién nacido es arcilla en las manos de sus padres. El destino de ese bebé, desnudo, indefenso, completamente dependiente, dependerá del potencial de Él mismo (algo que solo está definido orgánicamente por sus genes hasta ese momento) y su circunstancia (lo que su familia haga por él), parafraseando una cita famosa de Ortega y Gasset. Factores genéticos, lesiones orgánicas, malformaciones y enfermedades congénitas son todas variables determinantes en el devenir de la “personalidad” (lo que individualiza a cada humano, volviéndolo único, irrepetible, persona, en una palabra). Los detalles relacionados con la evolución de la psique de estas personas con handicap o “discapacidad” física o mental (y el pronóstico para una inserción social exitosa) escapan al alcance de este ensayo y pertenecen al campo de la Medicina, la Psicología clínica y la Sociología. Nos ocuparemos, en cambio, de aquellas circunstancias (partiendo del nacimiento, más aún, del cómo fue engendrada esa vida y las condiciones en que se desarrolló el proceso de gestación) que, determinadas decisivamente por las emociones y conductas de sus padres (o de las personas que cumplen con esa función) deberían convertir a un lactante desvalido en un individuo autosuficiente que acepta y goza de vivir gregariamente, en sociedad con sus congéneres.

HASTA LA PRÓXIMA ENTREGA.

CULTURA POPULAR - CAPÍTULO I - DESMITIFICANDO EL CONCEPTO


CAPÍTULO I.
CULTURA:
DESMITIFICANDO EL CONCEPTO.


Museo de Arte Moderno de Münich, un día sábado, a las seis de la tarde, en punto. Un afamado artista plástico observa, mientras degusta una copita de Oporto, un óleo de Francis Bacon. Conversa por largo rato con el curador de la muestra pictórica mientras sacude la cabeza de lado a lado: no puede disimular su "disgusto" ante lo que le parece "una grotesco pero colorido ejemplo de sadismo". Secretamente está encantado de poder disentir —y expresarlo sin ambages— de la admiración que el cuadro genera en la mayoría de visitantes del Museo. Simultáneamente, pero a miles de kilómetros de distancia, la gente se apiña en el Multiplaza Mall de la ciudad de San Salvador, El Salvador, para asistir al desfile de modas organizado por una conocida boutique de la ciudad: va a exhibir su nueva línea de prendas íntimas. Bellas edecanes reparten bebidas ligeras de cortesía a los asistentes.
Situaciones disímiles, escenarios muy diferentes. La gente acude a los eventos con genuino interés o decide ignorarlos, por diversas razones. Los que acuden observan, hacen corrillos, comentan entre sí, critican o alaban la organización, el montaje, la iluminación... No son indiferentes al goce estético que sienten o dejan de sentir. Pero sobre todo, de un modo u otro, disfrutan. Estructuran su tiempo y se sienten felices por ello, pues evitan el aburrimiento de estar aislados o enfrascados en la rutina de sus actividades cotidianas. Quizá la introspección asusta a muchos de ellos, así que distraer la atención hacia algo externo que estimule sus sentidos los aleje del mal hábito de reflexionar. El sentirse en consonancia o en oposición a los puntos de vista ajenos les confirmaría en su posición existencial mientras el tiempo transcurre con rapidez. Al final podrán decir: "¡Qué bien la hemos pasado!". El artista plástico comerá, al paso, antes de llegar a casa, un baguette de salmón con queso de cabra y beberá té importado de Assam. Los asistentes al desfile aplacarán su apetito con una exquisita hamburguesa con queso, papas "a la francesa", ketchup y Coca-Cola Light.
Eso es cultura. Cada persona dispone de un bagaje propio, único, irrepetible, de conceptos, vivencias, expectativas, aspiraciones... y, por supuesto, conductas: su patrón cultural. Las conductas aparecen cuando el sujeto reacciona al mundo exterior o a los diálogos internos de sus estados del ego. Cada persona responde según aprendió a hacerlo en su más tierna infancia y durante los llamados "años plásticos" de la edad escolar. Sin sobrepasar lo que universalmente se considera ético —si fuera posible tal homogeneidad de criterio— no puede ni debe hacerse juicios comparativos de valor con respecto a las conductas de las personas o los pueblos, en la medida que son respuestas más o menos estereotipadas pero socialmente aceptadas para su propio entorno social, para su cultura. Es decir, no habría culturas superiores a otras.
Debe considerarse también que cada actitud y conducta deberán ser valoradas según la situación particular (contexto) en que se expresen. El patrón cultural consiente cualquier manifestación ("memo" dirían los cibernautas, tan amantes de los neologismos) si ésta es apropiada o pertinente según los criterios dictados por "las buenas costumbres". Llorar en las bodas es tolerado y hasta visto con simpatía en casi todos los grupos sociales, pero si alguien lanza una carcajada durante los oficios religiosos será severamente reprendido por el grupo, sino expulsado del evento en cualquier sitio (a menos que su líder espiritual lo haga primero). En Suabia se acostumbra quebrar platos de loza para estas circunstancias solemnes, algo que sería considerado excéntrico en las regiones rurales de Centro América.
¿Quién define a "las buenas costumbres", cuya observancia discrimina entre las personas "educadas y cultas" de los "bárbaras e incultas"? Independientemente de la locación geográfica y del grupo étnico que se estudie, las normas son definidas por algo que la conciencia colectiva respeta: la Tradición. Las cosas siempre se han hecho de una manera y no de otra, siempre ha sido así. La tradición es incuestionable —por lo menos entre los bien adaptados— porque es fijada en la psique en una época prelógica: el niño obedece sin razonar, no pregunta el por qué hasta alcanzar cierta edad y, llegado ese momento, por lo general la respuesta que recibe es poco ilustrativa: "porque sí", "porque no", "siempre ha sido así". De este modo, la cultura —el patrón— queda insertado en la corteza cerebral como una marca indeleble que llega a creerse sagrada y se defiende, a veces, con la propia vida.
La tradición es importante porque está basada en los "valores" (conceptos que se consideran sagrados) y es dictada por los mayores, que se supone son más sabios y competentes. Se enseña de padres y madres (o sus sustitutos) a hijos e hijas del mismo modo que los progenitores legan sus genes en herencia. Es vinculante entre los miembros de un grupo que comparten el mismo ethos, y básica para mantener la cohesión y, por tanto, la misma supervivencia del grupo, familia, clan, estamento, sociedad o nación. El estado del ego "Padre" (término transaccional relacionado con pero no sustituible por el "Superego" de los psicoanalistas) define de antemano las conductas propias e impropias, lo cual facilita el accionar del individuo en su grupo porque le simplifica la tarea de discriminar entre lo "correcto" y lo "incorrecto", lo "bueno" de lo "malo". Solo si el "Padre" interior de cada persona da el "permiso" específico, se podrá actuar de una manera egosintónica: la desobediencia lleva a la reprensión —en público o privada, íntima— que genera, a su vez, culpa y miedo (al rechazo, a "estar mal"), auténticos motores de la obediencia y sumisión a la autoridad.
Como los patrones culturales son distintos para cada región, grupo étnico, credo o condición social, las diferencias llevan siempre a hacer odiosas comparaciones. Como cada quien cree que su cultura representa la manera adecuada de vivir (o de morir) y esto es reforzado por el grupo con el que se siente identificado, se tiende a descontar las tradiciones ajenas, vistas como impropias y, como mínimo "exóticas". Al ignorarse —muchas veces a propósito y con malicia— el sistema de valores subyacente a los rituales y comportamientos de otros grupos humanos, se reacciona con irrespeto, de un modo que puede ser trivial —como una sonrisa desdeñosa— o trágico, como nos lo recuerdan los campos de concentración y exterminio de todas las épocas. Trabajar en sábado podría ser obligatorio en una oficina postal de Oklahoma City, pero sería terriblemente criticado por los hebreos fundamentalistas en Jerusalem. Si se es judío ashkenazi y se trabaja en la Oficina Postal de Oklahoma City la situación se vuelve un poco más compleja, pero no irresoluble.
Ninguna cultura es superior a otra, en términos estrictos. Los pueblos del centro y norte de Europa gozan de prestigio por la antigüedad de sus instituciones, el desarrollo tecnológico alcanzado, su madurez política, riqueza, talento artístico... por su "cultura", en una palabra. Aún en la edad de piedra, los indígenas yanomame (de los que quedan menos de 30,000) del Amazonas llevan existencias pacíficas basadas en el principio de la subsistencia y en total armonía con su ecosistema. Ajenos a las veleidades del estilo de vida llamado "occidental", se les considera el grupo humano más primitivo existente. Conservan su cultura en un estado de pureza casi total. Desconocen la rueda y su sistema numérico consiste en tres guarismos: "uno", "dos" y "más de dos". Entierran a sus muertos, practican la endogamia (como siempre ha ocurrido en las casas reales de Europa) y mantienen alianza y relaciones comerciales con los grupos indígenas vecinos (de manera más eficiente que en la Comunidad Económica Europea). Su arte, más utilitario que artístico, carece de pretensiones. Da la impresión que la frugalidad, honestidad, sencillez y espíritu de colaboración de los yanomame no deberían estar en desventaja de frente a la glotonería, doblez, complejidad y espíritu de competencia que a menudo se adivinan en el comportamiento de sus congéneres más "civilizados", "cultos" y "desarrollados". Ninguna cultura es mejor que otra. Son sencillamente diferentes entre sí. Nadie debería ya ser capaz de llamar —a la usanza de los antiguos griegos y romanos— "bárbaros" a sus congéneres de cualquier parte de este planeta Tierra que se empequeñece rápidamente, a medida que la tecnología nos acerca unos a otros —para bien o para mal de unos y otros— a una velocidad de vértigo.

HASTA LA PRÓXIMA ENTREGA...

ENSAYO SOBRE LA CULTURA POPULAR - INTRODUCCIÓN








DE LA CULTURA POPULAR CONTEMPORÁNEA.

INTRODUCCIÓN.


DE LOS ORÍGENES DE LA CULTURA.


Doy inicio a este ensayo —he querido revestir a este artículo de algún grado de rigor académico— con un objetivo específico: Pretendo describir algunos de los elementos más sobresalientes del quehacer humano contemporáneo —en especial del quehacer lúdico— y, enarbolando estos paradigmas, buscar su raíz nutricia en la estructura única de la personalidad de cada hombre, mujer o niño. Casi podría afirmar -mi formación médica me compele a hacerlo- que tales elementos podrían ser reducidos a la categoría de signos y síntomas que, al ser valorados más allá de su aparente superficialidad y condición pop o light, revelan un universo interior de necesidades no satisfechas, un hambre de estímulo y de estructura, parafraseando a los transaccionalistas de Berkeley.

Es cultura todo lo que el ser humano elabora. El verbo “hacer” ha sido sustituido por “elaborar” por una razón sencilla: no toda conducta es cultural y el primer verbo es inadecuado para marcar tal diferencia. Esta distinción no es tan solo semántica: cuando el primer homínido primitivo bípedo alzó una rama de árbol frente a alguno de sus tantos depredadores, el uso de la “herramienta” es más acto instintivo de defensa integrado a nivel límbico que una verdadera elaboración neopsíquica. Cuando nuestro ancestro alcanzó el nivel de abstracción mental suficiente como para aguzar la punta de la rama y hacer uso más eficiente del recurso natural, allí la conducta se vuelve cultura, que también puede aprenderse y transmitirse a los descendientes (de modo tan eficaz como el de los genes en virtud de las leyes de la herencia mendeliana). En esta línea de pensamiento, se entiende también que hay gran diferencia entre esconder el cuerpo tras una roca para huir del enemigo y construir un muro de piedras para parapetarse allí y defenderse de mejor modo. Así, dado un nivel de evolución orgánica (no dispongo de términos más adecuados al momento) suficiente del sistema nervioso central, sería la interrelación entre esa red neuronal compleja —en virtud a los órganos sensoriales— y los estímulos aparentemente infinitos de un universo por descubrir, el motor creador de lo que ahora llamamos cultura. En lenguaje simple: dadme un cerebro con neocórtex y moveré al mundo.

Desde el descubrimiento del fuego hasta la invención de la bomba atómica y la decodificación del genoma humano han transcurrido milenios. La evolución del hombre como creador de herramientas y manipulador de entornos ha progresado con ritmo frenético en el último par de siglos, pero ese crecimiento exponencial no ha sido la regla para todas las formas del quehacer cultural. Algunos intelectuales, en arranques de pesimismo comprensibles pero en modo alguno justificables, han llegado incluso a anunciar la muerte de la filosofía y la literatura, disciplinas quizá obsoletas en un mundo que, a partir de las crisis existenciales derivadas de la postguerra mundial, pareciese haber sido remodelado alrededor de un concepto central: el disfrute sensorial a toda costa, como una meta en sí misma, como adicción.

Sería ingenuo creer que la búsqueda del placer no haya sido, a lo largo de toda la historia de la Humanidad, el motor fundamental de toda actividad. Quizá toda actividad humana haya sido diseñada, a fin de cuentas, para volver menos ardua la existencia, para ahorrar energía, reducir el sufrimiento, abrir espacios para el disfrute, construir un sistema que garantice una supervivencia larga y en especial, confortable. La búsqueda del goce colectivo, al alcance de todos, sería entonces el principio moral básico, la regla de oro (¿pan y circo?). El arte mismo, en todas sus formas, termómetro de la vida cultural de las naciones, es suntuario y lúdico en sí mismo y por definición, pues no sirve a fines utilitarios. La misma representación visual, una pintura al óleo, por ejemplo, es una obra de arte si contemplamos el cuadro original —valorado quizá en millones— en algún museo, pero no es más que un producto comercial —un poster— si se reproduce masivamente sobre papel por unos centavos, para decorar las paredes vacías de alguna oficina.

¿Pueden equipararse “felicidad” y “placer”? ¿Se es feliz cuando la sumatoria de eventos placenteros excede, en un intervalo de tiempo determinado, a la cuota de aburrimiento y pena que todo ser humano enfrenta cotidianamente? El placer es una realidad fisiológica, la respuesta cerebral a ciertos estímulos que cada individuo percibe como agradables, una respuesta no cortical sino límbica, instintiva y no volitiva, pues se integra en las estructuras encefálicas más antiguas. En ese sentido, la vivencia de lo placentero es idéntica a la de cualquier animal de experimentación que recibe comida o caricias al ejecutar correctamente ciertas secuencias de comandos. La “felicidad” es más bien una abstracción, una postura existencial más o menos estable que surge a nivel de la corteza cerebral, es una elaboración del intelecto.
  • A lo largo de este ensayo se hará consideraciones sobre los siguientes tópicos, sin pretender ser exhaustivos:
  • Concepto de "cultura".
  • Papel de la cultura en el desarrollo de la persona individual y sus estados del ego.
  • Hambre de estímulo y cultura.
  • La cultura como promotora de argumentos de vida.
  • Papel de la cultura en el desarrollo de la identidad nacional y/o regional.
  • Manifestaciones culturales: de la abstracción pura a la percepción sensorial.
  • La cultura en un mundo global y cibernético.
  • ¿Pueden hacerse juicios de valor sobre las diferentes manifestaciones culturales?
  • ¿Existe una cultura "popular" en contraposición a una cultura "clásica"?
  • La cultura contemporánea occidental como forma de evasión: la fundación de estilos alternativos de vida.
  • Elucubraciones finales.
Hasta muy pronto.
HVA

miércoles, 8 de agosto de 2007

UNA LECCIÓN DE HUMILDAD

HE CONOCIDO A ROBERTO HUEZO LAÍNEZ. ÉL ME CONVENCIÓ DE ALGO QUE HABÍA JURADO NO HACER: REVISAR EL MATERIAL DE MI NOVELA "LA ÚLTIMA VUELTA DE TUERCA".
HAY UNA RAZÓN PODEROSA: NO TENGO PRISA. ESTA ES LA PARTE EN DONDE EL HOMBRE DE CIENCIA Y EL ASPIRANTE A ARTISTA SE ENFRENTAN. EL MÉDICO QUIERE TODO RÁPIDO Y PERFECTO, DATOS PRECISOS PARA TRABAJAR CON ELLOS. EL ESCRITOR EN DESARROLLO PIDE TIEMPO, NO ACEPTA ESQUEMAS RÍGIDOS A LA HORA DE CREAR, NI HORARIOS. LA OBSESIÓN POR LO PERFECTO PREOCUPA A MIS DOS ESTADOS DEL YO. PERO CADA OBRA TIENE UN CICLO PROPIO Y, PARA MI YO ARTÍSTICO, EL TRABAJO NO HA TERMINADO.
QUIZÁ SEA EL ENCANTO DEL TRABAJO EDITORIAL DE ROBERTO EL QUE ME HA CAUTIVADO Y DEVUELTO LA PACIENCIA DE SENTARME A REVISAR EL TEXTO. ES MARAVILLOSO DARSE CUENTA QUE UNA PERSONA DE TAN ALTAS PRENDAS INTELECTUALES Y TAN BUEN CORAZÓN DEDIQUE TANTO TIEMPO A ESCRUTAR (Y EN PALABRAS SUYAS) A DISFRUTAR EL TEXTO DE LA NOVELA. CADA SEMANA DESAYUNAMOS (YANI, MI ESPOSA APORTA TAMBIÉN IDEAS) Y TRABAJAMOS EN EL MATERIAL, TODO CON LA IDEA DE EMBELLECER EL LIBRO Y VOLVER MÁS GRATA SU LECTURA.
VAMOS A MITAD DE CAMINO. ESTIMO QUE A FIN DE AÑO NUESTRO TRABAJO (LÍNEA POR LÍNEA) ESTARÁ LISTO.
ASÍ, ESPERO QUE ESTA EXPERIENCIA (QUE PARA ROBERTO TIENE TAMBIÉN EL ATRACTIVO DE LA NOVEDAD) SEA CONSTRUCTIVA PARA MÍ Y MIS FUTUROS LECTORES.

lunes, 28 de mayo de 2007

LA ÚLTIMA VUELTA DE TUERCA

HOY, 28 DE MAYO DEL AÑO 2007, HE IMPRESO LA VERSIÓN FINAL DE "LA ÚLTIMA VUELTA DE TUERCA", MI SEGUNDA NOVELA.
A PESAR QUE HAY UNA IMPORTANTE EDITORIAL INTERESADA EN SU PUBLICACIÓN, NO ME SIENTO DISPUESTO A REESCRIBIR EL TEXTO SI SE ME SOLICITA COMO REQUISITO. YA HE HECHO AJUSTES QUE ME HAN PARECIDO INTELIGENTES, SUGERIDOS POR LA CASA EDITORIAL, PERO NO HARÉ MÁS CAMBIOS A ESTA VERSIÓN, QUE CONSIDERO DEFINITIVA.
ESTO QUIERE DECIR QUE ME SIENTO TENTADO (OTRA VEZ) A AUTOPUBLICAR. QUIERO HACER UNAS CUANTAS CONSIDERACIONES AL RESPECTO.
EN UN PAÍS SIN EDITORIALES, EL ARTE LITERARIO BUSCA SALIR A LA LUZ DE DIVERSOS MODOS... A VECES NO CONVENCIONALES. ESTO HA SIDO UNA DOLENCIA CRÓNICA EN NUESTRO MEDIO. AUTOPUBLIQUÉ MI PRIMERA NOVELA ("EN EL NOMBRE DE DAVID") SIN SIQUIERA PONERLA A CONSIDERACIÓN DE NINGUNA EDITORIAL: QUIZÁ PORQUE EN EL FONDO SIEMPRE CREÍ QUE ESCRIBÍA SOLO PARA MIS AMIGOS. ME SIENTO COMPLACIDO (EN PARTE) POR EL ÉXITO RELATIVO QUE HA LOGRADO EN DIFERENTES NIVELES DE LA SOCIEDAD SALVADOREÑA. HAY ESCRITORES Y CRÍTICOS NACIONALES DE ALTOS QUILATES COMO GEOVANI GALEAS, RICARDO LINDO Y EL DR. WALDO CHAVEZ V. (Q.D.D.G.), QUE ME HAN TESTIMONIADO SU ADMIRACIÓN POR EL TRABAJO REALIZADO EN SOLITARIO A LO LARGO DE MUCHOS MESES. UNA SEGUNDA EDICIÓN ELECTRÓNICA, TRABAJADA POR UN AÑO CON EL GRUPO EDITORIAL ARTNOVELA DE ARGENTINA PERMITIÓ QUE LA SEGUNDA EDICIÓN VIESE LA LUZ EN FORMATO ELECTRÓNICO (COLECCIÓN "ARTE Y PARTE", ARTNOVELA, BUENOS AIRES).
HE LEÍDO MUCHOS LIBROS EN MI VIDA, RESPALDADOS POR SELLOS EDITORIALES DE GRAN PRESTIGIO. ALGUNOS DE ELLOS SON BASURA, EN TODO EL PEYORATIVO SENTIDO DE LA PALABRA... PERO EL ESPALDARAZO DE ALGÚN EDITOR COMPROMETIDO LES HA LLEVADO A UNA CATEGORÍA QUE PARECE CELESTIAL: "LIBRO EDITADO" (ENTIÉNDASE, PRODUCTO COMERCIAL DE CONSUMO MASIVO). DEBE QUEDAR CLARO QUE EL PRINCIPAL OBJETIVO DE TODA EDITORIAL ES GANAR DINERO, DAR AL CONSUMIDOR LO QUE QUIERE: LECTURA LIGHT DESECHABLE, SIN PRETENSIONES ARTÍSTICAS.
PREGUNTO A AQUELLOS QUE RECHAZAN DE PLANO TODO TEXTO QUE NO LLEVE SELLO EDITORIAL:
¿SE HAN TOMADO LA MOLESTIA DE LEER LOS LIBROS EN CUESTIÓN, LOS TEXTOS BASTARDOS DE LA CLASE LITERARIA? ¿O SIGUEN BASÁNDOSE EN EL CRITERIO DE AUTORIDAD DE PERSONAS CON "EXPERIENCIA EDITORIAL"? ¿HASTA CUÁNDO SE PODRÁ COMPRENDER QUE NO PUEDE SER CRITICADO LO QUE NO SE CONOCE? SE EXIGEN FILTROS DE CALIDAD... EL MEJOR FILTRO DE CALIDAD ES EL LECTOR MISMO, QUIEN APARTA UN TEXTO, ASQUEADO, O LO ATESORA CONTRA SU PECHO, LLENO DE EMOCIÓN. ESTOS CRÍTICOS REDUCEN RIDÍCULAMENTE LA DEFINICIÓN DE "ESCRITOR" A ALGO COMO "PERSONA QUE ESCRIBE Y ES PUBLICADO POR CASAS EDITORIALES". SEGÚN ESTE CONCEPTO, NI KAFKA, NI DOSTOIEVSKI (POR EJEMPLO) NI MUCHOS DE LOS LITERATOS SALVADOREÑOS DE MAYOR RENOMBRE ALCANZARÍAN LA CATEGORÍA DE "ESCRITORES".
OTROS ESCRITORES "PSEUDOPUBLICAN", PUES SIMPLEMENTE ENVÍAN A IMPRESIÓN SUS TRABAJOS COLOCÁNDO LOGOS DE EDITORIALES FANTASMA IMPOSIBLES DE RASTREAR SI SE QUIERE CONTACTAR CON ELLAS. NO CREO QUE ESTA PRÁCTICA SEA LÍCITA Y DEBERÍA SER OBJETO DE REPROCHE POR PARTE DE LOS COLEGAS LITERATOS QUE TIENEN EL CORAJE DE ENFRENTAR AL MONSTRUO EDITORIAL O, SIMPLE Y LLANAMENTE, DAR UN RODEO Y AUTOPUBLICAR SIN SUBTERFUGIOS.
NO DEBE TIRARSE (A PRIORI, AL MENOS) AL CAJÓN DE SASTRE QUE LLEVA EL RÓTULO DE "AUTOPUBLICACIÓN: MATERIAL DE SEGUNDA CATEGORÍA" A TODOS LOS TRABAJOS LITERARIOS. TOMARSE EL TRABAJO DE LEERLOS ES LO QUE CUENTA.
HASTA MI PRÓXIMA ENTREGA...
HUGO VILLARROEL ÁBREGO.

miércoles, 2 de agosto de 2006



SAN JUAN, PUERTO RICO, 2 DE AGOSTO 2006

Este día he recibido la versión electrónica definitiva (segunda edición) de mi novela "En el nombre de David".

En pocos días podrá descargarse del sitio de Editorial Artnovela, mientras puede visitarse mi página en el website de la Editorial: http://villarroel.artnovela.com.ar/

Daniel Solá Moreno, mi editor: tengo una deuda impagable con usted.
COMENTARIOS (ARTE POÉTICA):
"La ciudad devastada por el terremoto, la violencia del campo de batalla y —en el medio— la historia de un hombre que trata de salir de una pesadilla. Estos son los ejes argumentales que colocan a En el nombre de David en la órbita de la literatura. El autor ha hallado en esta historia un vinculante trágico entre la destrucción material de todo un pueblo y el desmoronamiento espiritual de un hombre. Llevado al lenguaje con una profusa serie de recursos, este vinculante se manifiesta a través de un clima hiperbólico que atraviesa todo el texto y que podría inscribirse en la tradición latinoamericana del Realismo Mágico.
Sugerente, polifacético y exuberante, el lenguaje pone de relieve, tanto en los escenarios del libro como en la construcción de sus personajes, aristas y toques de dramatismo que alternan con una dosis acentuada de humor.
Ningún condimento ha dejado de lado el autor para sazonar su libro: guerra, amor, suspenso, religión y hasta una intriga policial se suceden ante los ojos del lector que asiste a un relato expresado, muchas veces, en segunda persona, tras la voz de un narrador que refiere la historia en calidad de testigo privilegiado. En el nombre de David, primera novela de Hugo Villarroel, es un encuentro con las pasiones humanas y un viaje, cuyos accidentes sorprenden y deleitan al lector.

HVA

martes, 22 de noviembre de 2005

EUREKA

















A todos aquellos que sueñan con un día conquistar la libre expresión de su mundo interior, a todos doy una cordial bienvenida. Me llamo Hugo Villarroel Ábrego, tengo cuarenta y un años de edad y soy médico de profesión, especialista en medicina interna, cardiologìa y ecocardiografìa, oriundo de San Salvador, El Salvador, Centro América.

He creado este blog como prototipo para una futura página web. Mi objetivo principal es dar a conocer mi trabajo literario, en especial una primera novela de ficción total, titulada "En El Nombre De David", autopublicada en mi país en enero del año 2003. Deseo además preparar el terreno para la segunda novela: "La Última Vuelta de Tuerca", un drama psicológico con tinte policíaco ya finalizado, aceptado para publicación en una muy importante editorial en lengua española y que será publicado el año 2007. En este momento estoy enfrascado en un tercer proyecto novelístico, una larga parábola sobre la traición: se titulará "El Círculo".

Como profesional de la medicina he dedicado años de mi vida a combatir el dolor y la enfermedad. En esa lucha he sufrido dolorosas derrotas pero he podido, también, gozar de muchas victorias. Todo aquel que vivencia tan de cerca la grandeza y la miseria de la vida y la muerte no puede salir ileso de tales trances: Hondas cicatrices me marcan, algunas de ellas han definido para siempre el curso de mi existencia que navega, desde un oscuro nacimiento del que no me queda memoria, hasta una inexorable desaparición física que cada vez me aterra menos.





Por eso tomé la decisión de escribir una novela. Estoy convencido que los mismos temores e idénticas ilusiones nos trascienden más allá de nuestro nicho físico, entretejiéndose nuestras conciencias, sueños -y pesadillas- en una gigantesca red invisible que nos vincula a todos a un nivel supraindividual, colectivo. Si pudiésemos seguir la urdimbre de esta maraña intangible y descubrir que del mismo barro primigenio hemos sido todos moldeados, entonces -solo entonces- habría una merecida oportunidad para nuestra especie de encontrarnos en un abrazo fraterno, indisoluble, más allá de las mezquinas diferencias que, en cuanto solo epidérmicas, no determinan la esencia de nuestros espíritus y conciencias.

Así, buscamos con afán la manera de alcanzar una felicidad que se nos antoja esquiva, pues no está al alcance de ninguno el poder manejar todas y cada una de las variables involucradas en la génesis y -más arduo aún- en la manutención de tal estado emotivo. Habitándonos multitudes, se antoja absurdo además pretender satisfacer las ansias de todas las fuerzas (a menudo antagónicas) que nos animan y suspiramos resignados al entrever, tras muchos años de intensos trabajos, que esos raros islotes de alegría -dispersos en un vasto océano de sinsabores- están cada vez más lejos en el horizonte que nuestros sentidos son capaces de delimitar. Y codiciamos una libertad que a lo mejor no merecemos: libertad de credo, libertad de movimiento, de albedrío...

¿Libertad? Estoy convencido que la libertad del ser humano es una lucha individual pero no en solitario, armados todos de Fe y Conocimiento. Sin Fe, la ciencia es estéril juego de reacciones físico-químicas, interacción abstrusa de materia y energía. Sin el Conocimiento, la Fe nos sepulta en una existencia cuasi-medieval, dogmática y oscurantista. Explorar, en cambio, metódica, sistemáticamente las maravillas de la Creación, inspirados y guiados por la Fe en la bondad del Gran Arquitecto, eso hace la diferencia: La lucha por alcanzar la Verdad es como una escalera infinita en que los peldaños están hechos de astillas de Cultura y Conocimiento… Pero es la Fe la que nos impulsa a seguir escalando, una certeza ciega que nos impulsa a no desmayar en la faena interminable de acercarnos a Dios.

Todos aspiramos a vivir en comunidad, una global comunidad que se magnifica día a día gracias a que podemos, a través de recursos tecnológicos, contactarnos los unos a los otros gracias a la acción de apenas pulsar una tecla. Pero todo progreso necesita de una fuerza motriz que le impulse: la Fe proporciona el poder, el Conocimiento orienta el camino. Y la fuente última del Conocimiento es la lectura, lectura buena y abundante, lectura que nos ennoblece porque nos enseña a entendernos mutuamente, a sintonizarnos con finura, definiéndonos con precisión, autenticidad y humildad.

Ojalá y este aporte que hoy brindo con ilusión a todos los lectores de El Salvador contribuya de algún modo a cimentar un hábito de lectura entre mis hermanos, herramienta fundamental para la edificación de un país mejor y más grande. No imagino a un ser humano libre si no ha sido capaz de sembrar en su alma un amor a lo bello y lo bueno. ¿Cómo discriminar entre el ángel y el demonio si nuestros sentidos se adormecen entre tinieblas? Es aborreciendo la ignorancia que somos cada día mejores y la luz que vence a la oscuridad es la palabra, la palabra de millones y millones de seres como nosotros que, en algún momento de sus vidas, aspiraron a dejar en herencia a sus congéneres un trozo de su alma, impreso en renglones, en blanco y negro.


COMENTARIOS Y CRÍTICAS ACERCA DE LA NOVELA “EN EL NOMBRE DE DAVID”, DE HUGO VILLARROEL ABREGO.

MANLIO ARGUETA (Presentación de “En el nombre de David”, enero 2004; El Faro, Andanzas y malandanzas de un escritor novel, febrero 2004):
“[Hugo] es una persona que se inicia en las letras, pero que tiene un gran bagaje cultural… [Esta] Es una novela que requiere un lector cómplice, dispuesto a complicarse con la trama y los saltos de tiempo… El autor domina el lenguaje… Tiene la sensibilidad para vibrar con las situaciones humanas… Reivindica los valores espirituales… Lo más importante es que tiene todo un mundo que es capaz de plasmar por su manejo del idioma y la sensibilidad, es decir, su capacidad de vibrar ante un tema y poder explicarlo…”

GEOVANI GALEAS (Miradas, El Diario de Hoy, febrero 2004; – El Faro, Andanzas y malandanzas de un escritor novel, febrero 2004):
“En estos tiempos, no tenía ni idea que hubiera un novelista de su magnitud…La obra en su conjunto, cuya escritura y trabazón argumental avanza muy controladamente en un tempo andante ma non tropo, ejerce en mí la fascinación que sólo tres o cuatro narradores salvadoreños me han producido... Desconcertado voy descubriendo que algunas páginas parecen dignas de Lezama Lima, de Carpentier y, más todavía, de algunos maestros del arte narrativo europeo del siglo XIX… Aquí existe la invención de un mundo, de un universo entero, como hacen muchos grandes novelistas… No cuenta ni analiza, sino que narra, no explica lo que sucede, narra sin detalles de más o de menos, por lo tanto es una novela mayor…Es un ritmo moroso, no hay prisa. La gran novela no va al grano, disfruta las formas de contar… (Hay) perfección en el manejo de los diálogos y del hilo narrativo... El hecho es desconcertante. O yo he perdido el juicio o estamos ante un inopinado monstruo de la narrativa contemporánea. ‘En el nombre de David’ es el título de esta novela, que aún sigo leyendo enteramente seducido”

MAURICIO MARQUINA (Co-Latino, Suplemento Cultural Tres Mil, abril 2004)
“…Novela de una especie de barroquismo americano, muy creativo, muy personal, cuyo estilo poético nos permite profundizar en la descripción de ambientes y personajes, en un entresijo perfectamente definible. Dueño de un dominio mítico de la prosa, Hugo nos pone a nadar, a sumergirnos en esa vertiginosa natación submarina de su lenguaje, en medio del dramatismo y el oleaje irónico devastador que empapan todo el libro y sobre todo al lector cómplice… Asistimos a la eclosión de una obra que es una mezcla de géneros: novela, poesía, disgresiones filosóficas, repuntes de los resabios míticos, catarsis religiosa y una gran dosis de creatividad…”

RICARDO LINDO (Feria del Libro, San Salvador, Julio 2004):
“Una muy bella novela… Muy ardua, muy densa, muy intensa… Un libro sobre la redención humana que demuestra las bondades de la pluma del Dr. Villarroel… Me parece excepcional el logro, no solo por tratarse de una primera novela, sino [al considerarla] dentro del conjunto de la literatura actual…”

DONALD RODRÍGUE (revista “Explore”, Miami, junio 2004):
“La primera obra de Hugo Villarroel Abrego, En el nombre de David, ha merecido críticas favorables por su compleja narrativa y el hábil uso de los diálogos y los cambios temporales. En el nombre de David es una magnífica obra que rinde tributo a la tenacidad del espíritu humano y su extraordinaria habilidad para contagiar de esperanza a quienes lo rodean”.

COMITÉ EDITORIAL ARTNOVELA EDICIONES (Buenos Aires, Argentina, marzo 2006):
“Lo que a nuestro juicio constituyen los ejes de la trama de En El Nombre de David –la ciudad devastada por el terremoto, la devastación en el campo de batalla y, en el medio, la historia de un hombre que trata de salir de una pesadilla- tiene la contundencia narrativa de las mejores obras de arte. Esta historia, con esos simples elementos y llevada a sus últimas consecuencias constituye un gran hallazgo narrativo… En primer lugar porque ambas circunstancias se hallan conectadas por la devastación. Este elemento, que une ambos espacios narrativos (las ruinas de la ciudad y las trincheras) salta con muchísimo realismo desde el núcleo de la historia hasta el lector. De hecho, aunque la trama se desarrolle en un pueblo chico y tal vez lejano, nada puede resultarle más cercano al que lee en este siglo que ese clima de destrucción y la necesidad imperiosa que tiene un hombre de hallar la salvación. Si la novela se quedara en la superficie de esas dos circunstancias y rodeara los acontecimientos como a veces hace el cine de acción, estaríamos ante un texto pensado al modo de un best seller. Lo que coloca a En El Nombre de David en la órbita de una excelente obra literaria es que el autor ha hallado un vinculante trágico entre ambas situaciones. Las historias no se desarrollan meramente por la existencia de la destrucción. Lo interesante es que allí vive el conflicto. Hay relato porque hay precisamente un proceso de transformación. Un hombre que atravesando uno u otro territorio experimenta un lento crecimiento, un despertar al que asiste paulatinamente (ávidamente incluso) el lector con el placer del descubrimiento. Es decir, el relato resulta muy humano. Es empático, para el que lee, el conflicto de este médico que se ha visto en trance de quitar la vida y que no puede salvar la suya propia. La novela gana fuerza y belleza a partir de este vinculante que es la espiritualidad, la lucha y el conflicto moral por desprenderse del derrumbe hacia otra instancia realmente humana… Gran habilidad para encontrar el detalle, para fijar la mirada en el objeto o circunstancia que por sí solo pone en evidencia, como un símbolo, la tragedia o vicisitud que afrontan los personajes y destaca aquello que será central en toda la novela. Nos pareció un hallazgo en ese sentido que el libro comience con el escenario de la destrucción y el terremoto. No es azaroso que este acontecimiento ponga en primer plano a consideración del lector el desmoronamiento moral que corroe al protagonista. Es la ciudad la que está en ruinas, pero también la contundencia de la fe de David, su vínculo afectivo y social con el mundo que lo rodea y con los seres que pueblan su circunstancia. Por otro lado, los recuerdos del protagonista también se han derrumbado y asistimos a las ruinas de su memoria como a pequeños fragmentos con los cuales se intenta reconstruir un todo que sin embargo nunca acaba de ordenarse y ponerse en pie. En este sentido, es inteligente y hábil el recurso empleado por el autor de incorporar los diarios del personaje, en la medida en que esta herramienta abre muchas posibilidades narrativas relacionadas a la reconstrucción que hará el lector de la memoria de David, como a la propia restauración de la espiritualidad del personaje. Otras focalizaciones de importancia similar son destacables… Por ejemplo, el hecho de que el personaje sea médico. Podría haber sido militar o diplomático. Pero en la medida en que esta es la historia de una curación (espiritual), pone en evidencia el conflicto de un remedio que no llega para David. Es el médico que no puede curarse a sí mismo. Es muy interesante este aspecto de la novela… Una mención especial a las descripciones y focalizaciones relacionadas a aspectos de la pequeña ciudad y de la gente que –sin ser personajes centrales- ambientan la novela en su conjunto. Esas apariciones colaterales (un transeúnte, un joyero, el clima de corrupción e indolencia del gobierno, la picardía del alcalde) constituyen comentarios fotográficos del drama que no requieren aclaraciones. La relación puede ser establecida en forma inmediata por el lector que, inmerso en ese clima, vive y comprende juntamente con el protagonista la magnitud de su tragedia interior en contraste con la abulia y mediocridad imperante… Los diálogos… son en extremo espontáneos y verosímiles, y da la impresión –para el lector que asiste a ellos- de que las voces fueran audibles a pocos metros de distancia. Esas reconstrucciones orales son muy vívidas. Y el motivo, según creemos, es el dominio del habla popular que tiene el autor y que, sin caer en el costumbrismo, el cliché o la grosería, es capaz de dotar de frescura, picardía e intriga a las situaciones que presenta. Todos estos diálogos se leen con extremo placer y –en relación al aspecto de focalización…- afinan sin duda la lente en aspectos de los que después el lector puede ir extrayendo (y experimentando) la sustancia narrativa y el espesor de los personajes”.
IVÁN MIRANDA (San Salvador, septiembre 2005):
"Se dice que cuando de un libro sale una lágrima, una sonrisa o un sentimiento de solidaridad, es porque su objetivo ha sido cumplido. Los sentimientos de solidaridad se logran, cuando el lector, identificado con el personaje o los personajes, se traslada a vivir los pasajes narrados, y no me cabe la menor duda que en cada ser humano, en cada uno de los que hemos tenido la oportunidad de disfrutar su obra, ha surgido desde nuestro interior una porción de ese David que todos llevamos dentro. Le felicito y le invito a que siga adelante, compartiendo con todos esa riqueza y profundidad literaria que le distingue y que le perfila como uno de los grandes escritores salvadoreños".